Europa, Europa…

Hubo un tiempo en que el proyecto de integración europea se convirtió en una meta en si misma para muchos países.

Al menos así lo entendió una generación de españoles, pero también de portugueses o griegos, que lidiaron con las últimos regímenes totalitarios del continente hasta bien entrados los 70 o los 80. Y más tarde, la Europa Oriental sometida al yugo soviético hasta el final de la Guerra Fría.

La modernidad se llamaba Europa, un colorido sueño convertido en ilusión utópica de intelectuales y pensadores que abrazaron el crisol de culturas contrapuestas, de herencias culturales diversas y a pesar  de viejos odios que llevaron a este pequeño continente a esparcir la guerra a escala global, en el tablero de una geopolítica eurocéntrica en carne viva desde el siglo XVI.

Ahora, de los rescoldos de la crisis, el proyecto de construcción europea, aparece amenazado por fuerzas de distinta naturaleza, en un juego de suma cero en el que los términos populismo y nacionalismo reverdecen viejos laureles.

En Francia, en Inglaterra o en Holanda. La presión de nuevos populismos de lenguaje directo y afilado, fácilmente asimilable para un público que ha ido acostumbrando su oído a las filípicas de los tertulianos en el prime time televisivo, no sólo avanza electoralmente, sino que condiciona gobiernos arrastrados por el tirón de esa fuerza incontrolable para adoptar medidas cada vez más irracionales e incompatibles con el programa con el que alcanzaron el gobierno. El ejemplo de Hollande, sin duda, el más palmario.

Hubo un tiempo en que Europa se convirtió en un sueño posible, no sólo por la vía de la integración económica que garantizaba el éxito pese a las turbulencias inherentes a un proceso de traspaso de soberanía tan audaz como inédito en la historia de la Humanidad, sino por la asunción de un corpus de valores comunes para definir a ese espacio geográfico como la primera semilla para el ejercicio de la gobernanza global, la que ya no tendría en cuenta las barreras fronterizas y sería capaz de afrontar las amenazas a los bienes públicos globales sin las limitaciones de los estados nación.

Culpar a la crisis económica en particular obedece a un impulso que traduce frustración en el nivel de vida que creíamos consolidado pero que confunde o niega la existencia de testigos luminosos advirtiendo de que el motor se estaba gripando sin que el generador neofuncionalista de la Europa de las élites de segundo nivel, las que parían directivas y reglamentos como churros para armonizar legislaciones, se dieran cuenta de la cojera del enfermo.

A principios de los 90, cuando Dinamarca rechazó Maastricht e inauguró la era de los referéndum suicidas para frenar la dinámica de la integración, alguien debió anticipar los defectos estructurales que se cernían sobre un edificio que se levantaba por el bien del pueblo pero a pesar del pueblo. Lo de Dinamarca se solventó con el primero de una serie de parches de emergencia, según los cuales si se perdía un referéndum, se volvía a someter la pregunta al electorado con generosas concesiones a la idiosincrasia del estado rebelde hasta que las urnas parieran un Si tan forzado como artificial.

Europa decidió fingir que no pasaba nada.

A mediados de los 90, el espantoso retorno a una Europa de genocidios y limpieza étnica nos sobrecogió en las mismas puertas del paraíso azul y estrellado, en la Yugoslavia despedazada por odios ancestrales que ahora veíamos a todo color y vía satélite. De nuevo las matanzas, de nuevo la limpieza étnica, de nuevo los desplazados y los refugiados.

Europa no estuvo.

A principios del nuevo milenio, cuando bajo la excusa de la guerra contra el Terror, los halcones de Washington dinamitaron todos los límites para usar centros de tortura con escala previa en aeropuertos europeos, o recabaron el apoyo de líderes emergentes para su disparatada cruzada en Irak, el anhelo de una política exterior coordinada murió mientras los miopes cincelaban el acta de defunción en las Azores.

Europa se partió.

La crisis es el epítome de un proyecto que no murió por la dictadura de los mercados ni por la obsesión macroeconómica en el cumplimiento de los pactos de estabilidad. Europa -como proyecto de integración sometido a poderosas dinámicas y campo de juego de lobbys enfrentados en la defensa de posturas contrapuestas- no se viene abajo porque el norte rico imponga un recetario de ricino al sur pobre.

Europa se muere de provincianismo nacional, de ceguera fronteriza disfrazada de localismo estatal, a partir de la frustración de las esperanzas de construir un proyecto que, en último término, activase mecanismos de solidaridad superadores de las limitaciones de los estados para luchar en el terreno de la globalización,  y para el que aisladamente, somos demasiado pequeños, faltos de recursos vitales y carentes de energías demográficas.

Monnet, uno de los padres fundadores del proyecto de integración europea, advirtió de la necesidad de seguir pedaleando como único modo de evitar que nos cayéramos de la bicicleta.  Esta máxima funcionalista, ha guiado la actuación de la Europa de los burócratas desde hace más de medio siglo, incluso como único medio de superar las tentaciones periféricas de construir una Europa de los estados. Inventando directivas, creando instituciones de pomposo nombre o sepultando bajo toneladas de papel la diarrea legislativa de un proyecto que tenía que justificarse a sí mismo cada día. Eso era pedalear.

Pero la bicicleta es un medio de transporte. Y aunque es importante mantener el equilibrio y pedalear para no caer, no lo es manos definir un rumbo. Un sentido y un destino que fijase el porqué de este relato europeo cada vez más alejado de sus objetivos fundacionales, ligados a la prevención de una nueva guerra a partir del antagonismo franco-alemán que hoy en día es ciencia ficción.

Lo otro es un viaje a ninguna parte, algo que empieza a ser evidente para miles de ciudadanos que prestan su oído (y su voto en las próximas elecciones europeas) a los apóstoles del populismo y su evangelio de un pasado en el que no hacían falta las bicicletas.

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