Hace un año, cuando nos hicimos la foto que ilustra este artículo, me quedó claro que se avecinaba un desastre a la vuelta de aquél verano en el que tú andabas de bolo de campaña en Menorca y yo de vacaciones por la isla.

Fue una conversación fugaz pero intensa, a pie de atril, una vez terminado el acto en el que intervenías con el alcalde del pueblo y,  Nuria Parlón, que por cierto estuvo extraordinaria aquél día. Intercambiamos batallas y referencias a conocidos comunes. Y te confesé la frustración que me producía no haber llegado a coincidir contigo en el Congreso de los Diputados, en el que tú entrabas al tiempo que yo salía, como si nos cruzásemos en la salida de la puerta de Cedaceros sin poder llegar a construir una relación basada en la identidad de postulados políticos y -algo muy importante para mí- las afinidades literarias exóticas que compartimos, como los escritores centroeuropeos del pasado siglo.

Hicimos amago de vernos a la tarde o a la mañana siguiente, dado que tú te quedabas en Mahón a pasar el día. Pero a mí me pesaba el séquito familiar, y bastante trastorno había hecho interrumpiendo las vacaciones para ver un mitin de campaña.

Me quedó un regusto amargo, eso sí, después de que en aquéllos apenas diez minutos de conversación, me pintaras con anticipo el huracán que se iba a desatar en el otoño siguiente. Quizás desde la confianza que te inspiraba el hecho de que, tal como te confesé, te había apoyado en aquéllas fallidas primarias, lo que en teoría, me hacía receptivo a tus confidencias.

El sorpasso de Podemos era un hecho consumado, dado de de la suma aritmética de los votos con Izquierda Unida. Yo te confesé mis dudas, quizás por el recuerdo reflejo del pacto fallido de Almunia con la IU de Frutos en aquella lejana campaña de 2000 de la que traía causa mi escaño en el Congreso.

En todo caso, me quedó claro que se estaba armando un relato basado en la masacre que se avecinaba aquél 20 de junio, con sorpasso, debacle y rebelión contra el secretario general de la derrota en una secuencia lógica de acontecimientos.

Y que tú, referencia moral del socialismo, ibas a mancharte de barro en la operación.

Al final no hubo sorpasso. El PSOE aguantó maltrecho, como sigue a estas alturas, pero con el liderazgo al frente de la oposición y la posibilidad de terminar con la iniquidad del gobierno Rajoy a la vuelta de aquél verano de conversaciones en reservados de restaurantes del barrio de Salamanca y encuentros fugaces de barones deseosos de saltar al ruedo nacional después de años de penitencias autonómicas.

Aquélla derrota no fue dulce, pero tampoco era la catástrofe que se había anticipado para desatar la tormenta que iba a traer en volandas a la presidenta de Andalucía. Y es ahí, en medio del lodazal y la niebla de la guerra que diría Clausewitz, donde utilizaron tu crédito y tu imagen, una vez más, los verdaderos arquitectos del desastre que iba a desatarse.

Permíteme mirar un poco más atrás, Eduardo. Al momento en el que los sabios de antaño decidieron que tú no eras la persona idónea para dirigir un partido que sólo ellos podían administrar desde lo alto de las atalayas, después de haber insinuado lo contrario durante años en los que cultivaron tu faceta intelectual y federalista, muy en sintonía con el tardo-zapaterismo que había quedado maltrecho con la crisis pero que podía levantar el estandarte de tu mano a poco que el recuerdo de aquéllos días aciagos amainase.

Te vieron radical, inmaduro, demasiado racional, intelectual, izquierdista en exceso.

Fueron ellos y no los enemigos que estaban por venir, los que habían tomado las decisiones pertinentes entre camarillas de lealtades prestas a reclamar parcelas de poder a lomos de una visión latifundista del socialismo de los ochenta que creyeron reencarnado en la fuerza del sur.

Hace mucho tiempo, en otra epístola sin receptor conocido, te conté amigo Eduardo que si no te quieren lo mejor es quitarse de en medio voluntariamente. Les imagino y les veo ahora, en medio de la tormenta, golpeándose el pecho en la furia de las tertulias por el talento perdido que este partido ha aprendido a centrifugar a fuerza de lenguajes de lealtades binarias. Te sugiero, compañero, que no te recrees en el lamento fúnebre de los oráculos. Porque fueron ellos los que jugaron con tu legado, con la autoridad moral que tu figura representaba, para lanzar tu nombre a la batalla sin consideración ni estima.

Cuentan que, un capitán inglés, subido a la proa deshecha del San Juan Nepomuceno tras el combate de Trafalgar, se descubrió la cabeza y lloró con pena la muerte del enemigo capitán español, Churruca, de cuerpo presente en su cabina. Y que, delante de los oficiales que rendían el barco español, exclamó con dolor aquello de “hombres de ciencia, como Churruca, sabio de mar, navegación y astrofísica, no deberían ser expuestos por las naciones civilizadas a los rigores del combate, para preservar su conocimiento al servicio del bien común de la humanidad”.

A ti, Eduardo, como a Churruca, fueron los sabios que ahora llenan con panegíricos tu pérdida para la primera línea, los que te condenaron a batirte en el barro después de negarte lo que por sentido común te debió ser dado en aquéllas primarias. Su apoyo.

Y le privaron a este partido, a todo él, de tu figura cargada de autoridad moral y sacrificio personal en la vanguardia de la lucha contra el terrorismo, para alimentar calendarios orgánicos personales y cuadrar encajes institucionales con la pericia que se estilaba en el manual de los fontaneros de los ochenta.

No pierdo la esperanza de que algún día podamos tomarnos el vino que pudo ser y no fue en Menorca. Y que, a ser posible, la conversación gire en torno a los maestros de los que somos devotos. De Roth a Andric, pasando por Danilo Kis, Zweig o Perec.

Del partido que hablen los que saben y entienden.

 

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