Fin del sueño europeo: crónica de un ajuste de cuentas

Leo estos días que la literatura económica se ha hecho un hueco en la sección de libros más vendidos, donde es fácil encontrar a Krugman o Stiglitz habitando un espacio reservado para autores de best sellers. Se reeditan obras de Keynes, Schumpeter o Friedman, y se promueven sesudos discursos en todos los espacios entre defensores de orientaciones académicas contrapuestas, en busca del recetario perfecto o la profecía perdida que algún economista olvidado hizo décadas atrás sobre el panorama que nos ha tocado vivir en estos días.6629693107_76dba6d9f4_m

Obviamente, si tengo que tomar partido, lo hago sin dudarlo por las recetas del crecimiento en lugar de las que apuestan por la austeridad hasta la muerte, consagrando como todo socialdemócrata clásico a Keynes en el empeño. Pero cada vez tengo menos claro que por la vía puramente académica vayamos a ser capaces de encontrar luz al final del túnel, entre otras cosas porque tanto los gobiernos como las principales instituciones financieras ya han probado las dos vías aparentemente excluyentes –crecimiento frente a austeridad- sin resultados aparentes. Y digo esto apelando a la primera reacción contra la crisis, cuando algunos pregonaban la refundación del capitalismo, otros nacionalizaban bancos en la tierra del estado limitado y todos en conjunto alentaban programas concertados de estímulo, en los que se acordaba hacer la vista gorda frente al déficit a cambio de un fuerte impulso público a la economía. De ahí nació el Plan E, por cierto.

Esa primera fase de la crisis duró hasta comienzos de 2010, cuando comenzaron los ataques especulativos, no ya contra los bancos, sino contra los países. No repetiré lo dicho y oído en tantas tertulias, pero baste recordar como hemos terminado interiorizando términos como bonos, prima de riesgo, CSD, Grecia y déficit por cuenta. Hasta que un 10 de mayo de 2010, Zapatero sacó la tijera para dar respuesta al viraje que se le exigía desde Bruselas.

Ese día, como en el cuento de Monterroso, despertamos para ver que el dinosaurio seguía allí, con nosotros. Sólo que ahora nos enseñaba su verdadero rostro, después de dos años amagando en una nebulosa que todavía no se había llevado por delante pensiones, prestaciones o derechos laborales adquiridos y peleados durante décadas.

Si pensamos en cómo retratará la historia este periodo, en el que el vértigo nos hizo sentir vulnerables como nunca antes, quizás podamos ver algo que sólo ahora intuimos, limitados como estamos por la niebla de la guerra que todo lo envuelve. Algo que tiene que ver más con un ajuste de cuentas con el pasado que con una debilidad económica súbita e imprevista.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Europa era el punto de confrontación de dos bloques hegemónicos, en un mundo bipolar de superpotencias sustentadas en una filosofía política y económica excluyente. La capacidad de proyección de Moscú no se limitaba sólo a los países de su órbita de influencia. Cruzaba el telón de acero para extenderse sobre democracias restauradas y debilitadas, como la francesa o la italiana. Y era allí, donde el Partido Comunista, reforzado por su activismo antifascista en la Resistencia, sumaba adeptos en detrimento de los grandes partidos tradicionales.

Esa autoridad moral se tradujo en votos; y los votos impulsaron el miedo.

Así, el estado del bienestar, como construcción europea, nace del miedo al crecimiento de los partidos comunistas, reforzados hasta el punto de rozar la conquista del poder en Italia. Es entonces cuando se concibe la creación de un estado fuerte, en el que una red social pública fuera lo bastante firme como para evitar que el proletariado y la pequeña burguesía tuviera la tentación de seguir engrosando las filas de los partidos comunistas.images1

En ese consenso participaron fuerzas socialdemócratas y la democracia cristiana. Las primeras capitalizaban el éxito de las conquistas sociales que implicaba el estado del bienestar, y las segundas alejaban el espectro del comunismo en una Europa convertida en tensa frontera en la que chocaban las dos superpotencias.

Con la caída del Muro de Berlín, no sólo cayó el comunismo.

También cayó el miedo a la amenaza comunista y, en consecuencia, comenzó el desmantelamiento de un modelo social ahora definido como ineficiente, insostenible y no competitivo.

El Consenso de Washington y las estrategias ultraliberales son el legado de un tiempo en el que la decrepitud del sistema soviético deja de justificar la pervivencia de un modelo social europeo, caracterizado no sólo por la densa red de cobertura universal en sanidad, educación o relaciones laborales, sino por la regulación normativa de bienes públicos colectivos, como el medio ambiente, la cultura o el trabajo.

Este relato conduce directamente a nuestro tiempo, en el que los hitos de la desregulación económica, como el fin de la distinción entre banca de ahorro y banca de inversión, comparten protagonismo con el afán desregulador en todos los ámbitos. El relato concluye con la identificación del estado como un Leviatán con pies de barro que aniquila la competitividad y coarta el ejercicio de la libre iniciativa con una regulación farragosa y excesiva.

Hubo un tiempo en elmodelo social europeo pudo ser la referencia. Los teóricos de las relaciones internacionales lo definieron como poder blando. Un poder que no se sustentaba en la fuerza militar ni en la monopolización de grandes reservas de materias primas, sino en su capacidad de atracción en todo el planeta.

