LA HISTORIA DE ERNIE, UN TIPO ENCABRONADO CON LA VIDA

La escena transcurre en el reservado de un restaurante de alto copete en Nueva York. Situemos el local, por decir algo, al comienzo de la avenida Madison, a mano derecha de la esquina oeste de Central Park, según se mira desde el google maps.

Es una cena de resaca postelectoral, con un nutrido pero selecto grupo de comensales. Acaban de terminar las presidenciales de 2004 que han visto ganar a George Bush, un presidente entre cuyas credenciales cabe anotar dos guerras que vomitan cadáveres de marines envueltos en la bandera de las barras y estrellas y un desbarajuste global de campeonato.

Los asistentes a la cena se preguntan amargamente cómo es posible que el pueblo americano haya respaldado a semejante espantajo político por segunda vez, todavía con el recuerdo del pucherazo de la primera con el asunto de Florida de por medio.

Para cenar en un restaurante como este, en Madison Avenue, uno tiene que tener mucha pasta. Y no sólo eso. Además de dinero, se sobreentiende que se es alguien en el mundillo de la cultura de la ciudad. Y quien dice cultura, dice cine. Y quien dice Nueva York, dice el puto centro del universo.

Imaginemos, sólo por imaginar, que entre los asistentes se encuentran Tim Robbins, Meryl Strip, Barbara Streisand, Steven Spielberg y cualquier otro fulano que se les ocurra, que haya a) puesto su jeta al servicio del Partido Demócrata y b) puesto pasta, mucha pasta para financiar la carísima campaña del líder que esperaban ver sentado en la Casa Blanca.

Digamos que el líder derrotado es un tipo llamado John Kerry.

Con el tiempo lo veremos dirigiendo la política exterior de Obama, pero ahora, estamos en 2004.

Un héroe de Vietnam, de los héroes de verdad, el tal Kerry.

De los que primero pegó barrigazos y tiros allí, en el Delta del Mekong y que luego, al regresar de una pieza a casa, se dejó el pelo largo, combinó la guerrera verde de los marines con los tejanos gastados y le contó al Congreso las perrerías que habían hecho en esa maldita guerra. Un poco como Forrest Gump en la escena del capitolio, pero sin tartamudear, porque el tal Kerry es de familia de posibles que le han pagado una educación diseñada para que treinta años después fuera presidenciable con los Demócratas.

Volvamos a la cena de Madison Avenue.

Los comensales llevan debatiendo desde los entrantes sobre qué demonios ha podido fallar. Cómo es posible que con el apoyo de las élites intelectuales, las mismas que movilizan millones de fans con sus películas, libros y canciones, las mismas cuyos comportamientos y pautas son imitadas con devota lealtad por las masas, no hayan podido decantar la elección a favor de un candidato manifiestamente más capacitado, limpio y honesto que ese mequetrefe que se quedó en estado de shock cantando melodías infantiles en una guardería, mientras el servicio secreto le susurraba al oído que las torres gemelas se habían ido a hacer puñetas y un avión se había empotrado contra la fachada del Pentágono.

No es difícil imaginar a Spielberg o a Meryl Streep dándose la razón en su diálogo de sobremesa, uno parlamentando y el otro asintiendo con la cabeza, a la hora de entonar una pregunta sin respuesta bajo la suntuosa araña versallesca que cuelga del techo de la estancia. «¿pero cómo es posible que haya podido ganar Bush? ¿quién narices ha podido votar por semejante majadero?»

El resto de invitados asienten, solidarios con la reflexión del rey Midas de Hollywood.

Uno, sólo uno de los presentes en la escena guarda silencio mientras esboza para sus adentros una sonrisa maliciosa, que camufla bajo una mirada de reojo a los invitados y una mueca casi imperceptible que se concede a modo de desquite.

Ernie es el camarero. Bueno, digamos que se llama Ernie.

Ernie es el tipo más pobre de la sala. Ni siquiera es el encargado de verter el vino o de introducir los platos. Es el que limpia las migajas de la mesa entre plato y plato y asiste solícito a la logística del mise en place. Está en la base de la base de esa pirámide cosmosocial que describe la escena. Nacido en el medio oeste, en una decadente ciudad post industrial -pongamos…Detroit- azotada por el paro. Huyó de allí como de la peste, buscando fortuna en NY. Agita sus noches con una botella de Jack Daniels, pero los días los entrega a ese restaurante en el que gana un dinero aceptable que no enjuaga el sentimiento de fracaso que le acompaña. Entre otras cosas, porque vivir en esa ciudad boyante de pijos, estrellas de cine y bohemios hace que ese jornal pase de aceptable a salario de supervivencia por el efecto de la gentrificación.

Cuando Ernie sale del coqueto comedor privado con la cesta de las migajas y las sobras de los platos de Tim Robbins y Susan Sarandon, no puede reprimir la sonrisa bastarda que ha tenido que ahogar en presencia de los comensales.

Él es uno de los que ha  votado por Bush. Uno de tantos que pululan más allá del pequeño universo de las nuevas élites, las que se pueden permitir ser liberales sin que les pese al bolsillo. Las que piden pagar más impuestos porque los ven como un ejercicio de filantropía,  y cantan contra las guerras del mundo. Las que hacen gala de un internacionalismo incipientemente hipster en un tiempo en que nadie sabe todavía qué coño es ser hipster, vegano y gay friendly.

Volvamos a 2016. Doce años después de la escena, a nadie le sorprende que una millonaria legión de Ernies del medio Oeste vayan a votar por un imbécil todavía más imbécil de lo que nunca fue George W. Bush, llamado Donald Trump.

Ni siquiera es ya un fenómeno típicamente americano. El estigma de todos los Ernies se extiende por la Inglaterra del Brexit o la Francia zaherida por la amenaza del terrorismo islamista que busca cobijo en el Frente Nacional. Allí, en América, se le identifica como miembro de un grupo especialmente numeroso y que puede ser decisivo en la campaña que está a punto de empezar. El del hombre blanco sin estudios perteneciente a la sociedad post industrial. Encabronado con la vida, hastiado de todo y deseoso de darle una patada en el culo al convencionalismo de la corrección política. Porque la política no ha hecho una mierda por él.

Ernie, y todos los Ernies del mundo, son la pesadilla para el discurso de una nueva izquierda que, por primera vez, es más atractiva para las élites bien educadas y por ello mejor pagadas, que para los teóricos destinatarios de sus políticas redistributivas.

Hay que hacérselo mirar.

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