LA SOCIALDEMOCRACIA Y OTROS MUERTOS QUE GOZAN DE BUENA SALUD

Iba camino del despiece el Imperio Otomano, cuando  allá por el turbulento siglo XIX, por todo el continente se puso de moda una frase para retratar a los antaño temibles turcos.

Aquél imperio era ahora “el hombre enfermo de Europa”.

Un enfermo moribundo al que esperaban dar el golpe de gracia las potencias coloniales de Occidente, deseosas de arrebatar desiertos aún controlados por la decadente Estambul y ricos en lo que intuían que iba a ser el nuevo Dorado de una era, el petróleo.

Cuenta la historia que aquél enfermo se echó en brazos de la única potencia que parecía no tener un interés inmediato en su desmembración, la emergente Alemania. Y con sus Mauser y sus cañones, con sus minas submarinas y su solvente marco, el viejo enfermo se las apañó para llevarse en su último estertor a un puñado de cientos de miles de ingleses, australianos, neozelandeses, franceses, rusos y griegos que creyeron que el paseo por el Egeo y Anatolia iba a terminar con una merienda campestre en las playas de Mykonos.

Más aún. La digestión después del festín turco, terminó por ulcerar la panza llena de los viejos imperios europeos con nombres que hoy nos dejan regusto a pólvora amarga en la garganta, como Siria, Palestina, Irán, Iraq, el Cáucaso, el Kurdistán, Kuwait y alguno más.

Como el viejo Imperio Otomano, la socialdemocracia se ha acostumbrado a ser el nuevo hombre enfermo de Europa.  Y lo es, casi desde sus inicios, en la bancada de los girondinos durante la Revolución Francesa.

Un moribundo digno de ser enviado al cubo de la basura de la historia (Trotsky), experto en repartir miseria (Hayek), representante de algo que no existe, como la sociedad (Thatcher) o enemigo del individuo (Reagan). Véase que el canto a su inutilidad arranca en 1917 y sigue hasta aquí, un siglo después, con renovados bríos.

Hay todo un subgénero literario dedicado a expedir certificados de defunción que terminen con la agonía del cadáver. Si uno pone en Google “Crisis de la socialdemocracia”, dicen que el algoritmo se vuelve loco, el servidor se cae y siete demonios liberales se hacen carne desde los altavoces del teclado.

Hoy, los pensadores de la incorrección política, colonizan los titulares gamberros con reflexiones que los internautas consultan en la intimidad de su portátil y que negarán compartir públicamente, a la espera de convertir en voto la secreta pasión por lo prohibido que implica ser parte de ese universo que se dice harto de los pobres y paniaguados que fomenta la socialdemocracia.

Escribir a contracorriente mola más, aunque el resultado de los engendros sean Trump, Brexit y demás pandemónium populista de toda ralea, como campa por este Occidente cansado de retórica vacía.

Confieso que yo mismo he pecado. Que he leído, por ejemplo, a Houllebecq advirtiendo contra la ruina para Europa de la multiculturalidad islámica. Y que me despierto muchas mañanas leyendo a vetustos columnistas que abrazan a estas alturas este destape new age con aroma liberal y revolución naranja que su generación no se atrevió a promover por miedo a ser llamados fachas.

La peor pesadilla de esa élite de enterradores, que empujan con viento de cola a creaciones políticas contemporáneas, es precisamente esa; la de ser ellos mismos corrección política, la de coincidir, para su inmensa vergüenza, con los editoriales de medios que un día encarnaron el mal, y a cuyo combate consagraron sus plumas.

Lo rompedor de la vanguardia, es que no se puede institucionalizar. Ya advertía Lennon de la paradoja de enclaustrar en museos de horario funcionarial burocratizado a los grafiteros. Algo así se intuye que puede pasar con esa legión de opinadores que, como los salmones, remontan los ríos para morir exhaustos en los arroyos de montaña donde nacieron.

Se vive mejor siendo alma atormentada y mosca cojonera.

Con el paso de los años, vimos que el hombre enfermo de Europa resultó estar más sano de lo que pensaban aquellos imperios occidentales cristianos. Paradojas de la historia, fueron estos los que terminaron por caer a la vuelta de una generación, dejando por testigo una sobredosis de guerras infames en una región que vinieron a redimir y ahora expulsa la oleada de refugiados que inflama las células cancerígenas de la extrema derecha en sus propios barrios.

A la socialdemocracia le han cavado tantos agujeros en camposantos de la historia reciente, que extraña la mera supervivencia de su caudal de votantes, habida cuenta de los incentivos que hoy tiene la sociedad para participar del funeral, con la fanfarria de la nueva era gloriosa del centrismo asexuado que es a la vez liberal, progresista, conservador y ácrata. 

Y ahí sigue, pese a todo. Amenazando con convertirse en la peor pesadilla para la incorrección política, adiestrada en la destrucción de los mitos de lo que llaman el “marxismo cultural biempensante”.

La pesadilla de ser ellos mismos, -esa legión de opinadores gamberros-  el nuevo“mainstream” de la corrección política. Y que la épica indie, que un día la hizo ser objeto de culto, abandone esos páramos para abrazar al viejo enemigo convertido en nueva tendencia.

La pesadilla de que la mera supervivencia de la socialdemocracia, convierta en corrección política a quienes son lo que son a costa de remar a contracorriente. La de ser depositaria de un legado, como el del viejo hombre enfermo de Europa, condenado a no morir nunca y a ser pieza esencial de la geopolítica del caos.

Cuídense los enterradores, no vaya a ser que estos muertos que vos matáis gocen de mejor salud de lo que intuyen los nuevos heraldos del pensamiento único.

No sería la primera vez que yerran al certificar la muerte de un enemigo sin el que, reconózcanlo, su vida contestataria deja de tener sentido.

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