“Con estas elecciones, no es que nos hayamos pegado un tiro en el pie. Es que nos hemos pegado un tiro en la cabeza”.
Las palabras son de un destacado líder conservador británico, a las pocas horas de que el recuento electoral avanzara un resultado que dejaba a la Primera Ministra sin una mayoría absoluta que hace apenas diez días, se daba por absolutamente segura.

Antes de nada, para ponernos en situación, conviene analizar las diferencias entre dos sistemas, el nuestro y el británico, y sus efectos en las percepciones y análisis que se derivan de las mismas.

El sistema británico, con distritos uninominales, se basa en el principio “the winner takes it all“. El que gana, se lo lleva todo en cada circunscripción. Este sistema propicia un bipartidismo casi perfecto, que sólo ha sido alterado tres veces desde la Segunda Guerra Mundial hasta hoy. La última, la que se deriva de lo ocurrido aquí hace tres días.

A esta paradoja, bastante más común en sistemas continentales como el español o el italiano se la llama Hung Parliament. Literalmente, un Parlamento Colgado, en el que nadie tiene la mayoría absoluta.
Que el sistema británico es más estable que el continental, es una evidencia empírica. Las legislaturas rara vez se acortan porque el gobierno no tenga una mayoría suficiente, algo que sí ocurriría en países como el nuestro. Ejemplo, el de las elecciones de 1996, las de la derrota dulce de González.

Pero un sistema como el británico no está exento de turbulencias políticas, pese a su aparente solidez binaria entre rojos y azules. Entre otras cosas, porque el diputado, que lo es por una circunscripción concreta, tiene una doble lealtad, casi igual de fuerte, a su partido y a sus votantes. Y a veces, los intereses de sus votantes pueden entrar en contradicción con las directrices generales de su partido. Este hecho, además de las lealtades internas cosidas con el hilo de las traiciones y las afinidades, desdibuja la idea de las mayorías monolíticas que en España nos parecen un dogma de fé.
En Reino Unido, que tu partido tenga 330 diputados, cinco sobre la mayoría absoluta, no te otorga un cheque en blanco como el que supone la mágica cifra de 176 en España. Entre otras cosas porque allí, en Madrid, la lealtad se debe más a las siglas que al territorio que te elige.

Una cosa por la otra, me temo. La cercanía del distrito uninominal permite ese vínculo cercano cuya ausencia en España tanto se critica, pero a cambio la proporcionalidad del sistema propicia más pluralidad política.

Algo manifiestamente más justo que en el binario sistema británico.

En consecuencia, la oposición al partido que obtiene la mayoría absoluta en la cámara viene, a partes iguales, de la bancada de enfrente y de los rebeldes internos, que se agruparán por lealtades territoriales o por el cuestionamiento del líder debido a circunstancias coyunturales. Y como el líder no puede, como en España, tomar represalias apartando al candidato rebelde de las listas para las siguientes (nada acobarda más que la perspectiva de no repetir en el escaño), hay muchos incentivos a las guerras internas a cuchillo.

No es casualidad, por tanto, que la ficción política de moda, House of Cards, sea una adaptación de una primera House of Cards británica, hecha a principios de los 90, mucho mejor que la que ahora todos estáis viendo, con Kevin Spacey en el papel de Frank Underwood.

Aquí, en el Parlamento de Westminster, crecen los Underwoods como setas. Han sido una especie sumamente prolija a la hora de derribar desde dentro a líderes propios que se cubrían la cabeza en medio de la escabechina con un patético “cuerpo a tierra, que vienen los nuestros”. El fuego amigo, el de la bancada propia, es mucho más dañino que el de la oposición. Y ya se sabe que en política, los adversarios políticos de enfrente son menos de temer que los compañeros de partido.

A Theresa May, la líder conservadora que convocó estas elecciones hace siete semanas, cuando tenía por delante un mandato que expiraba nada menos que en 2020 y cimentado en una cómoda mayoría absoluta, le ha explotado el globo que ella misma contribuyó a hinchar en toda la cara.

Las diferencias, en ese sentido, con la “dulce derrota socialista ” y la “amarga victoria de Aznar” del año 96 son obvias. González convoca entonces porque no le queda otra salida. A Theresa May, sí.

Podía encarar las negociaciones del Brexit con una mayoría sólida, de más de 330 diputados. Y enfrente, tenía a un candidato repudiado por los suyos, descrito como una caricatura de estética maoista, de los que visten camisa de la Revolución Cultural con el bolígrafo prendido en el bolsillo izquierdo y las gafas de cerca caídas a la altura del final de la nariz.

Un tipo, Corbyn, que se atrevía a poner en su programa el anatema de la renacionalización de servicios esenciales en un país de comerciantes y tenderos -Bonaparte dixit-; en la cuna de Adam Smith y la mano invisible que mueve el mercado. En el Reino Unido de la City, los paraísos fiscales en vestigios coloniales y el culto al individualismo pontificado desde que Thatcher dijo aquello de “¿la sociedad? ¿qué demonios es la sociedad?” (suena mejor en inglés).

