JUAN NEGRIN Y UNA LÁPIDA SIN NOMBRE

Cuando supo que la muerte estaba cerca, Juan Negrín López dispuso cómo tenía que ser su lápida. Ningún epitafio, ni distintivo alguno de sus glorias y honores debía mancillar el granito gris de la piedra desnuda, funcionarial, en la que sólo quedaría tallado el relieve de sus iniciales, J.N.L.

Por contraste, el hombre al que combatió con más empeño, un perjuro general africanista, se hizo levantar un mastodóntico mausoleo en el valle de Cuelgamuros, en el que se dejaron las tripas varios millares de presos republicanos purgando así la derrota en el 39.

A Negrín, un socialista por el que quien escribe estas letras tiene particular aprecio, nos lo mataron en vida y en la memoria.

Dos veces, como poco, por falta de una. Y alguna más, teniendo en cuenta el brío con los que los revisionistas de la porquería se han entregado a la causa de escupir mentiras sobre su figura.

A Juan Negrín nos lo mataron dos veces. Una, en el exilio, bajo una lápida sin nombre en Pere Lachaise. Y otra en la memoria, cuando una coalición imposible acordó en la distancia atribuirle todos los males, todas las miseras, toda la culpa.

 

Aún recuerdo a mi abuelo, apoyado su mentón sobre la garrota, recitar el ripio aquél de «Viva Franco que nos da pan blanco; muera Negrín que nos da pan de serrín». Y eso que mi abuelo había combatido en el bando republicano, lo que da idea de cómo se entregaron las autoridades de la nueva España a la bestialización de quien había encarnado la resistencia a ultranza de una República derrotada.

Si me viene a la memoria estos días la figura de Juan Negrín es porque, como socialista,  tuvo que enfrentarse a dilemas morales que trascendían una triple lealtad.

A su partido, a España y  a sí mismo.

Salvando las distancias con el tiempo presente, en el que el PSOE se encuentra en su peor momento desde la restauración de la democracia hace cuatro décadas, hay un cierto paralelismo entre la situación a la que se enfrentaba el entonces jefe del gobierno de la República y el dilema moral de facilitar, previa abstención, la investidura de Mariano Rajoy para un nuevo mandato después de los fiascos electorales de 2016.

Con todas las distancias y precauciones, insisto.

La figura de Negrín fue lo más parecido que encontró el franquismo y buena parte de la oposición republicana en el exilio -incluido el PSOE- como elemento de consenso. La demonización del líder entregado a los comunistas, que prolongó inutilmente la guerra y que lo sacrificó todo con tal de preservar y acrecentar su poder, constituye un punto de acuerdo entre extremos que no tienen parangón en la historia de ese periodo convulso de España.

Negrín era para los franquistas la maldad absoluta. El hombre que había entregado el país, con su oro y su alma, a la Rusia de Stalin. Un monstruo corrupto cargado de vicios, sexualmente abyecto, glotón y bon vivant. La anti-España.

Para los socialistas que reconstruyen el partido en el exilio, es un traidor ideológicamente desnortado y carente de principios.

Alguien que evoluciona desde el socialismo burgués, moderado, centrista y constitucionalista hacia el comunismo revolucionario y el sometimiento a la URSS. Todo con tal de mantener el poder, incluida la política de resistencia a ultranza sabiendo que la guerra está perdida, hasta hacerle directamente responsable de al menos un año más de lucha y sufrimiento inútil.

Hay, pues, un insólito consenso transversal entre el franquismo y la izquierda del establishment en el exilio.

Las razones de los primeros son comprensibles.

Las de los segundos, tienen más que ver con la construcción de un relato autoexculpatorio, habida cuenta de responsabilidad involuntaria en la conclusión atropellada de la guerra, que convirtió la zona centro republicana en una inmensa ratonera de la que no pudieron escapar cientos de miles de represaliados por Franco.

No cabe cuestionar la altura moral de Julián Besteiro, sino el hecho de que estuviera o no equivocado en cuanto a la faz de la Nueva España. Y lo cierto es que estaba profundamente equivocado.

Ese relato ensalza la figura de Julian Besteiro y de otros socialistas moderados que anteponen el bien de España sobre el del partido y el suyo propio. Ciertamente Besteiro, un socialista de inmensa talla moral, pagó con su vida en la cárcel su temple coherente, que le impedía abandonar el país para salvar el pellejo.

No es, sin embargo, su talla moral lo que cabe censurar.

Sino el hecho de que estuviese profundamente equivocado en cuanto a lo que la España de los vencedores representaba.

Aunque nos  resulte difícil de entender, a Besteiro lo convencieron de que la guerra se iba a liquidar con algo muy parecido al Abrazo de Vergara. Una paz entre militares, libre el país de elementos extranjeros -los comunistas- y del pérfido responsable de la política estéril de resistencia a ultranza; Negrín, quien extendía la guerra perdida sólo para ocupar el poder.

