La historia de mi amigo Narendra

A Narendra lo conocí un día en el gimnasio al que suelo ir.

Es un hombre menudo, enjuto, con una cojera crónica en la pierna derecha, de esas que derivan en la aparente rigidez  de una rodilla que parece no articular, sensación que se viene abajo cuando se monta en la bici estática y pedalea con ritmo vivo a sus  70 años.

Narendra es uno de tantos indios británicos que habitan en el East End de Londres, el barrio de aluvión en el que un día callejeó el destripador y que ha ido acogiendo a lo largo de su historia a hugonotes franceses, judíos perseguidos en la Rusia zarista, emigrados acosados por la guerra y las penurias en Bangla Desh o Pakistán y, más recientemente a una legión de españoles, italianos y portugueses damnificados por los desastres del euro.IMG_4789

Las barreras raciales siguen en pie de una forma mucho más sibilina de la que nos podemos imaginar. Uno, involuntariamente, se vuelca en su comunidad. En la tribu cercana en la que se reconoce por rasgos físicos o idiomáticos. Hay afinidades mediterráneas con italianos de Sicilia en la cola del supermercado, guiños de complicidad con portugueses en la parada del bus y abierta conversación con el español con el que cruzamos cuatro palabras al sacar el abono del metro. No reparamos en la masa ajena que nos rodea, que se envuelve en su propio sentido de comunidad, en la frágil, estable y reconocible seguridad del gueto.

Y no es fácil romper esa barrera mental. Incluso para los que presumimos de tolerancia como una seña de cosmopolitismo que nos hizo renegar de patrias y miserias aldeanas. Incluso para los que caminan con paso firme por una vida creyéndose libres de todo pecado invocando la facilidad con la que hacemos amigos de toda cultura, raza y orientación sexual.

El hedonismo de la modernidad autocomplaciente del europeo blanco biempensante, el que recela de su pasado colonial y la sutil superioridad con la que seguimos mirando a los otros, mas si cabe si el color de la piel marca el abismo.

A Narendra lo conocí pedaleando en el gimnasio, después de que cortesmente me ofreciera a ayudarle a subir a la bicicleta, cuyo sillín se antojaba un Everest para un hombre lastrado por la cojera y que no sobrepasa el metro sesenta. Del gesto de caballerosidad por mi parte, surgió una conversación afable que nos llevó por lugares comunes primero de dónde soy, cómo es España, si hace sol por allí, cómo es la comida- y terminó derivando en un cabal intercambio de puntos de vista sobre el modo en que unos y otros nos integramos en patrias ajenas.

Narendra es un británico nacido en la India en tiempos de la dominación colonial. Su padre, soldado al servicio del Imperio Británico, dio tumbos por el norte de Africa e Italia, tragando calamidades al servicio de una bandera que ondeaba en el subcontinente indio. Aquélla tierra proveyó a su majestad de la milicia con la que sostener su guerra contra la Alemania de Hitler, en un momento en el que ni los americanos, aún neutrales, ni los soviéticos, bajo el Pacto de No agresión del 39, compartían sangre sudor y lágrimas con los ingleses que se mantenían obstinadamente solos en la lucha.INDIAN_TROOPS_IN_BURMA,_1944

Miles de indios, pakistaníes o jamaicanos asientan su presente ciudadanía británica en los méritos contraídos en aquélla lejana guerra del padre de Narendra. Unos en el frente y los otros -los jamaicanos- ocupando las fábricas de la industria de guerra porque no se les consideraba especialmente aptos para el combate. Hasta en esos menesteres opera el racismo sutil del hombre blanco. No era lo mismo ser indio que ser negro.

Yo soy un español en Londres. No es gran cosa, teniendo en cuenta que somos parte de una oleada reciente que nos aliena y nos convierte en parte de una masa. En España nos pasó algo parecido en la década pasada, la de la opulencia. No veíamos a Nicolae, a Nadia o a Mohammed. Veíamos rumanos, ucranianos o moros.

Narendra es hijo de un héroe de guerra que se ganó el derecho a la ciudadanía británica sangrando en el desierto contra las tropas de Rommel.

Pero cuando salimos a la calle y nos despedimos amablemente, Narendra y un servidor tomamos distintos caminos. Yo soy español. Repito; no es gran cosa en estos tiempos en esta tierra. Pero soy europeo, blanco y familiarmente reconocible para una legión de británicos que me asocian con estereotipos veraniegos que alegran el tedio del gris metálico en el que viven 11 meses al año.

Narendra es un indio y siempre lo será. Aunque sea ciudadano británico por méritos de guerra. Aunque pueda invocar con altivez y orgullo los motivos por los que tiene un pasaporte con la Union Jack y guarde con devoción las medallas conquistadas por su padre.

Nos alejamos tomando caminos opuestos. Pero cuándo me doy la vuelta, lo veo desaparecer entre la masa para la que este hombre no existe realmente. Un indio entre tantos indios. Uno más en medio de una comunidad que nos es ajena, que sólo se relaciona y se reconoce con los suyos. Uno más que vivirá de las ayudas públicas, pensará alguno. Que regentará un comercio con olor a curry rancio. Una presencia fantasmal para la Europa blanca y bienpensante que ha ido tejiendo una nueva forma de racismo. Más sutil e impercepetible pero igualmente cruel.

Ya no se odia por el color de la piel.

Ahora nos basta con ignorar por el color de la piel.

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