PABLO IGLESIAS Y LA NIEBLA DE LA GUERRA RELÁMPAGO

Hace unos cuantos años, cuando tú estabas asaltando los cielos y yo viviendo mi aventura europea a una edad algo otoñal para lo que se estila, me dio por escribirte desde la distancia.

Te confieso que me movía cierto poso de envidia. Me explico. Tú estabas arengando a las masas contra la casta; agitando el tronco con tanto brío, que cinco millones de votos te cayeron casi sin estar maduros de las ramas de un árbol que mucha gente veía podrido de desencanto.

Y yo, casi de tu quinta y fuera de la arena, rumiaba mis ganas de haberte dado respuesta con el empuje que echaba en falta en mis desnortados compañeros de partido.

Casi a contracorriente -que el río bajaba bravo por las pendientes del asalto a los cielos- me entregué a la tarea de desvestir el santo con el que habías caído de pie en la política patria. Tiempos duros para enfrentarte a tu ejército digital, que señoreaba la red con aires marciales.

Aún así, te dí la réplica con pellizcos de monja, en posts melancólicos por este blog, que te escribía en la soledad de un piso compartido de Londres. Mientras, en la vida real, hacía un imposible proselitismo por los del puño y la rosa, que siempre fueron y serán los míos, entre currantes que a la indignación sumaban el encabronamiento del exilio. Un exilio del que corresponsabilizaban a ese PSOE caído en desgracia.

Cuatro años y pico me tiré fuera de España.

En ellos desaprendí los vicios de la política en la que había sido tantas cosas a tan tierna edad. Y miré por el balcón del desencanto cómo en las plazas de esa España que parecía a punto de reventar, jugabais a levantar adoquines para encontrar playas en la utopía de los rompeolas del sistema.

Se me fue la mano contigo y los tuyos a veces, he de decirte.

Aunque siempre imaginé esos combates inventados como un duelo de florete sin sangre, que a fin de cuentas los dos veníamos de la misma orilla ideológica y compartimos pasión por la retórica más que por los puños para dar leches a mano abierta. Mis disculpas, en todo caso, si hubo sangre en algún lance.

Hoy todos somos un poco más viejos. Tú te acercas a los cuarenta que yo pasé hace poco, y las tardes de bocadillo de nocilla viendo debates del estado de la nación de los últimos ochenta se van perdiendo en un rincón cada vez más lejano de la infancia perdida.

No te daré la barrila con la historia del idealista de juventud al que la vida termina por domar con el paso de los años y la necesidad de satisfacer cuitas bien mundanas que no admiten demora. Bastante harto estarás a esta hora de que cualquier plumilla de medio pelo con ínfulas -sí, yo también- encuentre inspiración dominical en el sainete de la hipoteca del retiro pequeño burgués.

Ya sabes que va a durar; que este fuego no se apaga ni pidiendo a todos los “inscritos” que llenen sus carrillos con el agua de las fuentes y la suelten a una en el incendio que a esta hora se extiende por las redes. Hay demasiada gente que te la tenía guardada; demasiado vengador de refranero deseando decirte lo de quien a hierro…, donde las dan…., no es lo mismo llamar…, consejos tengo… y demás sabiduría popular de barra de bar.

Llévalo como mejor puedas.

Sí te diré algo que no quiero que entiendas como la reconvención tardía de un sabiondo crepuscular, empeñado en sumarse al coro de proxenetas del refranero.

Ahí fuera se está librando un combate para definir cómo ha de ser este puñetero país llamado España en la década que ha de entrar.

Y en la tierra de nadie que se extiende entre las líneas del frente, no hay espacio para la blitzkrieg que os llevó hasta aquí y que ahora rescatas con un plebiscito personalista con el que le pides a tu gente que avale el crédito hipotecario.

Me preocupa más que no entiendas que no hay sitio para la maniobra, que la historia de la casa de Galapagar.

Me preocupa más la torpeza con la que lees el momento, que la polvareda levantada por el viento como preludio del barrizal en el que la derecha va a sembrar su retórica.

No es hora de genialidades tácticas y guerra relámpago de contraataques impensables, Pablo.

De nada te sirve tener panzers si no tienes gasolina para llenar el depósito. En lugar de hacerte un pozo de tirador y devolver el fuego a cubierto, has decidido salir a campo abierto, alentado por el peso de tu leyenda.

Puede que al Cid le funcionara hace mil años -según cuentan los fabricantes del mito- para ganar incluso después de muerto. Pero lo más probable es que cuando levantes la mano, y silbato en mano, le pidas a la tropa que se inmole por ti, puede que no ésta no lo haga creyendo en tu brillo estratégico, que tantos triunfos les dio en el pasado. Sino por pura obediencia debida.

Y aunque repiquen la buena nueva del plebiscito, y se acuerden de Danton y la audacia, audacia y siempre audacia, en privado rumian la semilla de la confusión y cuestionan por vez primera tu genio.

Clausewitz lo llamaba la niebla de la guerra. Decía que en algún momento del combate, entre la humareda de los cañonazos y la fusilería, el comandante perdía de vista las líneas y era entonces cuando tenía que encomendarse a su última y verdadera reserva moral.

La fe de la tropa.

Puede que ganes un referendum personalísimo ahora, como Aníbal venció en Cannas.

Pero de esta saldrás con un ejército hastiado de ganar batallas inútiles y perder guerras, como aquélla en la que, también previo referendum, diste aire a un moribundo y cambiaste, a peor, la historia de este país para siempre.

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