EL CURIOSO CASO DEL REFERENDUM DE INNERVILLGRATEN

El pueblo austriaco de Innervillgraten está perdido en las montañas del Tirol de Sur, junto a la frontera italiana que corta a dentelladas la cordillera de los Alpes Dolomitas.

En ese remoto rincón alpino, sucedió un hecho bastante peculiar allá por 1938. A resultas de la ocupación por parte alemana de la inestable y débil república austriaca, Hitler convocó a las tres semanas de la invasión un referéndum  en el país para legitimar el Anschluss o unión – mejor dicho anexión- entre Alemania y Austria.

Las SS, ya en plena faena por el país, se esmeraron en el empeño.

Purgaron el censo, eliminando a los indeseables del mismo; imprimieron unas grotescas papeletas en las que el espacio destinado a poner el sí era mucho mayor que el reservado a un eventual no; se las apañaron para meter con calzador el nombre de Adolf Hitler en la cuestión; y por último, en un alarde de cínica honestidad, idearon un procedimiento de voto según el cual los miembros de la misma SS, desplegados en cada colegio electoral de cada pueblo, aldea y villorrio del país, eran los encargados de recoger el voto, de manos de un votante que tenía que rellenar la casilla del Si o el No bajo su atenta mirada.

Con estas premisas, no extraña que la participación fuera del 99,73% del depurado censo; y que el Sí al Anschluss ganara con el 99,71%, en todos y cada uno de los pueblos del país….

….¿En todos?

Por desgracia, aquél 10 de abril de 1938 alguna pieza del metódico engranaje burocrático de las SS no estaba bien sincronizada. Y el jerarca regional del partido se olvidó de mandar el pertinente destacamento de Schutzstaffel (SS) a un aislado reducto habitado de las montañas del Tirol del Sur llamado Innervillgraten, para cumplir con el detallado papel que les correspondía a sus esbirros en esa parodia de referendum.

Sin su presencia intimidatoria, y con el retardo con el que las noticias llegaban desde Viena hasta las faldas remotas de los picos Dolomitas, la consulta terminó con el rechazo al Anschluss con un 95% de votos contrarios a la misma. El único puñetero pueblo del maldito país que cometió tal osadía.

Desconozco lo que sería de los pobres diablos de Innervillgraten, el precio que tendrían que pagar por su osadía en la nueva Austria, reducida a subdivisión administrativa del nuevo III Reich alemán. Sólo puedo intuir que la reacción no sería precisamente amable.

Los referéndum gozan de buena prensa entre quienes apelan a la democracia participativa, aunque se olvida frecuentemente que han sido los regímenes autoritarios y las dictaduras quienes más han hecho uso de una herramienta definida etimológicamente, como volver a llevar, se supone que al pueblo o a cualquier otro ente depositario de la soberanía, la capacidad decisoria sobre un asunto especialmente relevante.

El problema del referendum es que como cualquier otra lógica política, no escapa de los marcos de referencia tradicionales a los que está sujeto el poder. Siempre hay un ente o actor que decide qué se consulta; cuándo se consulta; en qué condiciones se consulta; cómo se formula la consulta; y qué efectos tiene la consulta.

Y ninguno de esos marcos conceptuales es neutro, indubitadamente puro. Siempre habrá agentes interesados en plantear la consulta en el momento en que crean que el resultado de la misma les será más propicio, teniendo en cuenta factores colaterales como la evolución de la economía o la concatenación de sucesos traumáticos. Del mismo modo, no será pacífico el modo en que se plantee la pregunta, como ya sucedió en la trampa lógica de la famosa consulta catalana de octubre de 2014.

Hay referendum inocentemente grotescos, como el que plantearon los suizos hace unos años sobre la altura que tenían que tener los minaretes de las mezquitas de nueva construcción en su país. Y otros susceptibles de desencadenar cataclismos, como el que ha sacudido al continente a cuenta del Brexit.

En medio de la conmoción provocada por el resultado de este último, cabe plantear si es lícito recurrir a este procedimiento como sustitutivo o complemento de la democracia representativa, tan sometida a cuestión por populistas de todo pelaje a lo largo y ancho del continente y más allá, como bien demuestra el efecto Trump. Nada sirve mejor a la causa de los extremos que la reducción de la democracia a un juego de disyuntivas divisivo, fraccionador y polarizador de los sentimientos.

Por eso la dictadura ha recurrido con notorio afecto al referendum para intentar llenar sus vacíos de legitimación, al tiempo que las democracias representativas mostraban un recelo aparentemente contradictorio con su naturaleza definitoria como poder emanado del pueblo y ejercido por el pueblo mediante sufragio universal, libre, directo y secreto.

Estos días me he acordado de la historia de Innervillgraten, y no por establecer un paralelismo con el Reino Unido que votó por la salida de la Unión Europea en referendum -este sí, desarrollado bajo todas las garantías democráticas y sin SS de por medio-. Sino por los dilemas que plantea el recurso reiterado al mismo en sistemas representativos como el propio de las democracias occidentales.

¿Hasta qué punto una foto fija del momento, captada en el día del referendum, puede condicionar el futuro de generaciones venideras? Ante la evidencia de que hay diversos grados en la forma en que se puede interpretar la respuesta mayoritaria –Leave– que los británicos dieron al referendum ¿quién mide cómo de fuera hay que estar de la Unión Europea? ¿Cómo Noruega, de facto un estado cuasi-miembro o cómo Suiza, una república independiente bancaria?

El gobierno representativo es reversible. Cada cuatro años votamos para juzgar, cambiar o prorrogar el mandato del poder que otorgamos a un gobernante -salvo en España, donde también se conjuga el verbo indultar, aunque esa es otra cuestión-. Es lícito preguntarse si el mandato de un referendum es igualmente reversible, o si hay que cargar con sus consecuencias a lo largo de generaciones venideras.

Igual eso es lo que se preguntaron los pobres infelices de Innervillgraten, cuando desafiaron, seguramente sin querer, a la más poderosa tiranía desde un rincón aislado de los Alpes.

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