Una democracia a puerta cerrada

No tengo una mala opinión de Mario Draghi. Es más. Lo tengo en buena consideración, aunque esto suene poco correcto, en un momento en el que todo socialdemócrata que se precie busca su sitio en el Olimpo del electorado despotricando contra ese gigantesco Leviatán que es el mercado. O los mercados.

Preside Draghi una institución, el Banco Central Europeo, alumbrada como un hito en la construcción europea, pero que ha terminado por encarnar un papel sombrío en esta crisis, atrapado por la potencia del Bundesbank alemán y, por extensión, de la todopoderosa Alemania de Angela Merkel, que actuando desde su matriz, han laminado su margen de actuación para implementar mecanismos de solidarización de la deuda que emiten las maltrechas economías periféricas. Aun así, y pese a repartir puntualmente la medicina amarga que España administra vía contención del déficit, algún conato de rebelión contra la maquinaria alemana ha tenido este italiano de mirada severa.

El próximo día 12 de febrero, Mario Draghi visita el Congreso de los Diputados. Y tal como señalan algunos diarios, la comparecencia ante las Cortes se hará a puerta cerrada y sin micrófonos. Bajo un formato pactado que intentarán saltarse algunos parlamentarios a través de las redes sociales.

La iniciativa constituye todo un oxímoron. ¿cómo pueden hablar los máximos representantes de las instituciones europeas ante los parlamentos nacionales a puerta cerrada? ¿acaso la mecánica del funcionamiento de los consejos de administración de bancos y sociedades ha contagiado incluso al normal funcionamiento de las instituciones democráticas, tanto como para que los diputados sean considerados como meros accionistas a los que dar cuenta en una sesión informal?

Quizás sea eso. Y ya que estamos con las figuras literarias, el hecho de que la comparecencia del presidente de un órgano comunitario en la casa en que está representada la soberanía popular, sea a puerta cerrada y sin micrófonos bien pudiera ser una metáfora de los tiempos que nos han tocado vivir. No hay mejor ejemplo de la subordinación y rendición de la política ante los nuevos oráculos, porque son estos los que deciden, con el poder de un gesto, cuántos millones de euros cambiarán de manos al día siguiente de su declaración o su silencio. Y lo que es peor. Cuántos empleos se irán al trasto por tales fluctuaciones o cuántos recortes adicionales tendrán que ponerse en práctica desde los gobiernos.

El silencio casa mal con la democracia, como nos demuestra la Historia.

En El País de hoy, aparece una columna dedicada a una próxima edición de varias novelas de Stefan Zweig,  y dada la pasión que un servidor tiene por este autor, me permitiré recordar uno de los episodios que narra en una de sus mejores obras, Momentos estelares de la humanidad, y más concretamente el capítulo dedicado al viaje de Wodrow Wilson a París, en 1919.

Wilson, presidente de los Estados Unidos de América, llega al viejo continente para participar en la Conferencia de Versalles, que debía alumbrar un nuevo orden mundial después de la espantosa carnicería de la Primera Guerra Mundial. La principal reivindicación de aquél presidente se centraba en la necesidad de luchar contra lo que el definía como la diplomacia secreta, la  compleja red de alianzas y pactos clandestinos urdidos por las cancillerías de las grandes potencias, responsable en último término de llevar al mundo a la masacre. Aducía el bueno de Wilson, que era necesaria una gran organización mundial, para que las discrepancias entre estados se solventaran en su seno por medios pacíficos y proscribiendo para siempre el recurso a la guerra. Exigía la erradicación de la diplomacia secreta, para que la luz iluminase todas las acciones de los gobernantes, a fin de que estos no pudieran escapar al control último de sus pueblos soberanos.

El final de la historia es conocido. Wilson abandonó París, donde había sido recibido con aclamaciones por una ciudadanía hastiada de la vieja política cainita de las rancias cancillerías europeas, hastiado y vencido en sus principales propuestas. Su proyecto de gobierno mundial, la Sociedad de Naciones, nació limitada y moribunda. Y el sueño de que la transparencia venciese a la opacidad del secreto cayó en el olvido. Al final pudo más el pragmatismo, y cuando el recuerdo de la guerra se fue difuminando, los viejos egoísmos tumbaron aquél ensayo idealista.

La comparecencia de Draghi, es todo un compendio de diplomacia secreta, como aquélla que denunció Wilson hace casi un siglo como causante de los principales males de la humanidad.

Y el perfecto ejemplo de cómo lo que debiera ser normal, una intervención pública ante el parlamento, con medios de comunicación y grabación de las palabras de una de las principales autoridades europeas, se convierte en una utopía idealista, que cede ante un formato pactado por el BCE y el parlamento español.

Definitivamente, no quieren testigos.

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