El último sacrificio de Rubalcaba

La diferencia entre un gobernante y un estadista, es que el primero se limita a sujetar el timón de la nave, mientras el segundo se atreve a cambiar el rumbo en mitad de la travesía, siempre pensando en las ventajas de una mejor singladura y asumiendo los riesgos que exigen convencer a su gente de lo acertado de una decisión difícil.

El estadista tiene que convencer a su pueblo para que le siga en mitad de las aguas turbulentas y al hacerlo, asume riesgos para su futuro político. No es un suicida. Es un estratega dispuesto a sacrificar su caudal político por el bien de un interés superior.

A nadie le gusta la idea de una España en permanente debate sobre su ser. A nadie le gusta que la agenda política esté  dominada por los desvaríos más o menos entendibles de nacionalismos beligerantes, prestos a convocar referéndum, entonar lamentos de víctima al grito “Madrid ens roba” o esgrimir balanzas fiscales injustas para justificar los recortes que uno tiene que hacer en casa propia. A nadie le gusta tener que debatir cada cinco años la financiación de esos entes tan denostados, las comunidades autónomas, contra las que algunos agitan el espantajo populista de una recentralización que acabe con tanto cuento y tanto disparate, según diría Rosa Díez para delirio de masas expertas en argumentos simplistas.

Pero resulta que España, para bien o para mal, es más que un sudoku autonómico en el que repartir las migajas de una magra recaudación tributaria en tiempos de crisis.Y esa España necesita de un estadista, en el lógico y notorio entendido de que el actual presidente es exactamente lo contrario a eso, a un estadista. 

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Si reclamo un anti Rajoy, no es por motivos ideológicos. Ojalá la derecha de este país fuera capaz de parir en estos años de gobierno que le quedan a una mente clarividente, capaz de mirar más allá de las fontanerías provinciales del aparato para ganar congresos de partido, repartir puestecillos, gestionar latifundios políticos y recibir caciques comarcales en la Moncloa, ámbitos en los que Rajoy tiene acreditada capacidad.

Y si ese alguien no puede estar en el gobierno, al menos debe estar en la oposición. Y nadie mejor que Rubalcaba podría, y debería, encarnar ese ideal que exige el sacrificio y la autoinmolación.

Sí. Es lo que le estoy pidiendo a Rubalcaba.

Que ofrezca un último servicio  a un país necesitado de ese tipo de ese perfil, un papel que el propio Rubalcaba puede encarnar y que, seguramente, entrañe su muerte política. El papel de estadista dispuesto a sacrificar su carrera política, por otro lado suficientemente larga y dilatada, con una oferta de reforma constitucional llena de aristas aparentemente incomprensibles y casi diría que injustas, pero basadas en la aceptación esencial de que España reconoce hechos diferenciales en Cataluña y Euskadi.

 Ya sé que no faltarán los populistas de provincia que entonen el “no ha nacido un conquense que sea menos que un catalán”. Yo también lo creo. Pero también creo, firmemente, que un conquense no reclama un amplio techo competencial de autogobierno como una cuestión esencial en su devenir cotidiano. Jamás será un desvelo para un albaceteño que el aeropuerto de los Llanos lo gestione AENA o una autoridad castellano manchega. Le bastará con que funcione. Y no porque tenga menos desvelos existenciales que un catalán. Sino simplemente, porque se siente cómodo con una lealtad superpuesta a España y a su tierra más cercana. Y eso, lo queramos ver o no, no sucede con la mayoría de los catalanes.RUBALCABA-miniatura-525x437-2347

Rubalcaba, el líder perenne, tendrá que sacrificarse en la propuesta que pondrá a prueba las costuras de un partido demasiado acostumbrado a la nomenclatura federal, pero que de puertas hacia dentro, ya interiorizó una relación privilegiada para su socio cuasi confederal, el PSC.

Un PSC al que, por cierto, más pronto que tarde habrá que pedir a cambio que levante con un mínimo de honor una parte de su alma, que ha escondido con verguenza poco torera durante demasiado tiempo, acomplejado por no sé que miedos atávicos a un concepto, España, al que la derecha llenó de tétricas adherencias excluyentes durante demasiado tiempo. Fue un perverso ejercicio de manipulación de conceptos excluyentes que alienaron a la izquierda española y la forzaron a buscar referentes universalistas y alimentar un desdén atávico a las fronteras territoriales de un estado que patrimonializaba la derecha.

Rubalcaba tiene que asumir el rol de estadista finisecular, el de hombre vapuleado por portadas que tendrá que encajar insultos y que empeñará su futuro político en la búsqueda de un pacto de convivencia que espante el referéndum y la deriva soberanista de aquéllos que, como buenos gobernantes y pésimos estadistas, prefieren ejercer el papel opuesto. El de líderes aupados por el griterío popular de españolistas centralistas por un lado, e independentistas expertos en mareas humanas por otro. El estadista se plantará frente a las masas vociferantes de uno y otro espectro, incluso entre reyezuelos y barones del propio partido,  y no encontrará aliento sino soledad en muchos casos. Sencillamente porque mide el tiempo de forma distinta.Para él, el mundo no termina en cuatro años, con cada elección, porque piensa en generaciones futuras.

El otro, el gobernante, vive acogotado por la presión de las urnas, y siente momentos de éxtasis cuando se pone al frente de reivindicaciones de gatillo fácil, al calor del flamear de las banderas agitadas por mentes simples, mientras los Marhuendas de turno se especializan en portadas simplistas para calentar a los extremistas y romper con su dialéctica bárbara cualquier signo de vida inteligente.

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Rubalcaba tiene que ser el carpintero que construya el puente. Pero para hacerlo, tendrá que asumir costes que entrañan, con toda certeza, el fin de su carrera política. Porque tiene que explicar a españoles y catalanes que está dispuesto a entregarlo todo, incluso las opciones de triunfo electoral de su partido en dos años, en el empeño de mantener unido lo que dos o tres estúpidos fontaneros tácticos como Mas y Rajoy, se han empecinado en dejar que se pudra mientras se dejan llevar por la corriente hacia el desastre.

Sólo desde esa dialéctica de sacrificio, que implique la asunción por parte de andaluces, manchegos, valencianos, leoneses, castellanos, cántabros, asturianos o aragoneses de que Cataluña y Euskadi pueden y deben tener un diferente techo competencial al que nunca el resto de partes integrantes de esa nueva España federal podrán llegar, se podrá construir un puente sólido a prueba de salvapatrias del mañana y perezosos fumadores de puros que fingen que no pasa nada mientras el barco se hunde.

 

 

 

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