III República. Manual de uso contra nostálgicos

En España República era sinónimo de Revolución.

La frase es de Gerald Brennan, un aventurero romántico inglés, preludio beatnik de los años 20 del siglo pasado, que se perdió en la Alpujarra granadina entre los convulsos años de la dictadura de Primo de Rivera y la llegada de la II República.

4521970014_5cc900d7f8Ser republicano en España significaba luchar contra las viejas estructuras políticas heredadas de una monarquía putrefacta. Era la perfecta síntesis del combate entre innovación y tradición. En este relato, la guerra civil hace cristalizar un territorio mítico para la izquierda, repleto de simbolismo y transformador del sentido conceptual del término República.

Tan es así, que en el enjuague dialéctico promovido por el franquismo y sus arquitectos legales, a la hora de poner nombre a la forma política de aquél régimen que se perpetuó durante cuarenta años, se inventó aquello de “estado español”, como un eufemismo con el que se articulaba una categoría distinta a la que ya era norma en nuestro entorno.

Y es que en  el resto del mundo, la categorización lógica se simplificaba de forma clásica: monarquía o república. Un país podía ser lo uno o lo otro, aunque luego se apellidase como monarquía parlamentaria, monarquía autoritaria, monarquía constitucional, república presidencialista, república popular, república unipartidista, etc.

De resultas que aquélla formulación original franquista de “Estado español” innovaba de forma curiosa y un tanto burda en la nomenclatura de los sistemas políticos, aun cuando el régimen, en un alarde de inventiva, definiese al país como “Reino de España”. Un reino sin rey, con dictador omnipotente y sistema de partido único. Todo menos definir el país como una república –si quiera autoritaria- y sí como reino aunque nadie tuviese claro en la primera mitad del franquismo si a Franco lo iba a suceder algún miembro de la Casa de Borbón a título de rey, como terminó sucediendo.

Con el paso de los años, los conceptos pueden adquirir vida propia, mutar o adaptarse, vaciándose de su significación originaria o llenándose con nuevas acepciones que amplían su sentido o lo limitan, según sea el tono con el que se interpretan en un  momento dado.

Y en este ámbito, resulta  revelador lo que ocurre con el concepto República en España. Ya sea por las connotaciones del pasado o por el carácter irredento con el que quienes la reivindican apelan, de forma nostálgica, a los sueños del 14 de abril de 1931, lo cierto es que la monarquía parlamentaria ha sorteado el sacrílego debate sobre el sistema político imperante en España con mucho éxito hasta la fecha.

Se ha dicho que en España el juancarlismo es más importante que el sentimiento monárquico. Que el rey se ganó el trono, entre otros hitos, por su actitud en el 23-F, glorificada con el paso de los años en cada efeméride hasta construir el relato del triunfo de una tercera España, la que se construyó por encima de las dos Españas del 36,  que desangraron en el campo de batalla medio siglo atrás.

Por extensión, la identificación entre república e izquierda constituye una garantía para el sistema monárquico en España, en tanto que la misma permite mantener un apoyo fijo y estable, que se sustancia en, al menos, la otra mitad del país de ideología conservadora. Y ese es un suelo muy sólido, reforzado coyunturalmente por una izquierda tradicionalmente agradecida al papel de Juan Carlos I en la Transición.

¿por qué es tan difícil encontrar en España a alguien que se defina como conservador y republicano? La respuesta se hallaría, obviamente, en el recuerdo de un pasado de bandera tricolor, himno de Riego y glorificación de los que lucharon contra mi abuelo o directamente lo mataron en el pueblo, simplemente por ser de derechas, que dirán algunos. Si de verdad encontrásemos a alguien que se definiese abiertamente como republicano y del PP, casi podríamos definirlo como una anomalía, como un freak de la política.

Por eso me cuesta tanto creer que los escándalos que la monarquía está viviendo, Urdangarín y Corinna mediante, supongan una amenaza real para el sistema monárquico. Por mucho que los sondeos ahonden en la pérdida de confianza ciudadana en una institución hasta hace poco intocable, inatacable e incuestionable. Por mucho que las evidencias revelen corruptelas y corrupciones escandalosas en la corte y aledaños. Por mucho que la imagen de un monarca campechano y cercano, se resquebraje cuando las leyendas urbanas sobre su ejemplaridad íntima se convierten en una sorprendente realidad, tejida en cacerías de elefantes gestionadas por princesas consortes alemanas.

El republicanismo en España sólo será una opción real si los republicanos, a la hora de definirse, comienzan a apelar a otro imaginario. Un imaginario ideológicamente integrador superador de la tricolor, del himno de Riego y de las canciones populares del Quinto Regimiento en la batalla del Ebro. Un imaginario que esté más próximo al republicanismo cívico y que, en lugar de mirar con nostalgia al pasado, a Manuel Azaña o Indalecio Prieto, lo haga con pragmatismo al futuro, pensando en Francia, en Alemania o en Estados Unidos como repúblicas en las que el jefe de estado lo es por elección y no hay espacios de opacidad y ausencia de controles políticos o de fiscalización económica,  como los inherentes a toda monarquía.

Un imaginario, en fin, en el que la izquierda despatrimonialice la idea de República como algo que le pertenece en exclusiva.

Como epílogo, y para despejar equívocos.

Quien esto firma se declara admirador profundo de Manuel Azaña; firme defensor de la legalidad y el legado moral del 31; y socialista y demócrata a fuerza de republicano.

Nacido, por cierto, el primer 14 de abril después de la muerte de Franco.

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