Cuatro ejemplos de ética política:

1.- En 2011, Mary Mc Alesse dejó la presidencia de Irlanda. Había ocupado el cargo durante 14 años, y en el momento de su marcha tomó una decisión por la que hoy en día, sigue siendo recordada: devolvió 500.000 euros procedentes de una partida de gastos de representación que no había utilizado. No tenía ninguna obligación jurídica al respecto, pero en el momento de su retirada, con un país sacudido por la crisis y sometido a las duras condiciones del rescate impulsado desde Bruselas, aquélla mujer tomó la decisión que la ética le marcaba.

2.- En 2010 Theodor Zu Guttenberg,  ministro alemán de defensa, dimitió por el plagio de una tesis doctoral. El escándalo recuerda al protagonizado, en los últimos días, por la ministra de educación del mismo país, igualmente dimisionaria de su cargo por idénticos motivos.

3.- En 2002, el gobierno holandés en pleno cayó por las revelaciones sobre la matanza de Srebrenica de 1995, en la que fuerzas

cascos azules holandeses brindando con Mladic
cascos azules holandeses brindando con Mladic

militares del país, presentes en Bosnia-Herzegovina bajo mandato de Naciones Unidas, tuvieron un desafortunado protagonismo en la masacre de miles de hombres ejecutados por fuerzas serbias, en una gigantesca orgía de sangre. El presidente, Wim Kok y la mayor parte de su gabinete, abandonaron el cargo a resultas de los informes que señalaban al ejército holandés en el episodio.

4.- Recientemente, en Gran Bretaña, el ministro de energía ha dejado el cargo por el escándalo levantado en torno a una multa de tráfico endosada a su mujer diez atrás, en un ejemplo que ha servido como pocos para ilustrar la doble vara de medir que en cuestión de ética política y responsabilidad moral hay en unas y otras latitudes.

Son sólo cuatro muestras de ejemplaridad política que en estos días nos hacen sangrar en la España en la que una ministra de Sanidad se mantiene incólume en el cargo pese a las revelaciones que demuestran lo insostenible de su posición.

No es cuestión, repito una vez más, de señalar las vergüenzas ajenas para obtener provecho político de una situación que empieza a pasar factura al país en otros indicadores más sustanciales para el común de los mortales, enfrentados a la realidad de una depresión económica con mayúsculas, no a una crisis. Es el momento de afrontar las vergüenzas como propias, como producto de un sistema político agotado en medio de falsas líneas rojas que nos impiden cambiar y actualizar el modelo. Líneas rojas levantadas a mayor gloria de los venerados padres de una Transición que hoy se nos muestra acartonada y amortizada por la Historia.

La ética política, o la percepción ciudadana de su ausencia en España, nos enfrenta con el espejo de lo que ocurre en otras latitudes, con la crudeza del contraste entre la situación económica que nos diferencia a unos países y otros. Ese factor diferencial, tan español como la tapa y la caña, es causa y consecuencia del daño que está causando el caso Bárcenas a la imagen que queremos trasladar al mundo.

Weber, el padre de la sociología política, diferenciaba entre la legitimidad de origen y la legitimidad de ejercicio. La primera, indudablemente, la ostenta este gobierno por efecto de los votos, que le otorgaron una inequívoca mayoría parlamentaria hace menos de un año y medio. La otra, la legitimidad de ejercicio, se conquista con la acción gubernamental, sostenida sobre dos parámetros que en este momento, han saltado por los aires:

– el cumplimiento de las promesas electorales

– la ejemplaridad pública en el ejercicio de la función gubernamental.etica1

Ya sé que la moral pública depende de factores que hunden sus raíces en la historia, la cultura, la tradición, la educación o la religión. Y que no vamos a adquirir la moralidad nórdica protestante de un día para otro. Pero constituiría un buen comienzo empezar a abjurar de algunos hitos históricos glorificados hasta el exceso, tantas veces agitados como excusa para no cambiar.

El consenso de la Transición, por ejemplo, se ha prolongado durante demasiado tiempo, más que como un acuerdo de superación de estructuras totalitarias para implantar un régimen de plenas libertades públicas, como un marco de actuación transversal que desresponsabiliza a la sociedad en su conjunto.

Y la política es fiel reflejo de ese pacto tácito, del que no solo son protagonistas los partidos como principales agentes, sino una sociedad que en demasiadas ocasiones, ha retribuido electoralmente a corruptos, populistas y demagogos que construían mayorías a partir de sentencias tan vacías como sus conciencias.

Un nuevo consenso cívico para reconciliar a la ciudadanía con la política sólo podrá articularse, en el terreno de la ética política, sobre la exigencia de una moralidad que vaya más allá de las puestas en escena y los fuegos de artificio. Y que tenga como principales actores, más que a los actuales partidos políticos, lastrados para este fin por estructuras internas oxidadas, a la ciudadanía en cuanto tal.

Un consenso que vaya más allá del texto de una norma jurídica que, incluso antes de nacer, ya presenta resquicios por los que deslizar prácticas fraudulentas que desnaturalicen sus objetivos.

Que esté protagonizado por una generación distinta de la que llegó a los acuerdos de los que ha estado alimentándose la actual democracia durante 35 años sin que nadie se atreviera a plantear cambios sustanciales que ahora son imprescindibles. Una generación que mira a su entorno sin las rémoras del pasado, sin las deudas vencidas de la idealización formal de una Europa a la que queríamos llegar a toda costa.

 Y que lo haga siendo consciente de que el grado de exigencia moral y ética política existente en otras latitudes puede y debe ser susceptible de guiar nuestro camino.

Un consenso cívico, en definitiva, que obligue al sistema a actuar. Porque como bien dice Luis Garicano, está en juego la elección, por parte de los españoles, entre modernidad y peronismo caudillista.

Al primero se llega adaptando conductas europeas; no instituciones e infraestructuras europeas.

Al segundo, en el que ya estamos, hemos llegado haciéndonos trampas en el solitario.

 

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