Cuando la Segunda Guerra Mundial terminó, con los tanques rusos paseándose a orillas del Elba, nadie tenía muy claro que la alianza de las potencias occidentales y la URSS fuera a extenderse mucho más tiempo del que exigía la derrota del enemigo común, la Alemania nazi.

Churchill, ferviente anticomunista victoriano educado en la amenaza rusa al Imperio Británico, ordenó a sus generales que idearan un plan secreto ante la eventualidad de un ataque soviético, con sus tropas estacionadas más allá de Berlín, en Austria y en la frontera italiana.

Los planificadores, abrumados por este hipotético conflicto en el que por vez primera habría que introducir el factor nuclear, bautizaron el escenario con un nombre bastante elocuente.

Operation Unthinkable. Algo así como Operación Impensable.

Una denominación bastante aproximada al inimaginable escenario de una Tercera Guerra Mundial cuando las ciudades europeas aún estaban en ruinas por los efectos de la Segunda.

Si se me permite, con todas las cautelas, utilizar la idea de la Operación Impensable para referirme a la crisis socialista es, entre otras razones, porque el lenguaje bélico -con sus “movilizaciones”, “ejércitos susanista y pedrista”, “victorias pírricas” y “derrotas tácticas”- ha terminado por colonizar un debate en el que cada vez queda más claro que no habrá prisioneros.

Esa posibilidad ha quedado cegada desde el momento en que la candidatura de Pedro Sánchez ha superado, en mucho, el número de avales que se creía a su alcance, teniendo en cuenta sus condiciones de partida: outsider, ex secretario general sin escaño, sin aparatos regionales a su disposición y con todos los tótem y oráculos del partido a la contra.

Aunque el relato de los partidarios de Susana Díaz se centre en la victoria obtenida en el número de avales, lo cierto es que las primeras reacciones en las redes sociales de sus leales revelan el estupor que el dato de los más de 53.000 avales de Sánchez causó en sus huestes.

A la incredulidad por la cifra siguió el cuestionamiento inmediato de la validez de los avales. Es en esa primera reacción en caliente donde hay que calibrar el estado de ánimo de un contendiente, por mucho que el relato en frío, cocinado, pusiera todo el énfasis en la frágil victoria por 6.000 avales. Que no votos, por cierto.

Lo que hasta ahora habíamos visto en esta campaña carecía del soporte del dato empírico.

Los actos se pueden llenar con simpatizantes, con militantes que se desplazan de ciudad en ciudad, e incluso con curiosos y ajenos que votan a otras opciones más o menos cercanas.

La neblina de la incertidumbre en torno a la fuerza real de Sánchez la disipa el número de avales cosechados.

En este combate, en el que Susana Díaz buscaba abrumar al adversario con una cifra que al menos doblara o casi triplicara al segundo en liza, la victoria es tan pobre que tiene cierto sabor a derrota.

Imagino que los sumos sacerdotes del partido estarán sondeando a estas horas todas las alternativas. Incluidas las de una “Operación Impensable” si se produce la eventual victoria de Sánchez. Algo que no se puede descartar si se tienen en cuenta dos factores. El primero, que nadie duda de que esos más de 53.000 avalistas son un suelo seguro, mientras que sí se duda de la solidez del total de 59.000 avales de Díaz. El segundo, que considerando un umbral de movilización de un 80% de la militancia, aún quedan -quedamos- unos 30.000 militantes cuyo voto captar.

En la ecuación entra de lleno el factor Patxi López, el candidato más cortejado por todos, en un momento en el que sus votantes podrían ser decisivos a la hora de mover la balanza.

Me dirán que exagero cuando dramatizo este escenario, propio de una Operación Impensable. Pero lo cierto es que las consecuencias de una no hasta hace mucho factible victoria de Sánchez pueden conducir a una legislatura corta y a la caída del gobierno de Rajoy. Trascienden, por tanto, el alcance orgánico de la lucha por el liderazgo en una fuerza política.

El PSOE, mal que le pese a muchos, sigue teniendo un poderoso suelo electoral.

Y un margen de crecimiento enorme en comparación con el del resto de partidos, especialmente el de un Podemos definitivamente escorado en la política efectista desde que Iglesias apartó del foco al errejonismo, la única vía capaz de erosionar de verdad a los socialistas.

Está en juego el equilibrio de poder territorial interno, tan determinante en la historia reciente del socialismo español. Y más ahora, cuando en pleno cuestionamiento del modelo territorial y la amenaza de un referendum en Cataluña, la candidata apadrinada por el poder orgánico ha mostrado una preocupante debilidad tanto allí como en Euskadi.

En ese sentido, nadie debería olvidar que la victoria de Zapatero en 2008, cuando la crisis todavía era una “desaceleración suave” y el paro rondaba el 11%, se cimentó precisamente en ambos territorios. Entre Cataluña y Euskadi, con la competencia añadida del nacionalismo de derecha e izquierda, el PSOE obtuvo entonces casi tantos escaños como los que obtuvo en Andalucía. Por comparación con 2004, el PSOE subió en ambas regiones en diez diputados y perdió dos escaños en Andalucía.

El lenguaje grueso que, por otro lado, se ha apoderado de las redes sociales, no anticipa una fácil costura en el roto abierto entre ambos bandos. Y lo más preocupante es que en este escenario, no basta con eliminar unos cuantos michelines  que nos sobran -parafraseando al siempre gráfico Arzalluz de los 90, cuando se refería a los nacionalistas vascos tibios y pactistas- sino la amputación de casi el 50% de la parte derrotada.

En las guerras dieciochescas estaba prohibido disparar a los oficiales en combate. El argumento, asquerosamente clasista pero profundamente revelador, era que la tropa, sin caballeros capaces de reprimir los peores instintos de una turba, se convertía en una masa incontrolable, armada hasta los dientes e incapaz por tanto, de someterse a un armisticio honorable.

Cada minuto que pasa, cada tweet obsceno y grosero que se lanza a las redes, limita la posibilidad de un armisticio honorable. Y lo peor es que no quedan oficiales con autoridad moral para ceñir los daños a las reglas de una confrontación sensata y limitada.

Antiguamente las guerras se terminaban así. Con un acuerdo de cese de hostilidades, el intercambio de prisioneros y la entrega de algunas posesiones del bando perdedor al vencedor.

La guerra socialista de las primarias es un conflicto por aniquilación, de liquidación del adversario. Y practicamente no quedan oficiales con autoridad moral en la tropa para sellar un acuerdo amistoso, un Abrazo de Vergara como el de Espartero y Maroto.

Las espadas están en alto;  contra todo pronóstico, por cierto. Y los planificadores, tan equivocados como estuvieron a la hora de certificar la muerte civil del secretario saliente, no parecen los más indicados para imaginar un escenario que no fueron capaces de anticipar entonces, y para el que se han dejado todo el crédito ahora.

La Operación Impensable está en marcha. Y esta vez nadie sabe si la guerra termina o empieza el 21 de mayo.

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