EL ESTALLIDO DE LA BURBUJA POLÍTICA EN ESPAÑA

La última década ha sido la de la burbuja política en España.

En menos de nueve años hemos tenido ocho elecciones generalistas, entendiendo por tales a las autonómicas y locales, europeas y generales. Además de estos procesos,  otro puñado de convulsiones en las urnas, de ámbito autonómico, pero con lectura estatal, como las elecciones vascas, gallegas, andaluzas y catalanas, que van a destiempo y siguen sus propias dinámicas, sobretodo en el último caso.

Por el camino, el fin de una bonanza sin precedentes, una crisis económica, el estallido de la burbuja inmobiliaria, el paro desbocado, los desahucios, la crisis del euro, la crisis bancaria, el desafío soberanista catalán, el desencanto del 15M, corrupción a mansalva, el auge del populismo, el reventón del proyecto europeo y, por último, el triunfo del populismo obsceno a uno y otro lado del Atlántico, en los territorios en los que un día se asentó el consenso democrático liberal de Occidente.

Vistos en perspectiva, estos diez años, los que transcurren entre 2007 y 2017, eran propicios para una burbuja política como la vivida en España. La concatenación de citas electorales eran terreno abonado para la aparente repolitización de un país que ha pasado del «yo de política no entiendo» a llenar las cadenas generalistas de espacios de debate político en los que los nuevos rostros de la telegenia patria rivalizan en los platós que un día monopolizaron en exclusiva los despojos de la prensa rosa.

En esa repolitización aparente ha jugado un papel primordial la televisión, que como buena industria del entretenimiento, ha encontrado un tesoro en la proliferación de tertulianos multiusos, que tan pronto son expertos en política exterior como en financiación autonómica o macroeconomía.

Con todo, no estamos ante un fenómeno aislado, que cabe circunscribir a España. Si hoy en Estados Unidos gobierna un presidente que forjó su fama en un reallity show, en Gran Bretaña triunfa la visión populachera de un maestro de los vídeos cortos de youtube o en Italia todavía se añora a un payaso profesional como Berlusconi, es en buena medida, por el hecho de que el mundo, lejos de repolitizarse, se está despolitizando.

Lo singular del fenómeno español es el hecho de que nadie en nuestro entorno, en un tiempo tan reducido, ha tenido que acudir a las urnas con tanta frecuencia. Y eso, en el fondo, alimentaba la burbuja política que, entre otros resultados, ha alimentado el factor Podemos.

Dice Errejón  con acierto que el problema de Podemos era que había tenido que empezar a correr al tiempo que se ataba los cordones de las zapatillas recién puestas. Lo que quizá no diga este brillante politólogo es que proyectos como el que su partido representa necesitan de la carrera electoral para sentirse vivo, aun con los cordones sin atar,  tanto como Trotsky entendía que el marxismo necesitaba de la Revolución Permanente para conquistar el ideal socialista.

Tiene razón Pablo Iglesias cuando afirma que el tránsito de la guerra de movimientos, de una blitzkrieg política como la que hemos vivido en estos años -en los que se ha puesto en cuestión algo tan sagradamente asentado como el bipartidismo- a una guerra de trincheras, de posiciones fijas puede ser traumático para las fuerzas políticas más jóvenes. Especialmente para la suya.

Fundamentalmente, porque la tensión electoral funciona como un poderoso vigorizante para las organizaciones. Por mucha trifulca que se arme a la hora de configurar listas y repartir puestos de salida en las candidaturas, un terreno en el que la vieja y la nueva política se encuentran con la común apelación a las tripas, a los bajos instintos, a las envidias y a las traiciones entre amigos del alma.

La burbuja política que se ha vivido en España necesita del conflicto permanente. Y nada tensiona más que las urnas, que implican la pérdida o la conquista del poder, por mucho que se idealice la lucha callejera y el combate en las plazas contra el establishment.

Y sin elecciones a la vista, no hay burbuja. Mucho menos habrá política, entendida como conflicto permanente entre actores que, a falta de incentivos para conquistar el poder, se van a entregar con pasión al suicidio interno en guerras civiles particularmente cruentas en la izquierda, como por otro lado manda la tradición en España.

Como a los grandes partidos, por distintas razones, les interesa enfriar el ambiente, y como para ello cuentan con el hartazgo electoral de unos ciudadanos que han vivido un empacho electoral reciente, el riesgo de que estalle la burbuja política corre parejo a los síntomas que se atisban en los medios, donde los bufones habituales -Marhuenda, Inda, Corcuera, etc) hace tiempo que se han convertido en la versión millenial de Belén Esteban y Pipi Estrada.

La paradoja de esta década en la que vivimos la frenética apariencia de la vuelta de la política, a lomos de una burbuja que no paraba de crecer, es que, al final de la misma, el único superviviente indemne, el único actor que estaba al principio y al término de estos diez años, es Mariano Rajoy.

Un muerto muy vivo al que la torpeza de la izquierda, de toda la izquierda, ha encumbrado a la categoría de estadista desde las catacumbas de la mediocridad.

 

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