Gabinete de crisis: Hay que matar al perro…

Había que matar al perro.

Al final de toda la historia, ni la peluquera que depiló a la enfermera, ni los sanitarios que llevaron a cabo el traslado, ni el médico que la trató, ni el marido, ni el hermano, ni ningún otro de los sujetos de riesgo tenía el ébola.

Pero había que matar al perro.

Uno se imagina los gabinetes de crisis a partir de lo que ha visto en el cine. Sesudos expertos analizando variables, exponiendo protocolos de actuación y sopesando decisiones urgentes para que los responsables de tomarlas lo hagan teniendo en cuenta todos los condicionantes. Me vienen a la cabeza «Trece días» sobre la crisis de los misiles en Cuba, como muestra representativa de un subgénero que Hollywood ha cultivado hasta la extenuación, en el que sabios en cada disciplina se estrujan el cerebro para ofrecer una salida a la crisis.

Pero si me pongo a pensar en términos patrios, en mi España querida, sólo atino a dibujar a los personajes de Mortadelo y Filemón, con el doctor Bacterio como autoridad científica y el Súper como enlace del gobierno.

Así me cuadra que sólo en nuestro país determinadas crisis como la del Prestige o el Ebola, tuvieran cabida frases como «propongo que la Armada bombardee el barco» -Trillo dixit- o «llevároslo al quinto pino» -no me acuerdo ahora del lumbrera, aunque me cuadra Cascos.

Viendo al consejero de sanidad de la comunidad de Madrid, no me extraña que la primera decisión del gabinete de crisis fuera algo parecido a un «hay que matar al perro echando ostias». Nada de sesudos análisis, interés científico en el mantenimiento con vida del animal o los efectos psicológicos sobre una paciente a la que encima se la considera una estúpida por recibir el contagio.

Había que matar al perro.

Así se solucionan las crisis en esta España de Mortadelo y Filemón, gobernada por el refranero que tanto ilumina los sesos de sabios de ripios y prudencia baturra. Porque muerto el perro se acabó la rabia.

Y si pongo el grito en el cielo por la muerte del animal, soy un animalista de pacotilla o un radical ecologeta que vomita su ira por la muerte de un chucho en lugar de preocuparme por el sufrimiento de seres humanos en la martirizada Africa. Porque ese es el razonamiento que se ha hecho fuerte con el paso de los días. Me importa Excalibur, ergo no me importan los seres humanos en Africa.

Y había que matar al perro.

Mataron al perro, enterraron miles de vacas en fosas abiertas a toda leche, contaminando un par de ríos gallegos cuando la crisis de las vacas locas. Remolcaron el puto barco hasta un punto en el que su hundimiento propagó todavía más los efectos del vertido sobre media costa gallega. El gabinete de crisis en España es lo que tiene. Tenemos que sobreactuar cuando la porquería ya está en la puerta, para lavar los errores cometidos en la fase inicial, cuando la crisis era evitable. Una suerte de reacción tremendista, exagerada, repleta de falsa hiperactividad para vestir de dramatismo la toma de medidas drásticas, duras, tajantes y dolorosas.

Y había que matar al perro.

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