Nuestro Exilio

Sería por el mes de julio o agosto de 2016.

Recuerdo la fecha por la cercanía con el referéndum del Brexit y la abundancia de artículos sobre las consecuencias prácticas que aquella decisión iba a tener para los británicos que vivían con un pie a cada lado del canal de la Mancha.

Todos los medios sin excepción se referían a los ingleses residentes en el continente europeo como britons expats, y no como immigrants. La explicación académica es que los primeros están fuera temporalmente por motivos laborales (aplicable sobre todo a los ejecutivos de cuello blanco) y no persiguen un cambio de nacionalidad o ciudadanía, como se asume que sí persiguen los segundos.

En esencia, yo era y siempre sería un inmigrante español en Reino Unido, con independencia de que mis horizontes de permanencia allí fueran temporales; pero los británicos residentes en España o Italia eran definidos con el más elegante término de “expatriados”, asumiendo que un inglés en su sano juicio, nunca renunciaría a esa nacionalidad.

El lenguaje nunca es neutro. Los conceptos con los que definimos el mundo nacen de la perspectiva desde la que miramos, del contexto y también del poder de quien los moldea. Esto último lo describió Lewis Carroll como nadie a través del diálogo de aquel huevo humanizado llamado Humpty Dumpty con Alicia -la del país de las maravillas-: las cosas significan lo que yo quiero que signifiquen. Muy apropiado viniendo de una figura con forma testicular…

Es la razón por la que un inglés nunca describe a los suyos fuera de su país como inmigrantes, sino como expatriados. Porque tiene el “poder” de imponer esa afirmación a partir de una herencia cultural que hunde sus raíces en décadas de dominación colonial y supremacismo más o menos sutil.

Es un ejemplo de poder normativo fáctico, sombrío y casi ilegítimo frente al cual se alza otro tipo de poder, basado en la legitimidad y la autoridad moral que confiere la Historia.

En España, el concepto Exilio se ha ganado el derecho a ser escrito con mayúsculas. Porque con él no hacemos referencia al viaje de vuelta de Ulises desde Troya a Itaca, aunque lo fuera. Ni a la condición que ostenta quien huye de su país por razones de persecución política o para escapar de la acción de la justicia, aunque también lo fuera.

Nos referimos en exclusiva a aquella incontenible riada humana, con los jirones de un ejército deshecho entremezclados con mujeres, ancianos famélicos y niños que avanzan camino de la frontera francesa.

El Exilio se escribe con mayúsculas porque quien cruzaba los pasos de montaña del Pirineo catalán aquel enero del 39 o quien atestaba la cubierta del Stanbrook en el puerto de Alicante no huía de la acción de una justicia legítima, sino de la venganza cruel de un carnicero sediento de sangre.

Nuestro Exilio es uno, y se nutre de imágenes con la de aquel anciano enjuto que primero se calienta las palmas de la mano a la lumbre, para luego extender el calor en el cuerpo frágil de un niño que lleva en brazos. Incluso frente a otros exilios igualmente épicos, como el de los emigrados a Inglaterra tras el fin del trienio liberal o el más marginal durante la dictadura de Primo de Rivera, aquel del 39 es nuestro Exilio.

Las palabras tienen vida propia. Hieren, matan, mutan y movilizan conciencias. Y, precisamente por eso, no pueden ser desnaturalizadas con frivolidad, rompiendo consensos más o menos amplios sobre sus significados. Incluso cuando se juega la carta tramposa de la RAE, cuya doctrina pontificamos o censuramos dependiendo de donde sople el viento.

En caso de duda, siempre recomiendo al artículo 3 de nuestro Código Civil. El que recuerda que las normas deben interpretarse, con arreglo a eso que los alemanes llaman zeitgeist y que aquí bien podríamos traducir por el espíritu del tiempo imperante.

Siendo así, antes, hoy y probablemente durante muchos años, bien haríamos en entender lo que es o no es el Exilio de acuerdo al paradigma moral forjado hace ahora 82 años. Allí, en las playas del Rosellón francés, cuando la primera democracia española murió confinada bajo el frío y el hambre, custodiada por guardias senegaleses entre estachas y alambre de espino.

Ese es nuestro Exilio.

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