Mi República

Alguien dijo aquél 14 de abril, que España se había acostado monárquica la noche anterior y se levantó republicana a la mañana siguiente.

Fue así, sin mucho ruido, como se produjo un cambio de régimen que tenía el pobre precedente de la I República de 1873, medio siglo atrás, y cuyo legado perduró en la memoria colectiva a través de los callejeros de pueblos y ciudades que se encomendaron a Pi i Margall, Castelar, Serrano o Salmerón. Siempre me intrigó esta glorificación urbanita con los padres de aquélla I República, por cierto.

Me gustaría poder decir que soy republicano por herencia familiar. Por compromiso político de mis antepasados y abnegada entrega intelectual de mis ancestros. Pero la realidad es otra. Ciertamente, mi abuelo luchó en la guerra en el bando republicano, más por azares de un destino que lo situó en zona leal al gobierno que por enjundia ideológica, como la inmensa mayoría de hombres y mujeres sin muchos desvelos intelectuales y pobremente formados en la España rural a los que partió aquélla tragedia, convertidos en peones de un alzamiento criminal y cobarde contra una legalidad a la que nunca dejaron germinar.

No, mi republicanismo no viene de cuna.

Mi república no se define por la ausencia de un rey, ni por las golferías de su prole convenientemente aireadas en esta España de folletín que se pierde en el titular jocoso y entrega su alma a tertulianos de tercera. Ni por una lealtad soñolienta y evocadora a una bandera que hoy se agita para todo como símbolo de contestación social contra la derecha gobernante.

Mi república se alimenta de Habermas, de Arendt, de Ulrich Beck, de David Held o de Azaña. No se circunscribe a una bandera o a mitos revolucionarios en los frentes de batalla, por bella que sea la épica prosa del derrotado y exiliado.

Mi república no se avergüenza de la idea y el nombre de España, porque se rebela contra la apropiación indebida que de tal concepto hizo el franquismo chusquero de tópicos y sacristía.

Mi república no es un punto de llegada, ni una utopía que una vez alcanzada se nos muestra como la Arcadia soñada que inhibe la necesidad de buscar un nuevo horizonte, llamado probablemente Europa.

Mi república se rebela contra el inmovilismo atroz que oculta, tras la sacralización de instituciones aparentemente sólidas, un miedo pavoroso al cambio y la transformación.

Mi república, en fin, no vive de la nostalgia, porque hacerlo contribuye a asentarla en el pasado, que es lo que siempre quisieron los enemigos del cambio y la transformación social.

Hoy, en el día en que todo el mundo despliega banderas digitales en facebook, merece la pena reflexionar sobre un concepto que en España hemos elevado a la categoría de mito de un pasado glorioso para la izquierda española. Tan inalcanzable como el sueño de la España imperial para la derecha que aún se emociona con relatos épicos de la Conquista de America y los Tercios de Flandes.

Para que no sea lo mismo, para que el republicanismo sea en verdad una alternativa viable, y no un nuevo territorio mítico de la izquierda irredenta, habrá que llenar este concepto de algo más que banderas y cantos del Quinto Regimiento.

Mi república se declara heredera del 14 de abril de 31.  Pero no se construye sobre el lamento de lo que pudo ser y no fue. Se asienta en la necesidad del cambio de las vencidas estructuras institucionales que se nos venden como inamovibles, de las que tanto se podría hablar en esta España doliente que sólo cambia su sacrosanta Constitución cuando se lo manda la Troika.

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