Moción en Ponferrada: de torpezas, maquiavelos y berlusconis del Bierzo

Ismael Alvarez es uno de esos personajes que, de cuando en cuando, se cuelan por las rendijas de la actualidad para recordarnos que el machismo latente en  nuestro país hunde sus raíces con más fuerza de la que puede ejercer cualquier norma jurídica para erradicarlo.

Sin embargo, en su inesperado retorno a la primera plana, uno no puede por menos que reflexionar no sólo sobre los hechos por los que este personaje alcanzó notoriedad allá por el año 2002, sino por las circunstancias que rodean su resurrección política, si acaso como protagonista involuntario a través de un fogonazo que ahora parece extinguirse con su renuncia al acta de concejal en el ayuntamiento de Ponferrada.

Y en medio de las tribulaciones, presentes y recientes, no dejo de de pensar, no ya en el disparate que para otros supone apoyarse en alguien como Ismael Alvarez para alcanzar la alcaldía en una moción de censura, sino en las razones que impulsan a la población, tan sabia y respetable en sus decisiones, como para seguir otorgando el voto a alguien condenado por sentencia firme por acoso a una mujer que integraba su equipo de gobierno hace ahora 11 años.

Al margen de esta última incógnita, que uno no alcanza a despejar ni siquiera concediendo crédito a quienes reconocen a este hombre el haber realizado una buena gestión como primer edil, que le permite conservar una considerable fuerza política,  me asaltan infinitas dudas sobre el increíblemente chapucero modo de proceder del PSOE en este asunto.30

Es difícil amparar una torpeza política como esta, máxime cuando tiene lugar en una semana que nos recuerda el duro camino recorrido –y el que queda por recorrer- para que la mujer alcance la posición que esta sociedad le ha negado durante siglos. Porque el ansia por tocar poder en una plaza simbólica como esta no puede tapar la evidencia de que la centralidad política de un partido que pretenda encabezar el rearme moral y ético en nuestro país no puede ceder ante tentaciones puntuales para tocar poder «como sea».

Tengo la extraña sensación de que a Rubalcaba, como a otros líderes, le están segando la hierba bajo los pies con el objeto de consolidar pequeñas parcelas de poder a partir de baronías regionales reconstituidas para librar futuras batallas por el poder dentro del partido. Porque me cuesta creer que alguien con el capital político e intelectual del actual secretario general del PSOE, pueda amparar con su silencio, por acción o por omisión, una moción de censura en un municipio de más de 90.000 habitantes situado en el territorio sentimental y simbólico de la izquierda como la cuenca minera leonesa.

No puedo creer que en la reunión de maitines, en la que indudablemente alguien debiera haber traído a colación este asunto, Rubalcaba haya avalado con su silenciosa complicidad la concreción de una moción de censura que pivota sobre los hombros de alguien condenado por sentencia firme por acoso en vísperas de una fecha tan simbólica como el 8 de marzo. En cualquier caso, prefiero ampararme en la ignorancia antes que en la intencionalidad. Lo primero limita la culpa, pero no extingue la responsabilidad. Lo segundo, ni lo uno ni lo otro.232997

Porque, siendo estos malos tiempos para la lírica y peores para la política, torpezas como las de Ponferrada no sólo reflejan el mal funcionamiento de engranajes internos superados. Laminan el discurso de la regeneración moral de quien pretende encabezar una alternativa que vaya más allá del cambio de partido gobernante cada cuatro años, a cambio de triunfos efímeros cocinados en la trastienda de la política, ese cuarto oscuro contra el que de verdad está clamando la sociedad.

Esa es la verdadera batalla que debe enfrentar la izquierda política en este país. La búsqueda de un nuevo lenguaje en el que la conquista del poder a cualquier precio o el refuerzo de liderazgos vertebrados en torno a «conseguidores» de alcaldías no lo ampare todo.

Hoy, más que nunca, los medios son también fines, y ningún éxito efímero ampara la tentación de luchar contra la razón para conseguir una alcaldía. Mucho menos cuando quien nos conduce en volandas hacia la misma es un Berlusconi del Bierzo.

 

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