LOS CHAMANES DE LA TRIBU

 

En esencia, un chamán es el autor de un relato que es creído por una comunidad, para hacer que sus profecías y vaticinios se tornen en realidad. Eso le convierte, a ojos de la tribu, en un adivino sabio y venerado por su capacidad para hablar con los dioses y anticipar los acontecimientos. Poco importa que con sus actos, contribuya a hacer que tales vaticinios se cumplan.

Para mí como para la mayoría de ustedes, devotos feligreses de la diosa Razón, lo relevante del chamán no es que sea capaz de anticipar el futuro, sino de diseñarlo de acuerdo a los vaticinios que formula. Para ello, necesita de un relato verosímil y creíble desde el lado más racional, y la credibilidad devota del clan desde el lado más pasional. El chamán, por tanto, es un constructivista. Alguien que construye la realidad venidera de acuerdo a sus profecías autocumplidas. En la medida en que contribuye a hacerlas posibles, su prestigio en la tribu crece y, en consecuencia, el elemento irracional se torna cada vez más relevante.

Estos días mi partido -en el que contra toda lógica sigo siendo militante- ha sido protagonista de una brutal confrontación expuesta a carne viva delante de todo el país. Justo en el momento en que más acosado está desde el punto de vista electoral – o precisamente por ello- las distintas facciones han sacado la recortada para convertir la sede de Ferraz 70 en el escenario de una lucha fratricida repleta de escenas berlanguianas, como la historia de la urna detrás de la mampara, las cinco horas debatiendo el orden del día o el grito, en días previos, de una desconocida en mitad de la calle reivindicándose como autoridad una y trina en el momento de vacío institucional.

Con el paso de los días, y con los zurcidores de remiendos y costuras en plena faena, conviene recordar el papel de los chamanes de mi partido en este vodevil. No me referiré a los barones, que al fin y al cabo son administradores territoriales aupados por la coyuntura congresual.

Sino a ese consejo invisible de sabios -ex presidentes de gobierno,  ex secretarios generales, ex presidentes autonómicos y hasta ex ministros famosos por sus leyes de la patada en la puerta– que, reunidos en torno a la hoguera, empezaron la danza ritual al son de los tambores de guerra que percutían en grupos de comunicación que ya nunca serán lo que fueron.

Los chamanes del partido nunca yerran. Siempre habrá una razón última para justificar incluso sus actos más deleznables, como la guerra sucia, la corrupción con los fondos reservados, la reforma alevosa del 135 o el pago, con cargo a nuestras cuotas de militantes -con mi dinero- de la defensa letrada de gentes como Vera o Barrionuevo. Como socialista que soy, me aborrecen tales episodios de mancha infinita sobre el luminoso faldón del credo ideológico al que me  debo. Pero lo relevante en este punto es que pese a ello, los chamanes no pierden la autoridad moral y espiritual que les permite seguir maniobrando y urdiendo tramas.

Construyen el relato del auge del líder, como en su momento ocurrió con el outsider Pedro Sánchez, y construyen apenas dos años después el de su caída. Sin contradicción aparente por el camino. Juegan con el legado de la victoria de antaño, sin asumir responsabilidad alguna en la decrepitud intelectual de los cuadros del partido que hoy ocupan el escenario, criados y amamantados en la cultura endogámica de la fontanería y las luchas estatutarias, reglamentarias y de congresos a la búlgara desde sus tiempos de juventudes.

El PSOE ha perdido la capacidad de reclutar el talento. Y eso no sólo ocurre por la emergencia de un actor formidable contra el que un servidor se ha empleado con rigor en sus escritos, sino por la excesiva devoción que se le sigue prestando a los chamanes del pasado. Las viejas  glorias de la Transición, de los años de plomo, de la lucha contra el franquismo o de los difíciles 80 en el gobierno, contribuyen a asentar la percepción de que hay un vacío por el que se cuela el desánimo, en una generación desprovista de toda épica. Un vacío que no se puede llenar con la sublimación de valores tales como la lealtad o la obediencia ciega a la organización por encima del talento y la capacidad crítica que esa generación sí tuvo oportunidad de probar en su desafío a los viejos del lugar, allá por Suresnes.

Un vacío que, como bien decía Borrell, llena con nuestros hijos las filas de Podemos.

Tarde o temprano, harán sonar los chamanes de nuevo los tambores de guerra, quien sabe si llevados por el espíritu de cruzada de la salvación de la unidad de España -de la que se han convertido en aparentes albaceas y patronos- y ayudarán a construir nuevos relatos para cabalgar a lomos de conspiradores, plumillas, tertulianos de medio pelo y editorialistas faltones.

Puede que entonces, en la siguiente cabalgada, la tropa a la que dirigen sus cánticos proféticos haya quedado confinada a una reserva india acotada por alambre de espino tendido entre estachas clavadas en la tierra, en un espacio reducido en mitad de la nada. Y será entonces cuando los chamanes hayan dado el paso decisivo al estadio al que tanto están haciendo por llegar.

A la prédica en el desierto, donde ya no quede nadie que les escuche. Porque mientras estaban en trance, mascando peyote y danzando en torno al fuego divino, no cayeron en la cuenta de que la tribu se les estaba muriendo de pena socialista por el camino.

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