NI DIEZ JUSTOS EN GOMORRA, NI UN JUSTO EN ESPAÑA

Ahora casi nadie se acuerda.

Pero al día siguiente de las elecciones, Iñigo Errejón lanzó una propuesta que a más de uno le sonó a desvarío mental: un gobierno presidido por una personalidad independiente de reconocido prestigio por encima de los partidos políticos. Por cierto,  invito encarecidamente a leer la noticia de aquélla propuesta, hecha sólo 24 horas después del shock electoral, con las lentes del momento presente.

Confieso que me cuesta escribir sobre política cada vez más. Los partidos, colonizados por activistas digitales y community manager, se han convertido en maquinarias de difusión de consignas que se reproducen fielmente. Vídeos mutilados; cortes extractados descontextualizados; pecados de juventud;  escritos y tuits irreverentes, luego inoportunos. Todo sirve para alimentar un relato que, como siempre, siguen conformando las cúpulas y que luego se extiende por los tentáculos invisibles de la red con una legión de activistas, entrenados en la virtud de la expansión viral y analfabetos en la capacidad de raciocinio propio,  inhibida hasta ser exterminada.

Y todo ello, en un entorno de maximalismos desatados. Queda cada vez menos espacio para el matiz, especialmente en la izquierda. O se está con la gente o con la casta; o se es progresista puro o se es un neoliberal camuflado; o se está por el cambio o por la continuidad. Incluso dentro de los propios partidos, donde los ajustes de cuentas y las apelaciones al «prietas las filas» tienen la misma vigencia que antaño, pese a los presuntos aires puros de la nueva política. También ahí se lamina el espacio para la crítica y se pontifica a la vieja usanza contra los versos sueltos.

La revolución necesita soldados, no gente que piense.

Decía Errejón que podíamos ponernos de acuerdo en la investidura de una figura común de consenso, para desarrollar un programa de emergencia ciudadana y activar los mecanismos de la reforma constitucional que han sido deliberadamente encajonados por la retórica bipolar del choque de trenes. Alguien que, constitucionalmente, no tiene por qué ser ni siquiera parlamentario electo.

Lo que no tenía en cuenta Errejón es que en España, la mera tarea de ponernos de acuerdo sobre un nombre, un sólo nombre, es una tarea hercúlea. Se podría decir que en la piel de toro no es que no haya diez justos en Gomorra; es que no hay ni uno a los ojos de esa comunidad de lobos dispuestos a vetar y trazar líneas rojas.

Mientras tanto, las perrerías de una legislatura perdida, en las que con la excusa de la crisis económica se limitaron derechos y libertades tan básicos como el de manifestación o la asistencia sanitaria, se esquilmaron los recursos de la educación pública o se ampararon amnistías fiscales para defraudadores, quedan impunes en este presunto nuevo tiempo. La izquierda, con mayor o menor acuerdo de voluntades con nacionalistas y Ciudadanos, paraliza de forma simbólica la LOMCE, con una medida que en la práctica no sirve de nada, dado que la disolución de las Cortes para unas nuevas elecciones hará decaer la iniciativa parlamentaria. La derecha, se frota los ojos ante la evidencia de que procesar al 90% de los concejales de la tercera ciudad de España por ese partido no le penaliza sus expectativas de voto. Nada importa que la financiación irregular haya sido acreditada, que las evidencias se destruyan a martillazos o que el hedor de la corrupción haya salpicado a todas las instituciones.

No pretendo absolver al PSOE en la crítica. El mero hecho de que Eduardo Madina no sea diputado en esta legislatura, al tiempo que sí lo son líderes de otro tiempo -que me merecen todos los respetos-, como Cipriá Císcar o José María Barreda, dice muy poco en favor del modo en que se sigue entendiendo la disidencia y la discrepancia de puertas para adentro. Las maniobras de barones de todo pelaje, la permanente sensación de interinidad del secretario general y las aspiraciones de Susana Díaz restan al que es mi partido un inmenso caudal de legitimación política a favor de ese supuesto tiempo nuevo cosido a martillazos con mazos de otros muy viejos.

Los vetos cruzados entre Ciudadanos y Podemos son la versión edulcorada, tolerada, presentable, del veto mutuo que ni siquiera se puede escenificar, el de PSOE y PP. Pero vetos al fin y al cabo. Y ello a pesar de ignorar factores como el evidente trasvase de votos entre ambas fuerzas -sí, entre Podemos y Ciudadanos- en un escenario tan simbólico como Cataluña, en unas elecciones, las autonómicas y las generales, celebradas con sólo dos meses de diferencia.

Si nada lo remedia, el final de esta historia se escribe en junio, con unas nuevas elecciones que nadie quería y cuya repetición nadie puso empeño suficiente en evitar. En el escenario más probable, PP y Ciudadanos si nada lo remedia, tendrán mayoría y alcanzarán un acuerdo para formar un gobierno que echará a andar a la vuelta del verano. Y a la izquierda la castigará una menor participación, porque no es lo mismo votar en diciembre, con un triste invierno por delante, que hacerlo en junio, cuando por mal que se comporte la economía, hay perspectivas de creación de empleo estacional que apacigua los ánimos.

Por el camino, los españoles habremos perdido mucho más que un año de nuestro precioso tiempo. Podemos disimulará su caída pactando con IU y juntos conseguirán, al menos en votos, el ansiado sorpasso. El PSOE entrará en su catarsis decisiva y se lanzará en brazos de un nuevo liderazgo, previsiblemente andaluz, para enterrar el sueño osado de Sánchez.

Iglesias se habrá coronado rey de un imperio menor, el del liderazgo de la izquierda. Y por el camino, toda la retórica de la transversalidad ideológica, del impulso reformista y el cambio real, se habrá limitado a un maquillaje en las nomenclaturas y las siglas para conquistar el premio menor de ser el primero de los perdedores.

Como cuenta el Génesis, Abraham no pudo encontrar diez hombres justos en Gomorra para salvarla de la ira de Dios.

Cómo íbamos a encontrar nosotros uno, sólo un hombre justo, en España.

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