El cielo, Pablo, no se asalta desde una mesa camilla.

Querido Pablo:

He seguido tu trayectoria con una mezcla de secreta admiración y profunda afinidad, aunque no me creas por ser quien soy, o mejor quien he sido (pura casta).

Afinidad, porque cuando te escucho citar a Robert Cox, Susan Strange o Joseph Nye me siento menos pedante y estupidamente elitista. Cuando sé de tu admiración por series que los dos idolatramos, como House of Cards, me imagino tomando un vino -si, ya sé que tu eres más de cañas- mientras debatimos si son creíbles o no algunas de las peripecias de Frank Underwood en su camino a la presidencia.

Admiración, porque secretamente he disfrutado de cada capotazo con el que embridabas a los morlacos de eso que llamas la vieja política, para ceñir faenas de gloria en platós de televisión.

No me hago ilusiones. El haber sido casta me invalida de por vida, y en eso, querido Pablo, en esa eterna condena que me anula para hacer juicios dignos de mención, empecé a reconocer en tí cierta afinidad con la casta de los fontaneros -la de las entrañas de los partidos, no del padre de Susana Díaz-. Es como ese aroma familiar que, al cerrar los ojos, nos transporta en un deja vu de los sentidos, a un lugar en el que ya hemos estado antes. Si. Algunas de las cosas que dices me resultaban conocidas, lejanamente familiares porque ya las había oído en las cocinillas de esos viejos partidos que dices querer finiquitar.

Los dos, querido Pablo, compartimos una pasión casi científica por la política. Los dos sabríamos definir el idealismo Wilsoniano, disertar sobre Gramsci o Morgenthau, del realismo político, de neconservadurismo, de teoría de la dependencia o de la del sistema-mundo. Somos así de frikis. Disfrutamos bebiendo de parecidas fuentes de conocimiento,  y le contamos la misma milonga a un montón de gente para hacerles creer que en el universo de las ciencias sociales se encuentra la receta para la Arcadia feliz a la que, nosotros, como patrones de la nave, les llevaremos en medio de agitados océanos, que surcamos con la voluntad decidida del pueblo del que nos erigimos en guías.

Y en este punto, querido Pablo, en medio de la ensoñación onírica en la que, encaramado en la cofa del palo mayor, te veo melena al viento conducir a tu pueblo a la tierra prometida, me despierta con pavor la realidad de la que me intentaba evadir a través de tus sueños de grandeza.

Vas y te encuentras con Bono y Zapatero sin que el secretario general de su partido se entere.

 No me malinterpretes. A mí no me jode que te encuentres con Bono y Zapatero. A los dos los conocí en persona. De los dos aprendí más de lo que me enseñaron los raídos manuales de teoría política que devoré sin mesura. Con los dos comparto militancia en el hoy denostado partido socialista.

Me joden otras cosas que te explicaré con tus propias palabras.

Hace poco te escuché en el Parlamento Europeo citar, en referencia a la doble moral europea respecto a la Libia de Gadaffi, aquél encendido aserto de Roosevelt en referencia a Anastasio Somoza, el sanguinario dictador nicaraguense aliado de los norteamericanos en sus correrías centroamericanas: «Somoza es un hijo de puta, sí. Pero es nuestro hijo de puta».

Bono, Zapatero y demás compañeros de mi partido -doy por sentado que conoces la diferencia entre amigo, enemigo y compañero de partido por orden creciente de aversión- son unos hijos de puta según tu gente. sin acritud. Pero, querido Pablo, son nuestros hijos de puta. De mi partido. No del tuyo, que los identifica con la casta abyecta que alimenta tus discursos.

Sí. Ya sé que un aspirante a estadista tiene que tomar café con ex  de todo pelaje, y verse con el diablo cara a cara si quiere cambiar el mundo. Pero ha de hacerlo con luces y taquígrafos, como por cierto hace tu admirado Tsipras con los representantes de la troika. Sin tenues luces que invocan la presencia fantasmal de eso que llamamos poder y que, no me mientas, era lo que siempre dijiste que querías cambiar.

La naturaleza del poder para acercarlo al pueblo, sin secretismos ni conciliábulos secretos.

Volviendo a mis hijos de puta, querido Pablo. Déjame preguntarte algo.

