La paradoja Stevenson: política para cobardes

En escena Trece días, la película que narra la crisis de los misiles de Cuba desde el punto de vista de la administración Kennedy.

El entonces embajador norteamericano en la ONU, y antiguo líder del partido demócrata Adlai Stevenson, toma la palabra. Forma parte de la célula de crisis, el núcleo duro del presidente, que busca en lo mejor de su gabinete el consejo adecuado, el modus operandi ante una crisis gigantesca que puede desembocar en una guerra nuclear con la URSS.

Adlai Stevenson
Adlai Stevenson

La tensión es tan grande, que ninguna de las cabezas pensantes acierta a proponer soluciones verdaderamente imaginativas. Todos apelan a las salidas protocolizadas, asumibles, prudentes…e inevitablemente vacías para responder al órdago soviético. Y lo peor: susceptibles de provocar la guerra.

En ese momento, el bueno de Stevenson, propone una solución verdaderamente rompedora: ceder y negociar. Y lo hace anteponiendo a su propuesta de salida una sentencia que, intuye, supone su muerte política: alguien tiene que ser un poco cobarde en esta sala.

El tiempo le dio la razón y, su propuesta, entonces recibida con desidia y mofa, sentó las bases a la solución de un conflicto diplomático en el que las alternativas conducían al juego de la DMA, destrucción mutua asegurada. Siendo así, ¿por qué Stevenson se convierte en un cadáver político con la sola formulación de una propuesta que se percibe como acto de cobardía?

Sencillamente porque tuvo arrestos para decir, no sólo lo que verdaderamente pensaba, sino lo que el sentido común y humano le dictaba. En una coyuntura como esa, nadie quería aparecer como el cobarde, el pusilánime que propone a su presidente una solución que puede ser interpretada como signo de debilidad política. Todos los consejeros se aprestaron a jugar el rol contrario: el de los halcones dispuestos a reforzar al presidente en todo trance, activando protocolos de respuesta que pueden conducir al absurdo de un mundo en el que no haya necesidad de presidente. Porque ya no haya ni mundo sobre el que gobernar.

La paradoja de aquél asesor es que tenía razón. Y que tras un tira y afloja que tuvo al mundo en vilo durante dos semanas, la solución diplomática por él propuesta –mantener a Castro en el poder a cambio de retirar misiles balísticos de Turquía- fue la que finalmente sirvió para alejar el espectro de una guerra atómica.

En política, los heraldos de la sensatez rara vez obtienen el beneficio del éxito. Acaban, como el pobre Stevenson, engrosando la lista de cadáveres políticos que perecen de muerte autoinfligida, paseando de cuerpo presente la digna moralidad que encarnan por haberle dicho al líder lo que nadie se atrevía a decirle y que todos ocultan en el secreto del anonimato o la mera expedición de frases hechas, protocolos existentes y discursos políticamente correctos.

Y es que en política, como en el cuento, nadie quiere decirle al emperador que en realidad está desnudo. El coro unánime prefiere alabar la magnificencia de la seda invisible que visten las regias carnes, y sólo los insensatos, los libres de todo temor a la represalia o los ajenos a cualquier prejuicio, se atreven a decir lo que los demás callan. Quizás porque sean los únicos verdaderamente libres. O quizás porque han superado el temor atávico a ser portadores de malas noticias, los gafes que, como diría Sebastián, se atreven a sugerir que en medio de la fiesta sería necesario apagar la música.

Vincular la paradoja de Stevenson con el momento político actual y la España de nuestros tiempos podría ayudar a extraer algunas conclusiones.

La primera, que a veces el más valioso consejero que tiene un líder es aquél que más claramente se atreve a decirle una verdad acaso dolorosa e incómoda. Y que, a sensu contrario, los elogios de aquéllos que escudan su consejo en la respuesta protocolizada, cómoda y pautada no sólo lo hacen por economizar las neuronas que no tienen. Lo hacen por puro interés, aunque con ello acaben dañando al gobierno y a su presidente.

La segunda, que el cementerio está lleno de valientes, como alguien sentenció en su día. Pero son esos valientes los que, con su sacrificio, están detrás de las decisiones más valiosas, las que por pura osadía, nadie se atrevió a exponer, excepto aquellos a quienes no guiaba un interés egoísta o cobarde.

Hoy en día abundan los sabios que se escudan en protocolos. Son los que  diseñan la respuesta  a la crisis financiera mundial; los que rellenan los argumentarios simplones de los principales partidos; los que cantan las alabanzas del líder sin tener cuajo para decirle que en esta entrevista o en esta intervención parlamentaria, se ha equivocado; son los que siguen apelando a las consignas banalizadas tras un eslogan que se cae a pedazos por el paso del tiempo.

Son en definitiva, los que matan el discurso político apelando a recetas falsamente intemporales. Porque en su mundo, todo cambia menos la consigna y el mensaje, acortado ahora 140 caracteres twitter mediante.

En eso, es en lo único en que se han modernizado.

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