MACHOTES

Hace casi siete años tomé la decisión de marcharme de España.
No fue fácil. Ni por perfil profesional ni por edad, era sencillo tomar un camino que habían decidido emprender cientos de miles de jóvenes atrapados en el túnel sin salida de la crisis.
Mi destino fue Inglaterra. Quizás porque aquel país se había convertido en una tabla salvavidas, con su libra y su economía resiliente. Aunque para ser sincero, la motivación esencial fuera aprender inglés, como casi todo el mundo.
Los comienzos fueron duros; no voy a recrearme en ellos. Ya hay suficientes textos que abundan en las trabas burocráticas, la odisea de encontrar habitación y el dichoso, National Insurance Number con el que todo emigrante británico estará sobradamente familiarizado.
Lo que me importa hoy no es tanto relatar la experiencia del emigrante retornado y —en cierto modo afortunado con su desempeño actual— como describir algo de lo que fui testigo y que empiezo a ver en España.

Pongámonos en situación.

Un autobús de la línea 15, que cruza Londres al norte del Tamesis, de oeste a este, desde el bullicio de Trafalgar Square hasta el viejo East End, antiguo refugio de emigración yiddish, más tarde paquistaní y hoy poblado de europeos llegados allí con la gran recesión.
Voy con tres amigos polacos en el bus, dos chicas y un chico. Una de las chicas es una recién llegada, con un inglés todavía precario. Es la razón por la que sus tres compatriotas pasan del inglés, lengua franca común que nos une a todos, al polaco.
Jarek, el chico polaco, es homosexual. Le cuesta reconocerlo, pero confiesa que una de las razones por las que está aquí es esa: el infierno de ser gay en su país. Me escandaliza en ese momento —mucho más de lo que lo haría hoy— saber que en la Unión Europea alguien como él pueda sentirse hoy perseguido por su condición sexual.
Estamos a finales de 2013, hace seis años. La fragilidad los derechos humanos cuando se vinculan a la ciudadanía, la moral o la tradición, sorprende si se pone ese dato en contexto.

Hoy soy más consciente que entonces de que dos hombres cogidos de la mano en una capital de provincias en Polonia podrían llevarse un botellazo en la cabeza sin que la policía moviese un dedo con mucho empeño.
Cerca de donde estamos sentados, en la parte trasera de la planta superior del autobús, hay un hombre de aspecto huraño que vuelve la mirada de cuando en cuando. Su hostilidad se va haciendo cada vez más notoria. Primero son los rasgos eslavos de mis acompañantes los que llaman su atención; y el mío intuyo, mediterráneo por los cuatro costados. Luego, nuestro inglés poco académico y precario, lengua común para gentes de las dos esquinas del continente a las que el azar y el trabajo reúnen en aquel lugar.
El tono de voz de Jarek, discretamente afeminado, espanta a aquel hombre. Como si además de profanar con su mera presencia ese pedazo de Inglaterra, no pudiera reprimir el asco que siente al ver el idioma de sus antepasados mancillado por un maricón polaco.
Las dos chicas perciben la hostilidad.

Me conmueve su indiferencia sumisa, diplomática, natural. Pienso que se debe a la aceptación del destino trágico de un país sometido y mutilado, en el que uno de cada siete de sus habitantes fue exterminado durante la Segunda Guerra Mundial.

Cerca de la estación de Poplar, el tipo de la mirada hostil se levanta de su asiento. Aprovecha la cercanía a su parada para, desde el borde de la escalera que le conduce al nivel inferior del autobús, escupir toda la ira contenida.
No puede contenerse por más tiempo.
You, faggot fuck, blody polish, stupid spanish…y una larga retahíla de insultos acelerados entre los que destaca, por encima de todos ese “maricón de mierda” destinado a Jarek.
No es resentimiento de clase; ni la furia del hombre blanco dejado atrás por el sistema, el famoso ecosistema redneck y white trash que dio la victoria a Trump. Es algo más salvaje, acunado en las tripas de aquel animal que se besa el pin de la bandera de Inglaterra —blanca con la cruz de San Jorge— prendido en la solapa mientras escupe y brama de rabia como un acto de liberación.
Es algo más primario.

Es odio puro en toda su expresión, en toda su miserable grandiosidad. Un odio incondicional, primario, animal, instintivo, seminal. Toda la infamia de la humanidad, reprimida por siglo y medio de civismo, de repente desbocada en un torrente incontenible de ira.
El resto del pasaje calla. Nadie quiere líos. Hago un amago, pero Jarek me contiene. Me conmueve su aceptación del dolor.
Han pasado los años, pero aún guardo el sabor amargo de la humillación. Sólo quien ha sido inmigrante económico, y no un expatriado ocasional con trabajo y buena posición en una gran compañía, sabe lo que se siente.
Yo lo fui durante un periodo breve de mi vida. Y aunque —como todos los malos recuerdos— este viva agazapado en un lugar casi oculto del subconsciente, me niego a olvidar el poder de la experiencia.
La experiencia me sirve para empatizar con ese ejército de latinos con los que comparto vagón cada día desde la estación de metro de Cuatro Caminos. No soy un buenista. No muestro empatía porque me lo haya impuesto una imaginaria dictadura progre, viva en la mente enferma de un ejército patético de conspiranoicos.

No soy producto de una moral adoctrinada por el globalismo y el rechazo a lo español. Si acaso, soy lo que soy porque mi madre me educó así, y por el poder de la experiencia propia.
Amo a España con toda mi alma. Con el amor incondicional que sienten quienes se han alejado de ella contra su voluntad. Y, si me esfuerzo en mostrarme amable con los extranjeros en mi tierra, es porque yo mismo lo he sido.
Puede que cuando usted esté leyendo esto ya haya votado el domingo. Si es así, espero que la España que se abre ante nosotros sea reconocible como lo que hoy todavía es. Un país tolerante, acogedor y abierto al mundo.
Si no es así, si lee esto antes del domingo, haga uso de esta historia para reflexionar sobre lo que está en juego.
Piense en su hijo. En el pequeño; de cuya homosexualidad sospecha, aunque usted se empeñe en negarlo ignorando las señales más obvias.
Piense en su hija, la mayor; la que tiene que fingir que está hablando por el móvil, de camino a casa tras una noche de fiesta, cuando enfila un callejón en el que se atisba una presencia amenazante, a ver si así espanta su miedo y ahuyenta al potencial acosador.
Piense en su otro hijo, el mediano; el que a estas horas está sentado en la última fila del autobús en Londres, volviendo a su piso compartido en un suburbio de la ciudad después de un día agotador de trabajo.
Piense en él; y no olvida que, a su lado, muy cerca de él, hay un tipo fornido con mirada torva que recela de su aspecto. Que detesta su idioma. Que siente asco ante su sola presencia. Que, si pudiera, la insultaría, le escupiría a la cara o le recriminaría su presencia allí.

Piense en ese machote envalentonado y que se alimenta del discurso putrefacto del odio.
Piense en él y en todos los machotes que juegan a ser valientes con los miedos ajenos.
Y, antes de hacerlo, antes de depositar la papeleta, mírese al espejo.

Y piense si de verdad espera que alguien como Espinosa de los Monteros, de los Espinosas-de-los-Monteros-de-toda-la-vida, va a hacer algo por usted y por los suyos.

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