Madrid Arena y la silenciosa desaparición de lo público

Madrid ArenaINT

Leo en estos momentos que el vicealcalde de Madrid, Miguel Ángel Villanueva, ha presentado la dimisión, forzado por la alcaldesa, Ana Botella.Botella y Villanueva, en una rueda de prensa reciente. | E.M.

Cuando un presidente, el alcalde de una gran ciudad o un alto cargo cesa a su segundo de a bordo tras un escándalo o la nefasta gestión de una crisis, el protocolo habitual señala que se tiende un cortafuegos para que el incendio no termine de alcanzar al máximo responsable. Es una de las máximas en torno a las que se articula el otro lenguaje político, el que manejan los fontaneros expertos en reparaciones de urgencia para salvar los muebles en medio de la polvareda.

Y es que a la tragedia humana que supone la muerte de cinco chicas aplastadas en medio de la marea humana, se une la cadena de revelaciones ofrecidas por cámaras de seguridad, llamadas angustiosas atendidas de forma deficiente o grotescas chapuzas como la contratación del equipo médico por parte del organizador. El incendio se extiende con la misma velocidad con la que los corifeos gubernamentales han ido intentando echar balones fueras, a fin de que la porquería no alcanzase a una alcaldesa que lo es por designación digital de Gallardón.

No merece la pena emplear más tinta de la debida en los sucesos. De la historia del Madrid Arena, sale un folletín por entregas de chulos de la noche, amigos del poder, mafiosos de nuevo cuño y macarras de medio pelo disfrazados de seguridad.

Pero hay algo más que las obviedades mencionadas en esta historia.

Tienen razón quienes, defendiendo al ayuntamiento y su cabeza visible, Ana Botella, apelan a la generalización del modus operandi del Madrid Arena en el conjunto del país. Es un instinto primario de los tertulianos de la noche: todo el mundo actúa igual. Es una sentencia a la que el tertuliano suele apelar cuando sabe que no le queda escapatoria y está condenado a defender lo indefendible, porque al menos repartiendo porquería entre un colectivo se difumina o atenúa la responsabilidad del momento, al tiempo que se echa un capote a la pieza a defender, una alcaldesa de las nuestras,  acosada en la cacería política desatada.

A mí lo que me interesa de la tragedia del Madrid Arena no es si Ana Botella estaba en un spa en Portugal en medio de la crisis; o si el tal Miguel Angel Flores terminará en prisión o si asistiremos en cambio, a un nuevo disparate judicial que exima de responsabilidad al fulano.

Lo que me interesa es lo que sugiere este episodio en términos, si se me permite, de pura filosofía política y económica.

En primer lugar, estamos ante el ejemplo de manual de privatización de espacio público, ofrecido no ya al mejor postor, sino a una empresa que acumula deudas con la seguridad social entre otras credenciales. No me detendré en las especificidades del proceso de contratación, con un ejemplo clásico de huída del derecho administrativo a través de subterfugios y empresas público-privadas interpuestas. Basta hacer un simple cálculo. Se construye un espacio público, con dinero público. A razón de 105 millones de euros, de los de 2002. Y se alquila por horas a piratas de la noche para que organicen botellón exterior y vendan el doble de entradas de las permitidas por el aforo del recinto. Tales piratas pagan 20.000 euros por el recinto público. Repartiendo los 105 millones del coste del recinto entre los 3.500 días que lleva funcionando, resulta que a la ciudad de Madrid paga diariamente 30.000 euros. El coste de amortización diario es, por tanto, superior a lo que pagó Flores por hacerse con la exclusiva de un inmueble como ese para ofrecer el espectáculo del 1 de noviembre.

Al disparate económico, se une el absurdo administrativo. Licencias de apertura provisionales, deficiencias de seguridad y remiendos burocráticos de urgencia que se expiden sobre el papel que todo la aguanta. Si hiciéramos el ejercicio de cuestionarnos sobre  las razones por las que se recela de nuestro país en el exterior, difícilmente podríamos encontrar mejor síntesis de caos normativo, deficiencias en la inspección y dejación de funciones sobre el terreno, más allá de lo que el papel y la autorización previa ofrece como leal compañera de la anquilosada tradición administrativa española. Campo abierto para la corrupción.

