Más allá del miedo al miedo

En estos tiempos de recurrentes paralelismos con crisis pasadas, como la de la Gran Depresión americana que arranca en el 29 y se extiende en la década de los 30, la frase pronunciada por Roosevelt «a lo único que debemos tener miedo es al propio miedo-« se ha convertido en un alegato contra los males que nos aquejan. En un mantra que nos recuerda la fortaleza del ser humano y su capacidad para superar los obstáculos que, como en el pasado, nos conducen a situaciones críticas.

Personalmente, atribuyo el origen de la sentencia a la relectura que de Keynes se está haciendo en la Europa asolada por la dialéctica del desmontaje paulatino de un estado del bienestar que, a estas alturas y por arte de magia, resulta ser insostenible. Un dispendio que no nos podíamos permitir y que lapida los recursos que el mercado, en su infinita y articulada precisión, necesita para crear la riqueza infinita que conforma el paraíso idealizado por los hijos de la Escuela de Chicago.miedo9

El miedo.

Poderoso catalizador de recursos que bombea con fuerza la sangre de los más ignorantes. Los que se levantan, como tantas veces en la Historia, contra amenazas fantasmales que de cuando en cuando renacen de sus cenizas. La inmigración que nos desdibuja como sociedad; el extranjero que roba trabajo; el eterno rival con el que siempre tenemos cuentas pendientes; los pobres, vagos acostumbrados a “mamandurrias” para destruir el sistema.

El miedo envenena los pueblos. Acobarda el espíritu y envilece a los hombres, retraídos en el arcano de los instintos que afloran de cuando en cuando, recordatorio perenne del salvaje que habita en nuestros genes desde los tiempos de las cavernas.

El miedo alimenta maquinarias perversas, como las que proporcionan el combustible preciso para que elementos concebidos como esenciales, tal que la Banca, sigan perpetuando prácticas mafiosas contra la gente que no puede pagar la hipoteca.

Un ejemplo vivo de este temor primario que nos atenaza y nos asfixia en medio de esta crisis que devora sueños y escupe vidas.

Perder la casa sería el primer paso de un camino que empieza con el repudio colectivo hacia el paria, incapaz de hacer frente a sus deudas. El calvario termina en el cementerio civil al que conduce la imposibilidad de devolver el crédito hipotecario tras una ejecución que no cubre la totalidad de la deuda. Es el camino que conduce al territorio del absurdo, en el que un hombre es incapaz de volver a tener posesión alguna a su nombre para escapar de la deuda viva, con la que el sistema hipotecario español disfrazó su notable fortaleza en la historia reciente de este maltrecho país.

Personalmente, y sintiendo diferir del propio Roosevelt en la cuestión, no creo que lo único a lo que debamos tener miedo sea al propio miedo. Me ocupa y preocupa más la indiferencia, ese territorio nebuloso que se extiende entre el miedo y el coraje, como un limbo que se extiende entre el cielo y la tierra, o más bien a las puertas de un Purgatorio en el que nos resistimos a entrar.

Y percibo la indiferencia en todas partes, en un estadio superior al miedo al propio miedo.

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