Decía Baruch Spinoza que “cualquier cosa contraria a la naturaleza lo es también a la razón; y que por tanto, cualquier cosa contraria a la razón es absurda”.

A la vista de la frase, hacerse experto en Spinoza y su pensamiento debe tener su mérito. Y de seguro que requiere su tiempo. Tanto como el que se tomó el bueno de Joaquín García, que se concedió un pequeño “break” de seis años para desmenuzar la metafísica del filósofo holandés de origen sefardí.

Siento ser aguafiestas. Ya sé que en España los medios teorizan a diario sobre las negociaciones para formar nuevo gobierno, recurriendo al lenguaje apocalíptico del terreno desconocido, de la trascendencia del momento o de la emergencia de nuevos actores que han sacudido el vetusto tablero político a base de inteligencia maquiavélica y núcleos irradiadores.

Pero la noticia del funcionario que se hizo experto en Spinoza mide el verdadero impacto de la actualidad que España exporta al exterior. Muy por encima, por cierto, de los trascendentales vericuetos del “desafío” catalán, de las negociaciones para formar gobierno o de las corrupciones políticas, dentales o bancarias que salpican las portadas con tinta sensacionalista y un punto de autoflagelo morboso.

Ejemplos de grandes cabeceras europeas y norteamericanas, haciéndose eco de la historia del funcionario ausente durante seis años, los encontramos aquí, aquí, aquí y aquí. Para medir la popularidad de la noticia, podemos centrarnos en este hecho, empíricamente irrefutable. Y en el número de comentarios que la noticia generó en una de las cabeceras más leídas, serias -y comprometidas, por cierto, con el fenómeno Podemos- de Reino Unido, como The Guardian.


La épica del momento, con una partida de ajedrez multidimensional en juego, con actores políticos que emulan las casas que pugnan por la corona de los Siete Reinos, con referencias parlamentarias y en campaña a Arendt, Allende, Benjamin e Inmanuel Kant, cede ante el empuje de los tópicos que una vez más, confirman nuestra escasa querencia por lo concreto, por la ética del día a día y el control de la cosa pública, que va mucho más allá de los desmanes de la clase política. Hunde sus raíces en los espacios vacíos, en las zonas de penumbra de un sistema en el que las lagunas jurídicas o los puntos muertos propician que hagan carrera estos espíritus vahídos, casi invisibles, etéreos como la filosofía que desmenuzan en el tiempo que les queda para pensar.

Ya me dijo mi primer profesor de filosofía en el Instituto, que los griegos inventaron la filosofía porque las de la polis, eran las primeras sociedades opulentas, con las necesidades básicas cubiertas. Y como tenían tiempo y la panza llena, pensaron y pensaron.

Imagino a Joaquín García en la soledad de su escritorio. Café con leche, un paseo mañanero para desentumecer los músculos atrofiados por la inactividad, y vuelta al escritorio poblado de manuales, tesis doctorales y obras selectas del sabio Spinoza comentadas por prestigiosas plumas de los siglos posteriores al que vio nacer al filósofo que le quita el sueño.

Veo a nuestro hombre extasiado en la pelea de descifrar el pensamiento críptico del insigne filósofo, absorto en los profundos vericuetos de una mente compleja como la de Spinoza. Hubiera o no acoso laboral, hubiera o no un vacío de funciones, cometidos y tareas, nuestro hombre se entregó con pasión desmedida a desmadejar el pensamiento de un filósofo del barroco, quizás para huir de las miserias mundanas o quizás para mimetizarse con ese vahído espiritual que convirtió su presencia física en mera invocación etérea de un cuerpo ausente, invisible, al que nadie echaba de menos en Aguas de Cádiz, el ente -bella ironía metafísica- del que dependía nuestro hombre.

Que la corrupción devora al PP ya no es noticia. Si me apuran, que devore a empresas de implantes dentales -a mí estos de Vitaldent me pusieron dos- o bancos chinos, tampoco es algo que sobresalte. Pero es que esto, la historia del funcionario ausente, también es corrupción.

Y lo es porque alimenta y perpetúa la imagen arquetípica que de España se tiene fuera, como país en el que los controles son laxos, en el que lo que no incumbe a una autoridad supervisora concreta, no incumbe a nadie, porque no existe un sentimiento de copropiedad mancomunada de lo público. Si falló el cargo que supervisaba al ente en el que el hombre que se hizo experto en Spinoza estuvo cobrando sin hacer nada durante seis años, también lo hizo la cadena administrativa. El jefe de personal, los compañeros de trabajo, los guardias de seguridad del edificio…

En los seis años más duros de la crisis, en una ciudad y una provincia con más del 30% de la población en paro, no duele la indiferencia. Incluso se aplaude la picaresca, la parranda. Ya hay materia para chirigotas en el Carnaval del año que viene, en el que si es bueno reírse de nuestras miserias, no lo es tanto del hecho de que alguien se haya llevado 300.000 euros en sueldos por un trabajo que no existió. Un dinero que bien podría haber estado empleado en servicios perentorios que se han ido cayendo a pedazos por el camino.

Que sí, que es culpa de los políticos que supervisaban. Y que también, que esto no es representativo del conjunto de la función pública del país, sólo faltaba.

Pero son este tipo de noticias las que proyecta el país, que nadie se engañe. Muy por encima de las revoluciones inesperadas, el 15-M, o el fin de las castas del turnismo político.

Y hacen un daño tremendo. Más que nada porque cuando en unos meses, vayamos a Bruselas a pedir una prórroga en el objetivo del déficit, este es el tipo de respuesta que los funcionarios con cara de vinagre de la Comisión nos pondrán encima del escritorio para decirnos que hoy no, que ya si eso, mañana.

Ténganlo presente cuando vayamos a asaltar los cielos metálicos de Berlín y Bruselas.

 

 

 

 

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