¿de verdad pensaste que la reunión que tuviste con un expresidente del gobierno y un tótem del socialismo ibérico permanecería oculta? ¿de verdad crees que se puede predicar lo del miedo que cambia de bando y demás soflamas cuando te sientas con dos aprendices de brujo, expertos en vieja política, a conspirar con calendarios e interioridades de un partido cuyo espacio electoral, no es ningún secreto, aspiras a ocupar?

Si he citado a Somoza y a tu discurso en el Parlamento Europeo es porque lo que acabas de hacer, siguiendo tu dialéctica, es tomar café y pastas con un presidente, Zapatero, que según tú es un genocida, porque apoyó esa resolución 1973 del Consejo de Seguridad que autorizó, ilegalmente, el bombardeo de Libia. Yo no comparto tu opinión al respecto, y juridicamente te lo podría argumentar. Pero no me quiero perder en soliloquios.

A fin de cuentas, esto no es una carta. Es un desahogo. Y lo quiero terminar recordándote que lo que acabas de hacer, es un ejercicio de diplomacia secreta, traicionando tu idealismo wilsoniano -seguro que sabes a lo que me refiero-  y que has puesto en práctica, con conocimiento o desconocimiento de tu parte, para debilitar a mi partido y a su secretario general, al que ninguneas con la soberbia del que se cree superior por saber conquistar aplausos en los platós o citar de carrerilla a cuatro sabios.

De la mano por cierto, de dos compañeros de militancia de mi partido, excepcionales políticos de la casta que tú dices odiar, pero que te han utilizado para aquilatar maniobras internas que apestan a vieja política. Con afecto, Pablo, permíteme decirte que no te creo tan tonto como para no saber que esa reunión sería filtrada oportunamente con fines bastardos.

Porque si así lo fuera, si de verdad fuiste al redil sin saber lo que te aguardaba, todo lo escrito hasta ahora, todas las referencias a Cox, a Strange, a Gramsci o a Morgenthau están de más.

Porque en tal caso serías un tonto, muy ilustrado posiblemente. Pero un tonto igualmente.

Decías querer, querido Pablo, conquistar el cielo por asalto.

Si tu primera estación en la escalada del cielo es participar en conciliábulos secretos, lo que estás a punto de conquistar es el infierno.

Díselo a tu gente antes de que se ilusione con una Arcadia que se construye en torno a una mesa camilla.

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10 comentarios en “El cielo, Pablo, no se asalta desde una mesa camilla.

  1. Importante, certera y profunda reflexiòn la que haces Jesus sobre esa cena que tanto esta dando que hablar. Desde que oí a Zapatero, no he salido de mi asombro Jesus ahí habia personas que sabes que no dan «puntá sin hilo», como decimos por aquí. Y Bono es maestro en ello. Casta y castos juntos, quien lo diria, aunque despues del roscon de Reyes de Monedero con Carmen Lomana, todo es posible. ¿Para qué, con que objetivo? Es muy dificil de entender y mucho menos de asimiliar. A ambos expresidentes hay que decirle algo muy alto y muy serio: cuando uno deja un cargo o una responsabilidad -se lo que digo por experiencia propia- se tiene que ir de verdad y no seguir por ahí revoloteando, dando vueltas, como aves carroñeras. Lo menos que se puede exigir de quien fue es dejar hacer a los asumen la nueva responsabilidad y dejar de dar por c….Y del casto, del puro, del de la fusta, que quereis que diga: nunca he creido ni en salvadores, ni en poseedores de la verdad absoluta y menos si esconden sus verdaderos objetivos.Y como dices el amigo Jesus, con ironia pero con mucho rigor y maestria este encuentro no cotribuye a clarificar el ya dificil y completo panorama politico de España, sino al contrario. Aciertas y comparto de la A la Z..

  2. Creo que hay un profundo equívoco en esta misiva, Sr. Perea. El Sr. Iglesias había informado previamente a su Ejecutiva de que se iba a producir una reunión, además de que las decisiones que pueda tomar personalmente inherentes a su cargo están limitadas en los estatutos recientemente constituídos en la Asamblea Ciudadana. Otro asunto distinto es el de los representantes del Psoe que, acostumbrados como están a los conciábulos y acuerdos de mesa camilla, en este caso han hecho mucho daño a su propia organización. Sin duda comparto absolutamente con Vd. que los que fueron dejen hacer a los que son, porque dice algo malo de ellos y es que se toman la democracia muy poco en serio.