Cuando en estos días se habla de reiniciar España, de implementar reformas que nos hagan más competitivos o de alentar el espíritu de emprendimiento en una sociedad herida por la crisis como la nuestra, algunas escuelas de negocios y ciertos gurús de la nueva economía aprovechan para despotricar contra lo público y el papel de un estado omnímodo que coarta al emprendedor, enmarañado en medio de un marasmo burocrático a la hora de empezar un negocio.

Por desgracia, la realidad acaba por fulminar a los apóstoles del discurso evanescente y teórico. Y ofrece en bandeja la réplica perfecta, esta vez envuelta en la tragedia  del Madrid Arena.

Porque lo que ocurrió allí es más que una sucesión de calamidades y desgracias. Es más que el desastre inducido por un empresario tramposo, en cuyas asquerosas manos se puso un bien público pagado por la gente de a pie con sus impuestos.

Lo que ocurrió esa noche fue la perfecta conjunción de las consecuencias teóricas de la Escuela de Chicago en estado puro, con Milton Friedman como sumo pontífice, y sintetizadas en cinco pasos:

1- desaparición de controles públicos

2.- privatización de bienes colectivos

3.- limitación del riesgo y maximización de la ventura en la apuesta empresarial de un amigo del poder

4.- banalización de los controles legales

5.- huída del derecho administrativo

El estado no solo se desmantela vendiendo grandes empresas públicas o privatizando servicios estelares. El estado desaparece también a través de pequeños gestos: controles que se omiten; inspecciones que no se hacen; bienes públicos que se fabrican para llenar bolsillos ajenos…

Es un desmontaje silencioso. Y cuando llega la crisis y el golpe imprevisto, ya es tarde para los lamentos. Ya no hay ni autoridad a quien pedir cuentas. Se ha difuminado, víctima de la ensoñación liberal que promete el ideal de la desaparición de lo público.

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2 comentarios en “Madrid Arena y la silenciosa desaparición de lo público

  1. Hola Jesus,

    Creo que este es el enfoque correcto del tema, siempre lo he creido. Sin embargo, esta idea no la he visto reflejada en la opinion publicada ni extendida entre la opinion publica. Una de las razones de nuestra situacion ha sido la falta de control publico, ejemplo maximo el banco de España, ya que la labor funcionarial ha sido laminada por la labor politica huyendo de su independencia. Los desmanes de avaros siempre existiran y es eso lo que hace necesario la fortaleza del sector publico a nivel de inspeccion y control. Desgraciadamente, en nuestros dias eso se vende, y se compra, como burocracia, traba administrativa y limitacion a la actividad emprendedora.

    Solo una correcion, en los 20.000€ se incluia el pabellon y la seguridad para como indicas en el punto 3 limitar el rieso.

    Un saludo.

  2. Gracias por tu comentario; a mayor abundamiento de lo que expones, y empezando por el final, los 20.000 euros eran el precio final, si se completaba un aforo superior a 5.000 personas, porque de lo contrario, con menos de 5.000 entradas vendidas, el precio se quedaba en 12.000. Para completar facilidades, la empresa abonó el 50% de esa cuantía a la firma del contrato, y el 50% a término del evento. No se pueden poner más alfombras rojas a los amigos del poder…
    En cuanto al fortalecimiento de los controles públicos, yo siempre he sido partidario de una transformación en los usos y costumbres de la administración en España, demasiado centrada en el control a priori. A mi modo de ver hay que impulsar una nueva cultura interna, basada en el reforzamiento de los controles a posteriori, con una inspección rigurosa y un sistema sancionador severo cuando se detectan irregularidades graves. El defraudador siempre va por delante de la norma, es ley de vida, porque la norma es rígida y poco ágil frente a interpretaciones que se sitúan en los límites de la misma. Hay profesionales que dedican todo su tiempo a crear puertas falsas para evitar la aplicación de la norma y eso acaba por debilitar el sistema. Un ejemplo de hoy, la famosa caja B. Nominalmente se cumplen todos los requisitos contables de la A, la oficial, pero todo el mundo sabe que existe fraude en B. Y muy voluminoso. Gracias por contribuir con tus palabras.

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