En el palco del Bernabeu no había ningún alemán bueno

Casi al final de Evasión o Victoria, peliculón futbolero de leyenda, el único militar alemán decente del palco no puede evitar ponerse en pie y aplaudir a rabiar la chilena de Pelé. Anoche, a falta de Pelé y Ardiles, estaban Neymar y Suárez. Y sobretodo Iniesta, en el papel que interpretaba el caballero Bobby Moore en la película.

Ayer, en el Madrid-Barça no había ningún alemán bueno en el palco del Bernabeu que se levantara a aplaudir a Iniesta. Había ministros en ejercicio y ministros que lo fueron, hoy bendecidos por el capitalismo de amiguetes que abre puertas giratorias. Había presidentes que aparecen en los papeles de Bárcenas y ex presidentes que atendieron con gesto grave los acordes previos de la Marsellesa, que sonaron en homenaje a las víctimas de la carnicería de París. Escuchaba el himno francés el ex presidente Aznar, ajeno a su cuota de responsabilidad en el caos de una región que pusieron patas arriba él y otros dos iluminados.

A la derecha siempre le gustó fantasmear en el palco del Bernabéu. Pero no sólo a la derecha que parece que manda, la que se sienta en el Consejo de Ministros. También a la otra, la que no es que parezca que manda, sino que manda de verdad. La de los apellidos ilustres del tardofranquismo, los que hicieron fortuna con las migajas y prebendas que el dictador esparcía por el barrio de Salamanca y aledaños. En la foto del palco aparecen unos cuantos cuyos nombres aparecen de pasada en el sumario del caso Bárcenas.

No dejo de pensar que la estampa del Bernabeu sólo sería posible en la Italia del putero Berlusconi, cuando regía el país y el Milan a un tiempo. En ningún otro país de Europa, se daría esa mezcla de forofismo, poder y exhibicionismo.

En la semana del recuerdo del Caudillo ausente, el palco del estadio parecía una sombría foto de familia de las estirpes que reinaron en la Corte del menudo general africanista que llegó a Jefe de Estado. La familia bien, gracias. Ya dijo Gil, que el palco del Bernabeu venía a ser como las cacerías del Caudillo. Los mismos apellidos que prosperaron con el régimen estarían ayer, si acaso modificados con el guión para convertirlos en compuestos y evitar que su tronío se perdiera por la inoportuna irrupción de un Sánchez, un Fernández o un López en la familia, testimonio del braguetazo dado por algún don nadie con una hembra del clan. Lo dicho, nada que no solucione un guión en el Registro Civil para perpetuar la solera del apellido.

El pequeño Madrid del poder se asomó al palco para empujar al equipo de las glorias deportivas que campean por España, como reza el himno de las mocitas madrileñas. Al estandarte patrio encargado de envarar a los separatistas catalanes, rompepatrias y antiespañoles, que se atrevieron a invadir la capital del reino con su chusma segregadora.

Y uno, que aún barcelonista, no deja de abominar la retórica nacionalista pancatalana, no pudo evitar pensar en el día de ayer que la Brunete económica que envolvía a Florentino animaba a un ejército de mercenarios de mil naciones, envueltos en una bandera de España que sólo encarnaba en el campo el pobre Ramos. Que para lo que hizo, mejor que ni hubiera estado, por cierto.

Porque ayer, en la convocatoria del siempre españolísimo Madrid, había más croatas que españoles. Más o menos lo mismo que en el cristiano ejército de Franco, siempre poblado de moros prestos a morir por Santiago y cierra España, previa paga mercenaria.

Fueron un puñado de hombres decentes los que se levantaron de sus asientos, para rendir homenaje a un geniecillo de Albacete que paseó su leyenda por la Castellana. Ellos fueron los únicos alemanes buenos en el estadio en el que sonó la Marsellesa como también sonaba en la peli. Los otros, los uniformados del palco, agriaron el gesto  conforme se agigantaba la humillación, que pudo ser mayor si un español musulmán de origen marroquí llamado Munir -hay que joderse- hubiera acertado a redondear la manita.

Tengo para mí que el partido de ayer, por mucha retórica que pongan cuatro tontos a estas horas desde Barcelona, ha hecho más por la unidad de España que todos los recursos que se le ocurran plantear a Rajoy en el Constitucional. Porque si la secesión se consuma, al ejército del pueblo de Cataluña que es el Barça -como gustaba decir a Vázquez Montalbán- se le priva de la posibilidad del combate en el centro de la Meseta, contra un enemigo al que recientemente golea con más facilidad que al Escalerillas. Y con la plana mayor del régimen por testigos, para mayor sorna.

Privarse de ese atracón sería de tontos. Y no está la cosa como para suplantar el Clásico madrileño por uno con el Espanyol.

Ayer en el palco del Bernabéu no había alemanes buenos. Pero en la grada de la gente normal, alguno se tragó la quina, y aplaudió con caballerosa deportividad a ese genio llamado Iniesta.

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