  3. Gracias por su opinion, María. Tal como lo veo, para que la política empiece a ser entendida de otro modo, hay que ir mas allá de satisfacer las directrices estatutarias a las que uno se debe. Y aunque ese es otro debate que particularmente me apasiona -las limitaciones de las instrucciones y mandatos estatuarios y las zonas de sombra que, inevitablemente aparecerán- lo relevante de este asunto es que hay una responsabilidad de unos por acción y de otros por omisión. Ya sé que Pablo Iglesias tiene que preocuparse de su casa, de sus militantes y sus estatutos. Pero en esencia, ese también es el lenguaje de la vieja política. Si aspira, como evidentemente aspira, a seducir a parte del tradicional voto socialista, lo coherente es que no participe en reuniones que dejan en manos de la otra parte las condiciones de un secreto que, además, van a administrar con otros fines cuando consideren oportunos. Evidentemente, yo no considero a Iglesias un tonto ingenuo. Es un recurso literario para poner de relieve que participando en esa reunión está sembrando una semilla de discordia que tarde o temprano va a debilitar al actual secretario general del PSOE, lo cual es inteligente en la medida en que le acabará dando réditos en el corto plazo. Pero hay victorias que acaban desacreditando por la forma en que se conquistan. Si de verdad aspira a conquistar el espacio público desde nuevos parámetros que moralicen la acción política, no puede participar en reuniones bajo cláusulas de confidencialidad, a sabiendas de que tarde o temprano alguien filtrará cuando mejor convenga a la prensa. Si quiera por respeto a los votantes y militantes del otro partido, que también son ciudadanos antes que militantes, y que han elegido a su líder de forma igualmente democrática. Un líder que, ni conocía, ni participaba de la reunión. No se trata de si se van a tomar decisiones o no en esa reunión que estén respaldadas por los estatutos. Se trata de no ser cómplice en maniobras de vieja política, que en este caso, debilitan liderazgos democráticos. Sin quererlo, o queriéndolo, ha sido partícipe de una maniobra encubierta de manual que no solo debilita al adversario. Debilita también a la democracia que dice querer reconquistar.

  4. Cuánto dolor rezuma este artículo. Es el rencor del que aún no ha asimilado que le han quitado la novia, el votante de izquierdas; esa a la que tanto traicionó y que tanto soportó hasta que llegó otro con el que ahora está en fase de enamoramiento. Esa odiosa fase, En la que tú ya nada puedes hacer más que esperar a que el otro cometa fallos que te hagan a ti bueno ante los ojos de tu ex y vuelva con lágrimas en los ojos. O no.

  5. Marta….verás. En este post hay algo mucho menos primario y más reflexivo que el rencor o el despecho. Comparto contigo que hay, supongo, cabreo del PSOE ante la previsible huída de su maltratada novia con otro. Pero, créeme, nunca soporté las victorias por errores ajenos. Más que nada porque son el preludio de la siguiente escapada de esa novia que te perdona a la primera, pero que no te dará una segunda oportunidad jamás. Este post es una reflexión sobre las contradicciones del poder y los resortes de la vieja política que yo, sí yo, también detesto. Y en este reconocimiento último, puedes ver la victoria de Podemos si quieres, porque es esta fuerza política la que está haciendo que el resto de partidos pongan el foco en asuntos que hasta hace poco les eran ajenos. Podemos está, por ello, condicionando la agenda del resto, con sólo cinco eurodiputados y -hasta ahora- la simple expectativa de un resultado electoral extraordinario. Y eso, desde el punto de vista político, es fascinante. Pero no veas en estas palabras rencor contra algo que considero saludable para la democracia en España como la entrada de otro actor que repolitiza a ua sociedad cansada..Lo otro, las reuniones bajo cláusula de confidencialidad, sí que no son saludables, más que nada porque sirven a otros intereses en maniobras en las que uno puede acabar siendo cómplice por omisión. Marta, yo superé la fase del novio despechado haciendo las maletas y dejando mi país y mi gente. No me mueve el rencor ni el dolor. Si acaso la pasión por la política y la palabra.

  6. Me imagino que reforzará tu opinión, la entrevista a Pablo Iglesias en la SEXTA el día 24 de enero. Soberbia, prepotencia, poca cintura,… Dicen que la ciencia duda, la ignorancia afirma. No me refiero a la ignorancia académica.
    Estoy muy de acuerdo contigo. El viejo refrán : «De molinero cambiarás, pero…» El pueblo necesita un proyecto honesto e ilusionante y está en disposición de agarrarse a un clavo ardiendo, pero éste, que está «ardiendo» por las ansias de poder, no es el clavo.

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