Hacerse el sueco en Siria

Cuando Obama amagó con la intervención en Siria a cuenta del uso –no aclarado- de armas químicas en la guerra civil que sufre ese país, toda Europa sufrío un deja vu que trajo a la memoria el desastre iraquí, el Vietnam de nuestra generación. Y como el peso del recuerdo es todavía vergonzante para casi todas las cancillerías del viejo continente, y no hay –ni habrá- voluntad de construir una auténtica política exterior europea que hable con una sola y firme voz en todo el planeta, quien más quien menos decidió apartarse de la senda que exploraban los americanos, a cuenta de drones y portaaviones para no añadir más sal a la herida del recuerdo de lo que pasó en Irak.

Finiquitada la crisis, con la hábil maniobra de Bashar Al Assad –Puttin mediante-  el foco parecía centrarse allá donde se suele sentir más comoda la política europea. Donde no hay amenaza de intervención armada con coste político en clave nacional y entra en juego la política paliativa de atención a refugiados y solución de una catástrofe humanitaria que desaparece de las portadas pero que sigue existiendo a las puertas del viejo continente.

Y es ahí donde el populismo de la extrema derecha europea pone de rodillas a gobiernos acosados por los estudios de opinión y las tendencias sociológicas que los opinadores detectan en sus sondeos. No está en el gobierno ni lo necesitan, porque condicionan gobiernos, como está ocurriendo en Gran Bretaña, donde el líder de un partido marginal, el UKIP de Nigel Farage, le dicta la agenda a Cameron. Incluso en Francia, donde Marine Le Pen exhibe poder con la sola expectativa del sorpasso electoral en las próximas europeas. Lo bastante como para que el nuevo ministro del Interior, el socialista Manuel Valls, de ascendencia catalana, envaine los principios que hacen reconocible a su formación política y juegue a líder políticamente incorrecto. Ojo a este nuevo aprendiz de Sarkozy. Sigue sus pasos de forma mimética, me temo. Y exhibe idénticos modos y ambiciones.

Europa no está ni se la espera en la catástrofe humanitaria siria. Si acaso, para enviar más ayuda material, más con la esperanza de mantener lejos el problema, como si pensara estúpidamente que dos millones de desplazados no son una fuerza lo bastante peligrosa como para desestabilizar a actores muy sensibles en la región como Turquía y Jordania, receptores de esa marea.

Así se alimenta la política exterior europea. Miopía en el largo plazo, incapacidad para tomar decisiones estructurales y alimentando las crisis del mañana para evitar los  inconvenientes del presente. Es el cortoplacismo del mal gobernante. El que teme el efecto de según qué decisiones en el ámbito doméstico y engorda el problema para que nos estalle en la cara en un futuro no muy lejano. Al tiempo.

El único hilo de esperanza que asoma en medio de tanta cobardía, de tanta ceguera y de tanta retórica humanitaria vacía de contenido real, es el ejemplo sueco. Suecia se rebela contra el guión establecido y alimenta su leyenda, incluso con un gobierno conservador al frente, lo que revela la fortaleza de un patriotismo constitucional profundamente asentado en las raíces de su democracia. La decisión de conceder la residencia permamente a miles de refugiados sirios es una bofetada de dignidad hacia el resto de socios europeos, ensimismados en la inacción y la desidia cuando una crisis humana como la que vive aquél país desaparece de las portadas.

Más de dos millones de sirios están fuera de su país. Y Europa, ese paraíso de paz que juega a ser guía espiritual de occidente, asume desde su superioridad moral, una cuota de 30.000 refugiados, en sus “cuotas de reasentamiento y admisión humanitaria”, tal como titula la jerga burocrática. A España, verbigracia del gobierno más miope de todos, le corresponden 30 sirios. Nuestra buena acción del año que, seguramente, será cubierta por Toñi Moreno y su penoso espacio de caridad televisiva.

Esta navidad siente a treinta  pobres a su mesa. Y si son sirios mejor.

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