El suicidio colectivo europeo a cuenta de la austeridad supone no sólo el martirio de una generación que, en el sur del continente, sufre una dolorosa depresión económica. Supone también el suicidio de Europa como idea para el mundo. Como referente alternativo, capaz de sacralizar constitucionalmente un sistema en el que nadie puede morir a las puertas de un hospital por no tener seguro médico.

Esa es la Europa que estamos a punto de enterrar, en medio de loas a la austeridad, recortes inmorales y permanentes recordatorios al despilfarro culpable de nuestras actuales miserias. El modelo social europeo estuvo por encima de nuestras posibilidades y ahora debemos sentirnos culpables por haber disfrutado del mismo durante estos años.

Frente al sueño de europeizar China o el suereste asiático, sólo cabe apelar al éxito de los liquidadores del modelo. Los que han conseguido achinar Europa.

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4 comentarios en “Fin del sueño europeo: crónica de un ajuste de cuentas

  1. El contrapeso o la alternativa siempre es buena, incluso hasta la tercera vía de la que se postulaba como padre Toni Blair. Al menos era alternativa.
    Ahora mismo no hay nada que se oponga a las leyes salvajes del capitalismo y sus ideólogos están campando a sus anchas. El comunismo ha sido vencido y el pacto socialdemócrata con los democristianos no hace falta, manda poderoso caballero Don Dinero.
    Pobre Europa burrócrata, paraíso de esos otros dinosaurios que se procuran unas vacaciones perpétuas y les suda los derechos de los otros ciudadanos, los mayoritarios. Cuanto arroz tres delicias nos espera…

  2. Gracias, Jesús, por compartir tus reflexiones e ilustrarnos con tu artículo. Sólo quería añadir un par de comentarios. En 1989, recién caído el muro de Berlín y aprovechando la euforia «libertadora» instalada en medio mundo por este hecho, los firmantes del Consenso de Washington (el de las políticas neoliberales) impulsaron y ratificaron lejos de la atención mediática el Consenso de Bruselas, cuyas consecuencias son esta Europa depredadora y antidemocrática (nada vinculante se vota mediante escrutinio ciudadano en la UE). Durante todos estos años, y a excepción de esos comunistas y ecologistas radicales y antisistema que se nos pintaron, ningún a fuerza política en este continente ha alzado su voz contra este secuestro troyano.

    En segundo lugar, creo que tanto el crecimiento keynesiano como el expolio neoliberal (austeridad) están superados. La única vía realista y sostenible es el decrecimiento, aunque no nos guste. Ah: y la participación política desde cero, desde la ciudadanía, en el barrio, en el colegio. Podremos esperar que pase el terremoto económico… pero el mundo ya será el mismo.

  3. Gracias por vuestros comentarios,.
    A Elcaji, coincido contigo en la valoración de la tercera vía. Giddens deja entrever cierta resignación en sus escritos, tal vez porque él mismo percibe el camino de renuncias que implica su opción como única alternativa. Con todos sus defectos, fue un intento por actualizar un discurso alternativo a la hoja de ruta que trazaron Thatcher y Reagan, aún asumiendo que el neoliberalismo ya había consolidado un suelo de poder contra el que era difícil luchar. Y en cuanto a Europa como idea…no sólo hubo liquidadores económicos, empeñados en sacar el euro adelante sin haber implantado una unión económica y monetaria óptima antes. Hubo liquidadores políticos trabajando desde dentro, empeñados en mantener cuotas de poder a cualquier precio desde ópticas puramente nacionales, como Aznar en el Tratado de Niza. Demasiado ego nacional en un gallinero en el que se termina por olvidar la verdadera razón de ser de Europa: el mantenimiento de la paz en el continente. Pronto se olvidan las lecciones de la historia….

  4. Jose Luis, sinceramente, ya era hora de que se transfiriese riqueza al segundo y al tercer mundo, como nominalmente se está produciendo. Y digo nominalmente, porque en esos países crece al mismo ritmo el volumen neto de riqueza y el índice de desigualdad. Lo que lleva a pensar que esa redistribución global de rentas no se reparte por igual. Era algo esperado y conocido. Pero no por ello igual de deprimente, porque nos lleva a pensar quién pagará el pato en Brasil, Argentina o Perú de un futuro pinchazo de la economía, cuando el mercado de materias primas se desplome o se ralenticen los índices de crecimiento. Los fondos buitre, que están alimentando esas burbujas como ya alimentaron la nuestra, se irán a otra parte, para devorar otro país que ofrezca altas rentabilidades, quizá en Africa. Y los pobres -ahora menos pobres- volverán a serlo. Los que se han enriquecido tendrán, como siempre, los réditos a cubierto en otros lugares.
    La cuestión es ¿es justo que exista una transferencia de renta de Europa a esos países? francamente creo que sí, y se me ocurren mil razones apelando a la historia del siglo XX. De hecho no dejo de pensar que, desde el punto de vista histórico, el último medio siglo de poder occidental se ha basado en la administración de los vestigios del colonialismo. Hubo descolonización política en los 60 y los 70. Y ahora estamos viviendo la descolonización económica.
    Pero, igualmente, pienso, en quién se beneficia del hecho de que el modelo europeo se venga abajo. Los superavit fiscales que están recogiendo los países emergentes no se destinen a reforzar los mecanismos estatales de previsión social, porque esa idea remite a un modelo fallido: el europeo. Se están destinando a construir oligarquías poderosas, principalmente en Sudamérica.

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