Los propios diputados laboristas entraron en pánico la mañana de abril en la que May anunció que pediría al Parlamento una elección anticipada. Hubo alguno que se sintió como un pavo a punto de ser trinchado en Navidad, de tan amortizado como tenía el batacazo. Y pidió expresamente a su líder que votara en contra de la disolución del parlamento, otra paradoja constitucional británica que busca, precisamente, prevenir las maniobras electorales como la articulada por May, llevada más por el instinto asesino del que huele sangre en el cuerpo moribundo del laborismo dividido y dramáticamente escorado a la izquierda, que por una debilidad parlamentaria que no era tal.

Corbyn empezó a remontar aquélla misma mañana, cuando declaró que votaría a favor del adelanto. Que estaba preparado. Que no tenía miedo al hundimiento electoral que todo el mundo daba por cierto. Y, al hacerlo, no sólo ganó una autoridad moral que elevó su estatura política, sino que inyectó una dosis de autoconfianza a las huestes laboristas, zaheridas y desconcertadas desde que el voto del Brexit partiera en dos sus feudos y sus almas. Las de la clase obrera del norte y el cosmopolitismo de la globalización de rostro amable e internacionalista del sur londinense.

El mérito del líder laborista ha sido el de centrar el debate en la agenda interna sobre el de la salida de la Unión Europea, convertida en mantra de la campaña conservadora bajo el epíteto de la necesidad de una mayoría fuerte y estable. Más hablar de hospitales públicos, menos tasas universitarias y menos hablar de Bruselas y aranceles comerciales.

La frase del principio de este post es del diputado conservador Nigel Evans, en la misma noche de autos, y referida a los errores de May a la hora de enfurecer a los mayores del país con sus medidas antisociales. El voto seguro conservador en un escenario de división generacional.Lo cual nos conduce a la última clave a tener en cuenta.

Los jóvenes.

Algo había en el ambiente cuando la noche previa a la elección, se batió el record de peticiones de inscripción en el registro de votantes. La mayor parte de esos nuevos inscritos -el 80% eran jóvenes-. Casi todos de la Inglaterra urbana y estudiantes universitarios para más señas.
Es el voto enfurecido de los hijos contra los padres y los abuelos del condenado Brexit. De la generación Ryanair, de los fast check-in en aeropuertos del continente. De los años sabáticos por Europa y el Eurorail. De los que sueñan con ser profesor nativo de inglés en algún pueblo de la Costa Dorada o del Albaicín de Granada y se conducen en bicicleta al estilo nórdico por la hostil Londres. De los que conciben el pasaporte como un documento en el que coleccionar sellos de destinos exóticos y que no saben lo que es un visado.

Es ese humor el que ha sabido captar la campaña de Corbyn. Aupado en el activismo de la tropa de Momentum, han sabido movilizar a la Inglaterra enfurecida con el aldeanismo aislacionista de raigambre victoriana con el que se criaron los abuelos devotos del tweed y gesto huraño y altanero.

Me dirán, no sin razón que, a pesar de todo, gana May y pierde Corbyn.

Les pido en tal caso, que abran el foco.

Y que piensen en un partido, el Conservador, que convoca unilateralmente desde el poder de una mayoría absoluta para crujir al enemigo en su momento más débil. Que piensen en un laborismo desnortado en torno el Brexit y en un líder que se parece a una versión del abuelo hippy de Heidi, pacifista convencido, que aprendió español cantando a Victor Jara y recordando las hazañas del batallón Lincoln en nuestra guerra civil.

Les pido que recuerden lo dicho sobre lo engañosas que son las mayorías parlamentarias en este país y las lealtades traicioneras de los propios, que se han liquidado, en el bando conservador, a sus tres últimos primer ministros. Y que, por tanto, no me hagan la asociación simple por comparación de las mayorías búlgaras del sistema parlamentario español y su mandato imperativo para los diputados que dependen de su lealtad al líder para repetir en el escaño.

Sólo así, podrán entender la magnitud del desastre al que se enfrenta Theresa May. Una líder politicamente acabada y a la que mantienen los suyos en el cargo de forma interina a la espera de que se queme como una Falla valenciana en la dura negociación con Bruselas.

Si aún así, insisten en las lecturas españolas por comparación, en términos de ganadores y perdedores, y me remiten una vez más a la retórica de la “izquierda que gana” y la “izquierda que pierde” para refutar de manera forzada las concepciones previas que adornaron las recientes primarias socialistas, me permito una sugerencia.

Olviden todo lo dicho en este post; las 1600 y pico palabras.

Todo lo que les he contado no habrá servido de nada. Y uno no está aquí para hacerles perder el tiempo.

Facebook Comments

Deja un comentario