Han pasado 46 días desde que la mayoría de la militancia del PSOE restituyera en el cargo a Pedro Sánchez.

Una vez más, les pido que sean indulgentes con mis análisis. De sobra saben -y si no, se lo recuerdo- que miro el país con los ojos del ausente, a través del ventanal de los medios y las redes sociales, lo cual implica asumir errores de perspectiva que intento mitigar con lo que de intuición política me puede ir quedando.

En ese breve plazo de mes y medio -inferior si se tiene en cuenta la toma de posesión efectiva del cargo de Sánchez- la agenda política ha estado cargada de mociones de censura de Podemos en el Parlamento y en la Comunidad de Madrid, el debate presupuestario y del techo de gasto, la respuesta al peligroso absurdo al que aboca el independentismo catalán y las controversias en torno a la posición política de la nueva dirección socialista respecto al acuerdo de libre comercio con Canadá.

Internamente, los congresos regionales y la toma de posiciones de los debilitados barones en sus territorios es un frente adicional, una suerte de guerra de baja intensidad, el típico conflicto de posguerra que se desata cuando la paz estalla con un armisticio frágil, precario.

En este contexto, creo percibir cierto bajón en el estado de ánimo de una militancia galvanizada, movilizada durante meses en un conflicto que se eternizó por la estúpida decisión de llevar las primarias a las puertas del verano. Quienes así obraron tenían sus razones, y no conviene volver sobre ellas. Las consecuencias, a largo plazo, son la prolongación de una guerra de desgaste que no estaba prevista, y que ha terminado por horadar la piel del partido con tajos mucho más profundos de lo deseable si todo el proceso se hubiera ventilado en marzo a más tardar.

A unos el bajón les encuentra encerrados en los cuarteles de verano de los territorios ahora revueltos, cuando habían tocado con la yema de los dedos la ensoñación de un desembarco madrileño. Son los que perdieron en aquélla jornada inverosímil de mayo y que, a la vuelta al hogar, se afanan ahora por conservar un poder que muchos nunca imaginaron que se les pudiera impugnar en casa propia.

A otros, la depresión les asalta después de meses de actividad frenética a contracorriente de todos los aparatos posibles. Con la descarga de adrenalina, muchos se debaten en la tesitura de seguir presentando batalla allá donde se tercie -los congresos regionales- o asumir el rol del vencedor que debe administrar la victoria con templanza y paciencia.

Durante muchos meses, el PSOE ha librado una guerra civil. Un conflicto en el que se han cometido excesos por ambas partes, y heridas que tardarán mucho tiempo en cicatrizar. El partido, su militancia, se ha convertido en una maquinaria militar diseñada para la contrainsurgencia interna, cuando su naturaleza primigenia es la de repeler a un adversario exterior y construir un relato con el que se identificaban hasta hace bien poco más de once millones de españoles.

De lo que se trata es de reconocer donde está el verdadero adversario, y cuál es la principal razón de ser del partido más longevo de España, sin cuyo concurso no se puede entender la historia reciente de este país.
España necesita cuanto antes al PSOE.

Es el único partido que ha gobernado en todas las autonomías, el único capaz de entender la identidad poliédrica de un estado construido, sino a base de cañonazos como la Alemania de Bismarck, con una cuerda elástica en permanente tensión entre el centro y las periferias.

Un partido clave para entender los equilibrios geográficos (norte-sur) y económicos (industrial-rural) de un país maldecido por la naturaleza que no nos dio ni ríos navegables -las autopistas medievales europeas- y a cambio nos castigó con la escasez crónica que enfrenta regiones y envenena vecindades.

Conviene hacerse a la idea de que en la batalla por alcanzar una hegemonía política perdida, habrá quien reme con fuerza dentro del partido y quien se deje llevar por la corriente. Muchos de estos últimos, a la espera de que una impugnación del resultado de las primarias por la vía del descalabro electoral.

En su derecho están, que nadie se lleve a engaño. De lo único que cabe convencer a los propios, a los que quieran remar con brío en esta singladura, es de la justicia de la causa de unas siglas necesarias para entender España, y de la necesidad de no anticipar el derrotismo en la falta de entusiasmo de la otra mitad herida y -consecuentemente- más o menos pasiva en la defensa del proyecto de Pedro Sánchez.

Uno no gana si no está convencido de que puede hacerlo. Es más. De que, por el interés del propio país, tiene que hacerlo. Y la moral de victoria, en consecuencia, exige no perder ni un instante en los vendajes para taponar previsibles hemorragias futuras. La única derrota segura es la que sufre quien afronta la batalla sabiéndose derrotado de antemano.

Esa es la tarea a la que debe encomendarse el PSOE con todas sus fuerzas.

Se trata de conquistar el poder para hacer una España más decente. De tener un propósito que vaya más allá de la victoria en sí misma.
De reconocerse en esa mayoría civil que se divorció de nosotros por la ferocidad de la crisis pero que admite que, sin estas siglas, no habría nuevos derechos ciudadanos, ni una televisión pública decente, ni un sistema sanitario o educativo digno, ni un europeísmo internacionalista devoto y sincero.

Si el PSOE sigue siendo el partido, le pese a quien le pese, que más se parece a España -algo de lo que estoy totalmente convencido- no puede ser tan difícil remontar el vuelo. Pero hay que creérselo.

 

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