Besteiro llegó a pensar que a la vuelta de unos pocos años, las fuerzas moderadas de la extinta monarquía alfonsina retomarían el control para reeditar una democracia limitada, con una cierta tolerancia sindical -restringida a la UGT- inspirado este escenario en el modelo británico por el que el viejo profesor tanta devoción sentía.

A Negrín, este relato le resultaba increíble, como la historia posterior se encargaría de corroborar. Alguien como él, brillante hombre de ciencia, con experiencia internacional en la política, la docencia y la investigación, que habla diez idiomas y que instruye a futuros premios nobel como Severo Ochoa y algún otro, que ha lidiado con las peores crisis del caótico bando republicano y levantado un ejército popular de la nada miliciana, podrá ser acusado de cualquier cosa, excepto de no tener una probada capacidad analítica.

No es un político propenso al autoengaño y la melancolía, sino un analista frío y radical.

Es un científico.

Sabe mejor que nadie que la República no puede ganar en el campo de batalla. Pero insiste en la idea de que la guerra civil en España no es sino el eslabón primigenio de un conflicto global que está a punto de estallar. No es un traidor entregado a los soviéticos, dispuesto a entregar España a los juegos geopolíticos de Stalin con Hitler.

Intuye la tempestad que se cierne en el continente y quiere ganar tiempo como sea.

Si para ello tiene que jugar la baza comunista, porque es la única vía abierta para conseguir armas, no hay mayor sacrificio para un liberal como él, que es un socialdemócrata cuando todavía no existe la socialdemocracia, devoto de las garantías constitucionales y el derecho a que lo que haya de ser España lo decidan los españoles con su voto.

Sabe igualmente, en contraste con lo que Besteiro quiere creer, que la España que Franco pretende no se consigue con un armisticio y una reconciliación, sino con la rendición incondicional que implica la venganza y los fusilamientos en masa.

El golpe de Casado, que puso fin a la guerra y liquidó a Negrín, se urdió con los mimbres de un cesto lleno de manzanas podridas. Y el precio que se pagó por ello por ello fueron más de 50.000 fusilados en la inmediata posguerra y la cárcel y una prolongada muerte civil para muchos miles más.

Por eso todo lo fiaba Negrín a una retirada escalonada, lo más lenta posible y prolongada hacia la costa, donde la flota republicana de guerra era una baza esencial en la evacuación de los elementos más expuestos, los que iban a sufrir la ira de un vencedor que no iba a repartir abrazos de Vergara sino fusilamientos a mansalva.

Cuántos miles más hubieran podido escapar. Pero hasta la flota participó del espíritu casadista y privó a esa masa de la última esperanza con su huida cobarde hacia Argel. Con ello ya no hubo más milagro que el Stanbrook.

La construcción de un relato culpabilizador contra Negrín duró más de medio siglo.

Hoy, con el PSOE viviendo su peor momento en cuarenta años, conviene recordar las lecciones del pasado y rebajar el tono del debate interno

 

No fue hasta el año 2009 cuando el secretario general del que siempre fue su partido, José Luis Rodríguez Zapatero, devolvió el carnet de militante al último jefe de gobierno de la democracia en España antes del actual periodo constitucional del 78 por manos de su nieta.
Una militancia de la que había sido privado cuando sus antiguos enemigos, a izquierda y derecha del partido, decidieron expulsarlo por traidor al PSOE.

Hoy, con el PSOE viviendo su peor momento en cuarenta años, conviene recordar las lecciones del pasado y rebajar el tono del debate interno al que las redes sociales otorgan un eco desagradable de puñaladas, traiciones e insultos.

No sé si ni quiero saber  cuál de los bandos terminará por vencer en esta pugna. Pero me cuesta creer que la inquina no termine de mala manera, con una escisión en el peor de los casos o la expulsión del Negrín de turno, que bien podría ser Pedro Sánchez, al que también se le atribuyen los vaivenes ideológicos, la ambición desmedida por el poder y la prolongación innecesaria de la guerra civil dentro del PSOE.

Si es así, si no hay sitio para coexistir en el futuro, si el alcance del tajo es tan hondo que ha seccionado los órganos vitales de la fraternidad de la gran casa común del centro izquierda y la izquierda en España, al menos que el vencedor nos ahorre el trámite de la expulsión y la posterior absolución del perdedor, cuando el tiempo cicatrice lo que la mano torpe del hombre no ha hecho más que gangrenar.

PD:  Aunque hoy nos cueste entenderlo, puede que el mejor servicio que se le puede hacer al país no sea desbloquear el estancamiento político a cualquier precio, sino darle a España un PSOE reconocible, no tanto ideológicamente -que también- sino capaz de promover el talento al que ha ido renunciando para encumbrar a tantos fontaneros.

Este, si cabe, es un servicio aún más valioso a la España con cuya sola mención, por cierto, tantos se cargan de razones.

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