La nieve caía sin pausa en aquél frío febrero de 1948 en la Plaza Vieja de Praga. Desde un balcón abierto, el entonces Primer Ministro comunista Klement Gottwald, se dirigía a una muchedumbre entusiasta.

Eran los días de vino y rosas para el comunismo en Europa Central, donde el Ejército Rojo había arrollado a los nazis en su huida desesperada hacia Berlín. Sobre ese recuerdo, y sobre el dominio de la calle en mitad del caos y los escombros, los comunistas checoslovacos son la primera fuerza en un gobierno de concentración presidido por el viejo Benes.

Junto a Gottwald, que con actos como el de ese febrero está lanzando su campaña para instaurar un régimen estalinista de partido único, se encuentra el veterano camarada Clementis. Un servicial funcionario de partido, compañero de mil batallas en el exilio y ahora en las tareas de la purga de los elementos no comunistas de la policía.

Justo antes de que Gottwald se dirija a la masa congregada, Clementis, siempre atento y servicial, se percata de que el líder no viste gorro de piel para proteger su prominente calvicie del frío de aquél febrero en Praga.

Clementis se quita el suyo y, presto como siempre, lo calza en el cabezón del agradecido Gottwald.

La fotografía del evento se convierte en el icono de aquélla revolución de postguerra. El nuevo líder, el enviado de Stalin en Checoslovaquia, alumbrando con sus palabras el estado que se vislumbra desde una balconada atestada de micrófonos. A su lado, a un metro, el servicial Clementis, que calza gorro convencional, suyo, prestado o intercambiado con el del viejo líder, con la cabeza ahora bien cubierta contra el frío.

Todo esto lo cuenta muy bien Milan Kundera en su Libro de la risa y el olvido. Lo del gorro de Clementis, y lo de su caída en desgracia también. A Clementis la suerte le es adversa cuando pierde el favor del aparato y, a resultas, termina con una soga al cuello en la misma Praga en la que compartió la gloria del ascenso de quien ahora es su verdugo.

Cuenta la historia que a Gottwald le persiguió para el resto de su existencia -que fue breve, por cierto- la imagen de aquélla fotografía en la que el ahora traidor compartía escenario con él mismo. Por eso decidió sumar su nombre al de otros veteranos manipuladores del retoque fotográfico, y eliminó de la instantánea al pobre Clementis, de quien sólo quedó el gorro maldito en la nueva imagen icónica.

Decía Mark Twain que la historia no se repite, pero que rima.

Hoy la rima entre la historia de Gotwald-Puigdemont y Clementis-Santi Vila es más que un recordatorio de que todo está inventado en este show bussines de la política.

Con la salvedad de que a los autores del retoque fotográfico de los años cuarenta no se les puede juzgar con la misma severidad que a los de la chapuza de la fotografía de las piernas cortadas del consejero traidor Vila.

Las piernas cortadas de Santi Vila son el eco póstumo, la leyenda negra de todos los traidores de todos los tiempos.

La venganza de ultratumba de un instante congelado en el tiempo, de una memoria incómoda reciente que algún idiota olvidó liquidar con la diligencia y los métodos que el arte del retoque fotográfico ofrece en esto tiempos, a diferencia de las rudimentarias herramientas con las que sus predecesores en tiempos de Stalin tuvieron que trabajar.

A Gottwald, que también se creyó hombre digno de ser embalsamado, quisieron perpetuarlo en el tiempo con dicha técnica mortuoria, a imagen y semejanza de otros gigantes del santoral laico revolucionario.

Y como la muerte le llegó un año y pico después de poner la soga alrededor del cuello de Clementis, pronto se presentó la oportunidad para que se cumpliera su voluntad.

Justicia divina o nueva rima paródica de la historia a lo Mark Twain, los encargados de llevar a cabo el proceso vieron como la momia del viejo líder se iba pudriendo a poco de terminar su faena, como se pudría un régimen preso de mil contradicciones y sólo sostenido por la violencia de los tanques soviéticos.

En 1962, ya con el estalinismo de capa caída, los nuevos responsables de la custodia de los augustos restos dieron su visto bueno para la incineración de lo que quedaba de aquél monstruo.

El gorro de Clementis y las piernas de Santi Vila nos reconcilian con las miserias de la condición humana. Y recuerdan que la fortuna cambiante, esconde giros macabros e inesperados que ningún guionista del absurdo se atrevería a plasmar por escrito.

Puede que Roma no pague traidores. Pero los traidores se toman cumplida venganza cuando su memoria incómoda, la memoria incomoda de lo que fueron, se resiste a morir bajo el trazo de la burda manipulación a beneficio de inventario.

 

 

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