La guerra de mi bisabuelo

No tengo una explicación clara de los motivos que me llevaron a estudiar la Primera Guerra Mundial, de cuyo estallido se va a conmemorar el año próximo el centenario.

A fin de cuentas, es un conflicto  relativamente ajeno a la historia de España, por mucho que intentemos poner el acento en transformaciones indirectas que serían determinantes para nuestro posterior devenir, como el surgimiento de un incipiente capitalismo industrial al calor de una provechosa neutralidad en la guerra, la expansión de los movimientos obreros en grandes nucleos urbanos o la aventura colonial en Marruecos, que terminaría en la sangrienta Guerra del Rif.

No es, por tanto, un campo en el que uno pueda encontrar sentimentales vínculos profundos. No hay un abuelo que luchara en esa guerra o penurias directamente sufridas en nuestra tierra producto de un conflicto que segó la vida de más de 10 millones de personas. Sencillamente porque España permaneció –afortunadamente- ajena a un conflicto que marca el auténtico comienzo del siglo XX, el más violento de la historia de la Humanidad.

De crío, cuando empezaba a sentir la pasión que siempre me acompañó con la historia, descubrí en un arcón de madera algunos libros y papeles antiguos. Entre mis antepasados abundan las gentes de campo, sin oportunidades para acceder a las letras y la enseñanza que entonces quedaba al alcance de las élites. La honrosa excepción es la de mi bisabuelo Herminio, un hombre nacido en Casas de Guijarro y al que mi madre me contaba que se lo llevó a la muerte la pena por la pérdida de su mujer. Por romántica que sea la historia, más me cuadran, por fechas y avatares, los estragos de la Gripe española, que asoló el continente por aquéllos tiempos y que pasó a la historia con tal nombre por ser España el único país en el que la prensa no censurada por la acción de la guerra, podía informar libremente de los estragos de la pandemia.

El caso es que mi bisabuelo Herminio era un hombre cultivado en la lectura, cosa extraña entre sus parroquianos en aquél tiempo. Su hijo, mi abuelo, guardó su memoria de papeles revueltos, como testimonio del padre letrado que había perdido a los 10 años. Entre ellos había una colección de folletines breves –más de 40- editados entre 1917 y 1920 sobre la Gran Guerra europea del 14.

Recuerdo las portadas, ilustradas con dibujos a color, que reproducían los escenarios de la batalla en la que se centraba cada número, y los textos, de apenas 20 páginas, en los que el narrador abordaba el episodio bélico inventando historias a partir de héroes ficticios emplazados en los campos de batalla –estos no ficticios-   en los que se desarrollaba la trama. El resultado era ingenioso. Una curiosa mezcla de periodismo, ficción romántica y relato histórico desde la perspectiva de los primeros corresponsales de guerra que los diarios españoles habían mandado a los diversos frentes de batalla.

Y aunque el producto final se mecía a horcajadas entre la glorificación de la guerra –dulce et decorum est pro patria mori- y la exaltación del heroísmo, que nada tenían que ver con la carnicería real de las trincheras, la lectura de aquél puñado de papeles raídos y amarillentos por el paso del tiempo produjeron en quien esto cuenta una huella cierta y sostenida. Si el conocimiento nace de la curiosidad, lo que ese puñado de folletines me dejaron es la pasión curiosa por conocer cuánto pudiera sobre aquél conflicto de extraños ecos en un país, el nuestro, en el que la guerra civil, la epopeya de los reyes católicos, la conquista de América o la decadencia de los últimos austrias tenían más lógico predicamento.

Y fue así como empecé a apasionarme con un episodio clave para entender la posterior historia europea. Desde entonces he leído mucho sobre el conflicto. No ficción–Marc Ferro, Barbara Tuchmann, Martin Gilbert, Zweig- y relatos autobiográficos–Celine, Gabriel Chevalier, Ernst Junger, Hemingway o Erich Maria Remarque. He visitado algunos escenarios del conflicto, como los campos de batalla del Somme, Lieja o la disputada Alsacia entre franceses y alemanes. Y he visto todo lo que el cine ha dicho sobre el conflicto –que no es mucho, por cierto, en comparación con la Segunda Guerra Mundial- .Senderos de Gloria de Kubrick, mi favorita.

Me he esforzado por ver aquél conflicto desde una posición netamente europea, superadora de la ceguera nacional que nos impone acercarnos a este episodio desde una España que, como bien dijo Eduardo Dato “fue neutral porque no podía ser otra cosa”, en una declaración que mezclaba amargura por quedar en la periferia del continente y pragmatismo frente a los que pretendían aventuras para las que el país no tenía fuerzas. Por cierto, y aunque no venga al caso, esta sentencia ayuda a entender el complejo que posteriores mandatarios tuvieron por sacar a España del baúl de la Historia.

De todo lo leído, visto, visitado y estudiado, me quedo con la lección que ofrece la historia de una generación que se asomaba a la modernidad y resultó envenenada por el nacionalismo, obnubilada por el imperialismo y traicionada por el fariseísmo de los gobiernos que se dejaron arrastrar hacia la locura de la guerra de la mano de militares revanchistas, ávidos de gloria después de una paz demasiado prolongada en el continente que les impedía vivir la aventura y la epopeya de la guerra liberadora.

Del bisabuelo Herminio me queda un recuerdo envuelto en la bruma de la memoria. El de un hombre al  que mi familia, con tan poco que presumir de ancestros del pasado, ubicó en los altares de un saber preclaro y solidario, a fuerza de dedicarse, con empeño el pobre hombre, a leer en voz alta los ejemplares del Diario El Sol que caían en sus manos para que una audiencia de labriegos analfabetos tuvieran noticia de lo que pasaba en la Villa y Corte.

La Gran Guerra del 14 siempre será para mí la guerra de mi bisabuelo, porque aunque nunca luchó en ella, ni estuvo remotamente cerca de los campos de batalla a los que sólo  viajó con sus lecturas,  no puedo evitar asociar su recuerdo inventado con la emoción que me produjo descubrir aquél tesoro de hojas amarillentas y raídas por el paso del tiempo, en medio de almanaques en blanco y negro y retazos de vidas pasadas.

 

 

 

 

 

 

 

Facebook Comments

Deja un comentario