¿Europa o Eurovisión?

Nigel Farage es un tipo peculiar. Se hizo famoso en la red, a partir de vídeos de impulso viral en youtube, en los que la gente se deleitaba con este político dicharachero, malsonante a ratos y politicamente incorrecto. En el tedio de Bruselas, era el único parlamentario capaz de poner contra las cuerdas a Barroso, Juncker, Rehn, Almunia y el resto de cabezas pensantes que parieron ese cordón sanitario impregnado de austeridad y ricino para las economías devastadas del Mediterráneo.

A la gente le cayó bien este tipo. Si uno se entretiene y mira los comentarios de los vídeos en cuestión, se constata que en su mayor parte, se alimentan de la cantera de los indignados del 15M, afines en su crítica a la dictadura de los mercados y la sumisa docilidad de instituciones europeas dotadas de una muy cuestionable legitimidad democrática.

En el programa electoral, el personaje sostiene un pinta de cerveza, como símbolo de la irreverencia británica a esa Europa construida a martillazos de burócratas no electos y a la que buena parte de Gran Bretaña mira con desconfianza desde tiempos inmemoriales. Porque, a sus ojos, todo lo malo viene del otro lado del Canal, del Continente. Guerras, dictaduras, persecución religiosa o acoso contra la libertad individual por parte de un gobierno excesivo, como diría Thatcher.

Por eso posa Farage con la pinta o hace campaña en la BBC en un pub sobre un fondo de grifos de cerveza. Es la rebelión de lo auténtico contra la mundialización porque sí. La misma que ahora impone reglas y regulaciones extrañas a las culturas nacionales, y que hace cien años empezó a ensayarse en el mundo, con la unificación de los sistemas internacionales de pesos y medidas, contra el que se rebela un país que sigue midiendo en pulgadas, millas, onzas y pintas.

Ya sabemos que el nacionalismo se nutre de la exaltación de lo simbólico, de lo que diferencia a la tribu frente a las actitudes de avasallamiento que proceden de un exterior que se percibe como una amenaza.

Nigel Farage cataliza ese espíritu de rebelión castiza frente a la Europa de las reglas y los burócratas de la que también se reniega en otros ámbitos no precisamente derechistas. Y es ahí donde la paradoja encuentra sentido. Porque la indignación no es patrimonio de una izquierda hastiada de los desmanes del gran capital. Una vez conocido el verdadero pelaje de este individuo, se nos hace más difícil defender en su discurso indignado y antieuropeo, aunque nos extasiemos en la intimidad viendo sus afiladas e impertinentes intervenciones en la Europa gris de la corrección política.

Con este panorama, y con partidos como la UKIP o el Front National francés -con Juana de Arco en sus carteles electorales- copando las encuestas en Reino Unido y Francia, se hace difícil esbozar una mueca de optimismo ante la cochambre que se avecina.

fotonoticia_20140129165145_500Ni los esfuerzos por democratizar la Comisión, con la elección de cabezas de lista anunciados entre los grandes partidos ni la evidencia de que nos encontramos ante una encrucijada en la definición de la Europa que queremos, van a salvar unas elecciones que siguen teniendo un trasfondo nacional evidente.

En España, el test de mayo se interpreta como una primera vuelta para los grandes partidos. Un referendum para Rajoy y sus cuentos de la recuperación, y un termómetro para Rubalcaba y sus escuderos, frente a los que aguardan un batacazo con las primarias como telón de fondo.  Y todo ello, aderezado con la efímera y previsible efervescencia de formaciones a las que la circunscripción única favorece, para que dentro de un año desaparezcan fagocitadas por la maquinaria de las circunscripciones de provincias.

Pocos hablarán de Europa como proyecto político. Y los que lo hagan, invocarán su nombre como un gigantesco ogro invisible del que hay que defender a los productores de la anchoa de Santoña, de los pimientos de Padrón o de los ajos de Las Pedroñeras.

Esa es la Europa que votará en mayo,  en un escenario de agendas nacionales, exaltaciones patrióticas del estado-nación amenazado y estrellas fulgurantes de corte Pablo Iglesias.

En definitiva, un festival de Eurovisión con urnas de por medio y frikies, de atuendo poco llamativo pero igualmente frikies, para dibujar una Europa de parodia.

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