LA CASTA, EL COSTE Y LOS CASTOS

La casta nos hunde, dicen. Ha estado gobernando el país durante décadas, siglos, milenios. Ni se sabe. Antes de la casta hubo otra casta, dictatorial y franquista. Y antes otra casta, de borbones decadentes, a la que precedió la casta de los también decadentes Austrias. Si nos ponemos exquisitos, incluso en la idealizada II República, uno identifica, después de leer y releer las Memorias de Azaña, un sinfin de castas intestinas que destruyeron la utopía del 14 de abril, en palabras del político más lúcido que ha parido la pobre España.

Casta es poder. Ni mas ni menos. Y por mucho que ahora se simplifique e identifique coyunturalmente con un sistema democrático decadente, a esta casta le sucederán otras que también serán igualmente casta. No hay una Arcadia democrática que nos conduzca al estado ideal, paraíso de Islandias que encarcelan a banqueros, Finlandias que educan como nadie o Suecias integradoras.

El coste nos limita. Nos enfrenta a la realidad pragmática y dolorosa que, seguramente, nos hace viejos a fuerza de descreídos. Y el coste tiene que aparecer por algún lado. Lo cuenta bien un gran socialista en su blog, desde el balcón de las certezas aritméticas que impiden financiar compromisos que exigen una progresión geométrica de un presupuesto finito. España se hace vieja, se encanece a marchas forzadas, despojadas sus escuelas rurales del efímero alivio que trajeron los inmigrantes pródigos en nacimientos y chiquillería. Se volvieron a su Ecuador, a su Perú, a su Bolivia, a su Marruecos. O a otras Españas que ahora se llaman Inglaterra o Alemania. Y en un país en el que un 35% seremos ancianos en 2050 -el tercero más envejecido del planeta- tenemos que empezar a afrontar realidades incómodas y priorizar lo esencial.

El coste, invocación del aguafiestas, nos enfrenta a una realidad de compromisos que, por muy constitucionalizados que estén no tendrán financiación. Nos engañamos y engañamos, diciéndole a la gente que la salvaguarda constitucional garantiza los servicios que fueron piedra filosofal del pensamiento socialdemócrata de la posguerra.

Hubo dependencia, hubo ayuda al alquiler. Hubo 3.000 euros por cada recién nacido y hasta prestación para todo el que la precisó. Hubo piscinas cubiertas, conciertos gratuitos y dispendios en festejos. Pero sólo al calor de los ingresos bastardos de las plusvalías millonarias del suelo. De los ingresos extraordinarios, por irrepetibles, de los impuestos de actos jurídicos documentados que gravan una actividad que no volverá a nutrir las arcas de un estado que brincará en unos meses el 100% de endeudamiento. De un modelo de desarrollo que generó ingresos coyunturales para gastos que concebimos como estructurales hasta que un gobierno desalmado empezó a podar donde no debía.

Los castos nos iluminan. Predican en el sembrado de la utopía que dicen poder hacer realizable. Alientan con su discurso de retórica esperanza mientras coleccionan titulares que caben en un tweet para movilizar a las masas.

Los castos se dicen ajenos a la casta. Ni reparan en el coste, porque en último término invocan teorías de deuda odiosa, como si fuera una opción viable el recurso al impago porque sí. Invocan precedentes. Y rebatirán mis argumentos con ejemplos escogidos para considerar estas palabras una vil colección de tópicos al servicio de la casta y el mercado.

La deuda esclaviza, lo comparto. Pero que no me pidan más quimeras.

La política no es un juego de suma cero. Diganme donde están los recursos. Dónde los caminos y los caudales para alcanzar lo que todos compartimos como posible, deseable y justo.

La casta tiene un coste para España. Lo comparto y lo asumo como cómplice que pude llegar a ser.

Pero también los castos, militen donde militen, tienen un coste. El de enfrentar la realidad con quimeras exentas de coste.

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