Los desiertos, contaba un historiador militar británico, son un paraíso para la táctica y una pesadilla para la logística.

En esta España reseca, consumida por la canícula veraniega sin fin y repleta de cauces  vacíos y embalses que devuelven maravillas románicas a causa de su repentina sequedad, la desertización nos ha hecho devotos de la táctica e ignorantes de la logística y la estrategia.

Vivimos un poco como Rambo al final de su misión de rescate, cuando le responde a aquél coronel que parecía un doble de John Wayne a la pregunta de  cómo viviría en el futuro:   “día a día”, responde con el morro torcido Stallone.

Sin plan ni horizonte definidos, que eso, como contaba Unamuno, se lo dejamos a los europeos, que son los que inventan y piensan mientras aquí hacemos de recogimiento ibérico un arte.

Permitáseme el desvarío de Rambo, las referencias a las ratas de desierto de Montgomery en la guerra africana contra Rommel o las menciones a la desertización que convierte nuestra geografía en la vanguardia del cambio climático, como metáfora de lo que somos y, a lo que se ve, de lo que nunca dejaremos de ser.

Sobretodo en términos constitucionales.

A vueltas con el ser de España, con el debate sobre naciones y nacionalidades, con la plurinacionalidad o los desafíos secesionistas, conviene recordar que nuestra democracia se sustenta sobre una Constitución, la norma de la que emanan todas las normas, que ha sido tocada dos veces en cuarenta años.

Sea por nuestra geografía, de mapas mentales cosidos a puntadas de desconfianza entre regiones, o porque no tuvimos la fortuna de contar con ríos navegables como sí ocurre en la mayor parte del continente cuyas doctrinas adaptamos en tiempos recientes; o sea por la querencia a vivir día a día, sin plan ni horizonte definido, lo cierto es que nuestro sistema constitucional, parido entre ruido de sables y amenaza de zozobra a poco que se moviera una pluma, permanece sustancialmente inalterado en estas cuatro décadas.

Me dirán que las constituciones son como las obras de arte; que cuanto menos se tocan y se mueven, más facilmente resisten el paso del tiempo. Que los males atávicos de la historia constitucional de España, con normas fundamentales hechas para mayor contento de una parte o incapaces de trascender la seguridad del papel para extender sus buenas intenciones sobre los territorios dejados de la mano de Dios, aconsejan no menear una arquitectura tan frágil a riesgo de que se nos deshaga entre los dedos.

Lo cierto es que esta generación -y la generación anterior, la que redactó la norma- omiten el significativo detalle de que todas las constituciones de nuestro entorno han sido modificadas en repetidas ocasiones en este lapso de tiempo sin que se desataran los infiernos contra los que nos previenen los amantes de la táctica y los enemigos de la logística. Es decir, los partidarios de ir tirando día a día, los que no se preocupan demasiado por imaginar la España del 2020.

A cualquier estudiante de primero de derecho, le llenarán la cabeza con la influencia del constitucionalismo europeo comparado en el texto que nosotros nos dimos en 1978. Le dirán que el capítulo de la articulación territorial debe mucho a la Ley Fundamental de Bonn -la Constitución alemana-; o que incluso la propia mención definitoria de España como Estado Social de Derecho, es una copia casi literal del texto germano; que la parte destinada a los derechos fundamentales tiene un tinte inequivocamente francés o que la regulación del CGPJ es de inspiración netamente italiana.

Lo que no se dice muy a menudo es que todas esas constituciones, imitadas hasta rozar la copia descarada en algunos artículos, han sido reformadas con mucha frecuencia en su -en algún caso- dilatada vida.

Sólo por citar un puñado de ejemplos, conviene recordar que la constitución alemana ha sido modificada más de 60 veces en 70 años. Y no creo que a nadie le ronde la cabeza calificar a los alemanes como un pueblo o un gobierno dado al desvarío y la inestabilidad institucional desde el fin de la II Guerra Mundial hasta nuestros días. Conviene saber igualmente, que la francesa arrastra 24 enmiendas en medio siglo,  la portuguesa ha sido tocada 12 veces en un periodo de vida casi idéntico a la española o la austriaca nada menos que 80, casi a reforma por año de vida.

Cada vez que en España se menciona la posibilidad de una reforma constitucional se cita como ejemplo de flexibilidad constitucional, las dos reformas que se llevaron a cabo en 1992 y 2011. Lo que se omite es que ambas modificaciones lo fueron a instancias comunitarias, para otorgar derechos vinculados a la entrada en vigor de Maastricht o para constitucionalizar la polémica regla de contención del déficit en aquél agosto surrealista de primas de riesgo desbocadas.

La pétrea solidez de nuestra irreformable Constitución del 78, se invoca como virtud frente a quienes plantean su adaptación a tiempos cambiantes y desafíos que no podíamos imaginar hace cuatro décadas.

Tengo para mí, no obstante, que ello esconde la querencia por la táctica del día a día, y la aversión , casi filosófica, a pensar el futuro. En un país que, cuando exportó a sus becarios a estudiar filosofía en las mejores universidades alemanas, a finales del siglo XIX, tuvo la desgracia de que la mayoría de aquéllos abrazase a Krauss e ignorase a Hegel, para volver a la madre patria, ya formados, con una visión que alumbraría el ensimismamiento castizo, contemplativo, casi ascético, que tanto hizo por asentar aquél “Spain is different” en el que se pudren nuestros desvelos y se premia la quietud por encima de todo.

Contra esa España aquietada, cargada de temores y que se tienta los bolsillos temerosa antes de emprender cualquier desafío digno, es conveniente recordar de cuando en cuando que los mitos de la estabilidad del entorno constitucional europeo -esgrimidos periodicamente por los amantes de la quietud a ultranza- que Europa, como el sol de Galileo, sin embargo se mueve. Es España, y su Constitución, la que sigue abrazada a la idea del etnocentrismo como verdad universal inamovible.

Aunque, como ha quedado demostrado, ni sea una verdad, ni sea universal. Sino más bien una triste excepción que esconde al peor agente paralizante.

El miedo.

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