Jorge Fernández Díaz

A Jorge Fernández Díaz, ministro del Interior del Gobierno de España, lo nombraron secretario de estado de educación, universidades e investigación y desarrollo allá por 1999. Por aquéllos días, a Fernández Díaz la luz de la religiosidad le terminó por entrar a borbotones, después de un lento proceso iniciado, según relata él mismo, en el curso de un viaje oficial a Las Vegas seis años antes. Paradoja española donde las haya, entregar la innovación tecnológica y la universidad a quien consultaba con los ángeles sus decisiones.

Los caminos del señor son insondables. Pero no me negarán que encontrar la inspiración en la capital universal del pecado tiene la grandiosidad épica que el personaje merece.Ya se sabe; donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Romanos, 5:20.

Así fue como el hoy Ministro del Interior empezó su viaje interior de fe y conversión de la mano de vírgenes y santos a los que condecorar a cuenta del aconfesional erario público. La fe y la corona juntas de verdad, como en los viejos tiempos. Y sin andrajos comunistoides, como los que luce el septón de Juego de Tronos.

Fernández Díaz es hijo de militar. Nihil obstat, para un servidor, que siempre censuró la acusación de sospechosos habituales que la izquierda extiende sobre el colectivo. Pero fuera o no por tal raigambre, a Fernández Díaz se le ocurrió conceder la máxima condecoración militar española, la Laureada, al Regimiento de Caballería de Cazadores de Alcántara. Un reconocimiento póstumo, con 90 años de retraso, a la unidad que se sacrificó en el Desastre de Annual.

Tengo para mí, no obstante, que Fernández Díaz, de haber sido hombre de cámara en aquéllos tiempos, con mando en plaza equivalente al que hoy ostenta en la corte de Rajoy, hubiera sido uno de tantos figurantes de opereta de la corte de Alfonso XIII, esa desgracia de rey que encorajinó a militares de parada y atributos a desplegar a una tropa mal armada y desnutrida en un infierno.

Aquélla condecoración póstuma, dice más de Fernández Díaz que todas las revelaciones –no por reveladas ahora menos esperadas en este ministro- que describen a un  hurdidor de tramas con fines electorales, y utilizando los resortes del estado para tal fin.

Imagino al Jorge Fernández Díaz de turno -siempre ha habido un Fernández Díaz en la historia de España- en la calina castellana de julio de 1921, acompañando en su calidad de ministro a su majestad, Alfonso XIII, de camino al entierro de los restos del Cid Campeador, que aquélla misma mañana de julio iban a encontrar descanso eterno en la catedral de Burgos.

Nada se escatimó en la parada, cuentan las crónicas.

Aviones recién comprados haciendo pasadas sobre la muchedumbre, y tropas a mansalva derrochando empaque en el desfile, refulgentes los petos plateados de la caballería de postín reunida para honrar la memoria del epítome de la españolidad, cuyos huesos decían haberse encontrado en Valencia.

A la misma hora en que el rey honraba los restos de un Cid inventado, los españoles de Annual resistían el asedio de los moros, bebiendo sus orines y cavando agujeros en la tierra ardiente del Rif para refrescar sus cuerpos lacerados por el sol impenitente. No hay agua para la soldadesca palurda,  que va a dejarse los hígados en aquélla tierra. Ni aviones que les ayuden. Están todos en Burgos, haciendo pasadas para el sepelio del Cid y deleite del monarca.

Siempre ha habido Jorges Fernández Díaz en la historia de España. Esa caterva de figurantes de postín, gentilhombres del poder que, cuando el polvo de la historia se asienta, sacan pecho y tiran de condecoraciones con la prodigalidad del heraldo que viene a contarnos al resto las historias de heroísmo que creen que no conocemos. Y que sólo rescatan del olvido espíritus como el suyo, que con tanto empeño conceden laureadas póstumas sobre el pecho de los muertos del pueblo.

A la diestra del monarca, cuando un edecán le comunica las primeras noticias del desastre africano, el Fernández Díaz de 1921 reacciona igual que lo haría el de 2016. Convoca a sus lacayos más cercanos. Hay que sumergirse entre la mierda y retozar en el lodazal para fabricar un enemigo al que culpar. Capear el temporal, limpiar de toda tacha la capa de su majestad, tan pródigo en telegramas a los generales exaltando sus cojones; borrar la huella de la incompetencia; si preciso fuere, buscar entre los enemigos de España, masones, sindios y separatistas, para cargarles la culpa y la osamenta de 13.000 miserables que van a morir.

Casi un siglo más tarde, otro Jorge Fernández Díaz, uno de los espíritus ubicuos que se repiten en la historia de España, orquesta parecidas maniobras en despachos sombríos en los que urdir tramas, fabricar investigaciones y montar operaciones negras. Otra vez los separatistas, los sindios, los masones del rojerío.

Siempre hay un Jorge Fernández Díaz en las entrañas de palacio. Intemporal, etéreo, eterno. El de 2040, se está terminando de pulir a estas horas, en las aulas de una universidad madrileña de postín. Católica y privada, de las que se pagan al precio que Dios manda. Será el guardián de la españolidad del futuro y adornará sus desvelos organizando paradas para honrar muestras de españolía. Colgará sus estancias de pendones de la memoria imperial y no tendrá empaque en proteger a héroes del deporte que representan esa España, aun cuando sus conductas en el ámbito privado sean más que dudosas para tal fin.

Son los paladines de la España eterna y unida. Los depositarios de las esencias que al resto nos son negadas. Los mismos que, con sus actos, terminan por levantar una España mínima y desunida.

Un regalo para el independentismo, en este caso catalán, que me hace gritar, a mí  misma, pobre España, no me quieras tanto, Jorge. Que de tanto quererme me pudres con las vilezas que salen de tus cloacas infectas, y me regalas para despiece de quienes invocan tu nombre para envenenar mis sueños.

 

Facebook Comments

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.