LA ESPAÑA QUE NO CABE EN COLON

Cuando estén colmadas de muertos las cuencas, muchos creerán haber engendrado una nueva patria; o lo dirán, para que la sangre de sus manos parezca la sangre de un parto. Se llaman a sí mismos padres de la patria; y no son más que matarifes.

Azaña escribe estas palabras en su diario, un 26 de julio de 1937. Esa mañana, su amigo Casares Quiroga le ha hecho entrega de un informe confidencial en el que se relatan las matanzas que se están cometiendo en las retaguardias de ambos bandos. De unas, en el bando sublevado, se tiene constancia por el empeño de la prensa extranjera, sobrecogida por las masacres de Badajoz y Andalucía. De las otras, quedan los ecos de las sacas infames de la Modelo y los paseos por los ribazos de los pueblos en los que se ejerce la justicia proletaria para reparar afrentas que nada tienen que ver, en muchos casos, con la lucha de clases sino con el odio atávico sin más.

Azaña, el mismo que en su juventud rechazó esa concepción de patria, asociada a la geografía física de la tierra, el arroyo y el monte, abraza con pesar esa idea en la amargura del final de sus días. En su idea de patria sigue viva la herencia del espíritu de la Revolución, como empoderamiento de un nuevo sujeto hasta entonces invisible, el pueblo, frente al soberano de la monarquía absoluta. Pero ya no reniega de la imagen de lo terrenal, porque detesta la visión de los que invocan a los cuatro vientos el nombre de una España que alumbran con sangre en las manos.

Ya no reniega de la imagen de esa España polvorienta a la que sus salvadores sempiternos no han hecho más que someter a fuerza de repartir miseria y consolidar privilegios. Es una España de la que Azaña no quiere huir, pese a que intuye el camino de la deserción a la que se verán forzados los suyos por culpa de la deriva de la guerra. Pero también por la apropiación indebida que está maquinando la derecha.

De España desertó una generación entera de españoles.

Deserción física con el exilio y la represión. Y también deserción moral. La de quienes bajaron los brazos y aceptaron el relato impuesto por un franquismo deseoso de patrimonializar la idea, el nombre y la verdadera esencia de España.

Ese fue el auténtico triunfo de esa dictadura. El de obligar a creer a una generación entera de españoles que no tenían autoridad moral para evocar el nombre de España; para si quiera sentir como propio un país que, paradójicamente, nace a la modernidad desde el Cádiz liberal y progresista de 1812.

El relato de la anti España se cosió con la letra de una tradición inventada. La de Numancias y Lepantos, Navas de Tolosa, y hazañas en Nápoles y Flandes, que glosaban la historia de un país que ni existía como realidad política en ese momento. Luego se adhirieron el casticismo espiritual y el repliegue nacional católico, con el báculo y la mitra como complementos de la España pía de tizonas y Contrarreforma. Y ya en el propio franquismo se perfiló aquella patria inventada en la hombría testicular de quienes mueren por ella defendiendo su honor en lo alto de un blocao o desde la cofa de un barco que se hunde cargado de honra.

Pero que se hunde, a fin de cuentas.

Lo de menos es que las derrotas tuvieran por causa la misma que alimenta a patriotas del presente: la corrupción que obligaba a calzar alpargatas a la tropa o a navegar en cascarones podridos.

La honra dichosa, que tanto da de comer a espíritus deseosos de seguir la silueta del toro de Osborne dentro de la rojigualda.

La honra dichosa que tanto alimenta a quienes son incapaces de entender que la mejor forma de mutilar una patria es negar el derecho de la mitad de los suyos a sentirla como propia. O a empujar a una esquina de sí misma a la desafección creciente. Eso sí es felonía.

Este es el momento de reivindicar esa otra España posible que no se cierra en erizo, que no se hace pequeña a costa de renunciar a la mitad de los suyos. La España que no renuncia a Cataluña, como de facto proponen las tres derechas. La España liberal e ilustrada —liberalismo del de Cádiz de 1812, y no del de la Escuela de Chicago— que despierta del sueño al que la confinaron quienes alumbraron esa patria nueva, levantada con el eco por el vacío del exilio, pero también por la deserción emocional de cierta izquierda todavía zaherida.

Por eso, contra quienes quieren alumbrar una patria ahogando en mares de banderas, más España y no menos.

Contra quienes se niegan a abrir esta patria a otras formas de amarla que no necesariamente sean las suyas, más España y no menos.

Contra quienes tiene por compañeros de viaje a idólatras de la mentira histórica y el machismo más rancio, más España y no menos.

Pero, por encima de todo, además de más España, otra España posible, mejor y que no  necesita contar cabezas en una manifestación para medir su fuerza, para sentirse grande mientras se cuenta a sí misma, pasando lista con mirada torva. 

Esta España, la nuestra, desborda la suya por el sentido común y la razón. No cabe en Colón ni falta que le hace, porque es mil veces menos acomplejada que la suya. Es abierta, plural, europea, tolerante, instruida y risueña. Tiene rostro de mujer y un par de ovarios por bandera con los que plantar cara a quienes quieren mandar sobre su cuerpo y su alma.

En esa España, que no necesita tentarse la ropa bajo un mar de banderas, habita el futuro de un país curado de espantos y de salvapatrias. Un país que no quiere más bronca ni más gallitos de pelo en pecho, porque ha aprendido a hablar sin necesidad de levantar el mentón cada vez que algún chusquero reenganchado a la incorrección política, grita su nombre con aire marcial y ardor guerrero.

Esa España, la nuestra, se parece mucho a la que imaginó Manuel Azaña. Por eso es mil veces más limpia y menos sombría.

Que digan ellos a quién se parece la suya.

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