No sé si habrán leído la entrevista a Errejón en El País de hoy domingo. Si no lo han hecho deberían hacerlo.

A mi personalmente, lo que más me interesa de la misma no es la apelación a un entendimiento con el PSOE, algo que va de suyo a poco que uno se pregunta dónde han ido los cinco millones de votos que echa de menos el partido del puño y la rosa desde hace nueve años.

Es la idea de España, el concepto de España, omnipresente en la entrevista, lo que me resulta más innovador en términos políticos respecto al discurso tradicional de una izquierda que ha dado un respingo de incomodidad cada vez que tenía que mencionar esa sola palabra.

España.

Ando estos días releyendo a Juan Goytisolo. Un poco por la proximidad de su muerte, que me ha abierto el apetito por su prosa y bastante por la necesidad que sentía de releer “España y los españoles”, una de sus obras de referencia.

Casi al principio, en el capítulo dedicado al presunto “Homo hispanicus”, Goytisolo repasa los mitos patrios levantados por Menéndez Pelayo y sus discípulos. Numancia, los romanos ilustres “españoles” -Séneca, Adriano, Trajano, Marcial, en un tiempo en el que no existía una realidad política catalogable como tal-, la Reconquista, las glorias de los reyes católicos y los primeros austrias, la conquista de América y, por encima de todo, un devoto sentido espiritual que nos hizo ser guardianes de la fe y la civilización cristiana.

Sobre ese imaginario inventado a finales del siglo XIX por Menéndez Pidal y los suyos, se construyó una identidad nacional llena de mitos, falsedades e identificaciones absurdas, como la identificación de los reyes visigodos como el epítome de la españolidad o la Cruzada contra los musulmanes que hollaron el país durante siete siglos. Qué otra cosa sería una re-conquista sino el restablecimiento de lo que hubo a su estado primigenio después del paréntesis de la media luna.

Ese imaginario mítico, capaz de considerar como español a un emperador romano por el hecho de haber nacido en Córdoba, o a un guerrero celtíbero por haber hecho sus correrías en el valle del Tajo, llenó de sentido el vacío al que España se entregó con retraso, en un siglo XIX en el que casi todas las naciones europeas andaban a la caza y captura de sus propios mitos medievales para reconstruir una identidad que nunca fue tal, como en el caso alemán o italiano, o llena del esplendor del momento, como el que vivían franceses e ingleses en pleno apogeo de su dominio en el globo.

Fue el franquismo el encargado de administrar la obra de los intelectuales conservadores del XIX, y de llenar con su doctrina simplista las escuelas en las que se veneraba a los héroes del pasado. A los más lejanos, con el relato de sus victorias. A los más cercanos, ya en la dolorosa decadencia, siempre como ejemplo de perdedores con honra, como los héroes de Cuba, Cascorro, Daoiz y Velarde, Churruca y tantos otros. De ahí a la furia española fatalista en la derrota en la que perdíamos como siempre pese a jugar como nunca, había un paso futbolero que mi generación sufrió mundial tras mundial hasta el gol de Iniesta.

Lo que plantea Iñigo Errejón en su entrevista es la necesidad de rescatar el concepto de España, abandonado en una izquierda que abrazó el cosmopolitismo, el europeísmo o el internacionalismo con más brío que ninguna otra en el continente, más por necesidad que por vocación.

Negó esa izquierda la idea misma de España, bajo una tonelada y media de elucubraciones y elipsis “este país, el estado español, el estado, etc…”. Y bien por deserción propia, o por ánimo colonizador de la derecha, la apelación a España quedó en manos de los herederos de culto a la obra y el legado de Menéndez Pidal, primero en el franquismo y luego con una  derecha democrática especialmente avariciosa en la paternidad del legado y la manipulación conceptual del mismo.

España es mucho más que la suma de un puñado de mitos y leyendas inventados por historiadores y manipulados por generales obsesionados por glorias pasadas. Pero lo cierto es que las fronteras de nuestro país como las de Reino Unido y Francia, han estado delimitadas por accidentes geográficos nítidos desde hace dos siglos. Algo que no ocurre en el resto del continente, ni en la mayoría de los restantes estados del planeta.

Los Alpes, el Rhin y los Pirineos definen a Francia con la nitidez con la que se consagraron en el Congreso de Viena, hace más de 200 años. Inglaterra, encapsulada en una isla, ni siquiera ha tenido que lidiar con amenazas terrestres en ese periodo. España, tal como la conocemos hoy en día, ha estado confinada a la península Ibérica desde ese mismo periodo de tiempo, sin más traumas fronterizos que los causados por las varias guerras civiles que nos hicimos a nosotros mismos y las tensiones internas derivadas de un modelo  territorial que consume kilómetros de tinta desde hace décadas.

Errejón, la mente más lúcida de Podemos, no tiene reparos en apelar a la necesidad de que la izquierda supere sus complejos a la hora de hablar de España. Sin que un escalofrío nos recorra el espinazo con sólo mencionar su nombre, como si lo hiciéramos apelando a algo en lo que no creemos o que nos resulta ajeno.

La izquierda tiene que reconquistar la idea de España. De una España que no tenga que retrotraerse a los mitos de la Historia para reconocerse a sí misma. Que no necesite apelar a la unidad de destino en lo universal, con el que franquismo envenenó las conciencias de dos generaciones de españoles criados en la convicción de que un español venía al mundo con un crucifijo al cuello y la fascinación fatalista por una muerte segura en la defensa de una posición indefendible frente a un enemigo superior.

En esa tarea, como en muchas otras, coincido y alabo una vez más el sentido común de Errejón.

 

 

 

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