GRECIA Y LA TIRANÍA QUE YA NO VISTE CAMISAS PARDAS

GREECEHace bastantes años vi una película protagonizada por el gran Anthony Hopkins llamada “Lo que queda del día“. En ella, el genial actor galés interpreta al mayordomo jefe Stevenson, sirviente en la mansión propiedad de Lord Darlington, un aristócrata inglés que mantiene cordiales relaciones con élites afines a la por entonces, todavía no demasiado bestializada Alemania del canciller Hitler. Son los años 30, la década del appeasement, cuando una Inglaterra que todavía se lame las heridas de su casi millón de muertos en la carnicería de la Primera Guerra Mundial se niega a ver la amenaza que las nuevas autoridades alemanas extienden sobre el continente.

Hay una escena en la película que me marcó profundamente. Y aunque adjunto aquí el enlace a youtube en inglés, la relataré brevemente.

En la escena en cuestión Stevenson, el siempre solícito y cumplidor sirviente, participa a requerimiento de Lord Darlington en un breve interrogatorio instigado por dos de sus contertulios en la sala en la que los caballeros solían retirarse tras la cena para disfrutar del placer de los habanos y el alcohol.

Uno de los caballeros inquiere a Stevenson acerca de cuestiones de deuda y patrón oro, fluctuación de divisas o tensiones políticas en el gobierno francés de Daladier, en tres largas preguntas a las que el impávido y siempre correcto profesional mayordomo responde del mismo modo: lo siento señor, pero me temo que no soy capaz de ofrecerle ninguna respuesta en este asunto, asumiendo una lógica ignorancia, común a la mayoría de los mortales ante tan complejas cuestiones.

Ante la incapacidad de Stevenson, el caballero que pregunta expone satisfecho ante sus contertulios la evidencia. así acreditada. de que la democracia consiste en poner en manos de hombre vulgares como el ignorante mayordomo cuestiones para las que no tienen ninguna respuesta porque pertenecen, digámoslo así, a una casta inferior.

La maestría del diálogo no radica, a mi modo de ver, en la terrible sacralización del autoritarismo que entraña, sino en la aceptación dócil del mayordomo de su condición servil, que le obliga a encajar con naturalidad una insultante posición de inferioridad intelectual y humana, preludio de lo que traerían el nazismo, el fascismo y el comunismo soviético, con su retórica de élites gobernantes y pueblo, identificado como ganado para la guerra o para los planes quinquenales.

Estos días me he acordado mucho de la escena a cuenta de lo que se avecina en Grecia.

Aunque los desmentidos se hayan ido abriendo paso, queda un inquietante poso en la secuencia reciente de declaraciones que parecen conducir a las elecciones que pueden encumbrar a Syriza, el partido de Tsipras que plantea auditar la deuda como paso previo a una inevitable quita de la misma.

Esta vez, las élites son alemanas o de otros muchos rincones de la Europa convencional, lobotomizada por el pensamiento único que consagra la austeridad como coartada para desmantelar un estado del bienestar al que se le tenían ganas desde hace mucho tiempo. Se permiten el lujo de advertir y coaccionar con amenazas directas a los ciudadanos que van a ejercer el voto, con escenarios apocalípticos para el día después de unas elecciones que pueden resultar traumáticas para la frágil tregua que vive la eurozona.

Pero esta vez, el mayordomo Stevenson -los griegos- puede que no agachen la cabeza y giren sobre sus talones, serviles ante la constatación sumisa de su debilidad,  y asuman los riesgos del salto al vacío. Puede que perciban ese salto como un mal menor, habida cuenta de que tras años de caída libre, no puede haber un abismo mucho peor del que ya han vivido. En otras palabras, la cercanía al fondo de tal abismo elimina el factor del miedo.

Lo inquietante de la escena con la que arranca este post, radica en la lógica aparentemente racional de los caballeros que apuran sus habanos mientras hablan de los destinos de un mundo que se niegan a entregar a una masa de pobres hombres desprovistos de su luminosa sabiduría.

Y es que, para que muera la democracia, no se precisa de un caudillo de verborrea enfurecida, y ridículo bigotillo que encienda a las masas con retórica de odio antijudío y sueños de lebensraum en Europa Oriental. La tiranía ya no viste camisas pardas ni luce esvástica. Se pasea con elegantes trajes en la City o los pasillos del BCE y no se corta a la hora de amenazar con desatar el infierno si los griegos, pobres ilusos, se atreven a votar en libertad. La tiranía ya no niega el derecho al voto. Utiliza la coacción y el chantaje, que es más refinado pero igualmente brutal.

Saben que si un individuo le debe al banco 100.000 euros que no puede devolver, el individuo tiene el problema. Pero si diez millones deben al mismo banco 100.000 euros por barba al mismo banco, es el banco quien tiene el problema.

Son ellos los que tienen el problema. Y por eso reaccionan como lo hacen. Con pavor al hombre corriente que, como el pobre Stevenson en la película, se ha cansado de girar sobre sus talones con una obsequiosa reverencia.

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