PARÍS MARTIRIZADO

París outragé!!, París brisé!!, Paris martirysé… Anoche me acordé de estas palabras del general De Gaulle, pronunciadas el 25 de agosto del 44.

Anoche París fue una ciudad martirizada.
Como mucha gente, anoche no pude conciliar el sueño hasta la madrugada. Me enganché a twitter a medianoche, y por el efecto arrastre del impacto emocional que escupían las redes sobre lo que estaba pasando en París, no pude caer dormido hasta las dos o las tres.
Escribo en pretérito cuando quizás debería hacerlo en presente. A estas horas, hay gente luchando por su vida, con el cuerpo destrozado a balazos o por los efectos de las explosiones, en la densa humareda de confusión que queda tras un atentado tan brutal como premeditado, estudiado y macabro en su ejecución.
Igual que no debería utilizar el tiempo pasado, tampoco debería utilizar el concepto atentado terrorista. Se libra una guerra abierta. En las calles, en el extrarradio de las nuevas grandes ciudades estado de nuestro tiempo -Londres, París, Nueva York…- espacios inabarcables, laberínticos, impersonales, en los que las semillas del odio prenden con brío ante la incapacidad de los mecanismos convencionales del estado para proporcionar a los habitantes de las grandes urbes la sensación de vivir seguros.
Ese es el gran objetivo de esta nueva vieja guerra. Decía Sun Tzu que las guerras son conflictos morales que se libran en los templos antes que en los campos de batalla. Siendo así, el enemigo, si es que se pueden utilizar conceptos convencionales como este, busca crear el pánico donde más seguro cree uno estar. En megalópolis habitualmente patrulladas por miembros de la policía y el ejército, sobretodo en instalaciones sensibles como aeropuertos, carreteras, estadios de fútbol, estaciones de metro y ferrocarril y centros comerciales.
Son parte del paisaje, tales guardianes, inadvertidos, con la música ambiente estridente que acompaña el ritual consumista del centro comercial, entre expositores de cosméticos, sofás reclinables con función de automasaje, el puesto de carcasas de móviles y un tipo con corbata, al que todo el mundo ignora, ofreciendo las virtudes de obtener una tarjeta con determinada entidad bancaria. En el decorado, en la entrada principal del Primark del centro comercial, los dos pipiolos, de la Brigada Paracaidista, el Regimiento de Marcha de la Legión Extranjera Francesa o los fusileros del Royal Essex se integran en el paisaje de compradores compulsivos con sus uniforme de campaña, verde camuflaje, boina calada y gatillo presto.
Nada ilustra mejor la asimetría de la amenaza a la que las sociedades occidentales se enfrentan que esta imagen de impotencia ante lo imprevisible de una matanza como la que acaba de ocurrir en París. Como la que está ocurriendo a estas horas de la mañana, con las calles aún llenas de sangre de los muertos y los tanatorios cargados de padres sin hijos y de nuevos huérfanos.
Lo accesorio, lo irrelevante en este momento es reabrir eternos debates sobre las causas de esta guerra que libramos con armas inadecuadas. Con tanques, cazas y obuses del 105 para cazar lobos solitarios que se esconden en nuestro entorno.
Ya sé que Occidente tiene su parte de culpa, si no la exclusiva, en las causas profundas de los estallidos de locura que nos sobresaltan. Y también sé que son las nuestras sociedades olvidadizas y que relativizan la importancia de los muertos y de las bombas, dependiendo del lugar en el que ocurren. Que no es lo mismo cinco muertes en París que setenta y cinco en Bagdad. Que hay algo perverso en la forma en que asumimos el pánico de lo cercano, no sólo geográficamente, sino por similitud en hábitos y modos de vida, y alienamos el terror lejano, el que se lleva por delante a un centenar de personas en el mercado semanal de la capital del Punjab o delante de una madrasa en Kandahar.
Sentimos como propia la tragedia de París, no sólo porque está cerca geográficamente. Sino porque compartimos hábitos de vida. Patrones de conducta. Gente cenando un viernes por la noche en las terrazas de dos restaurantes; asistiendo a un partido internacional de fútbol; viendo un concierto de rock en una sala con solera. Son las identidades culturales las que nos acercan el drama. Las que nos hacen sentir como propio un golpe que percibimos lejano cuando algo similar ocurre en Argel, a dos horas en coche desde Alicante si se pudiera ir en línea recta.
Ciertamente, si ello nos convierte en hipócritas insensibles, asumo el cumplido como algo inherente a dichas identidades culturales.
A estas horas, consejo extraordinario de defensa en París. El Presidente de la República decidió, tras la matanza de Charlie Hebdo, enviar a su portaaviones a luchar contra el ISIS. Corre el riesgo Hollande de volver a caer en la tentación de asumir medidas convencionales para luchar contra una amenaza que no es sólo asimétrica. Está enraizada en la propia espina de la sociedad francesa.
Ante nosotros, ante el Occidente culpable -si se quiere-, atemorizado, impotente, biempensante y politicamente correcto, una disyuntiva dramática. Asumir que la guerra que enfrentamos nos coloca ante terribles dilemas morales: la Europa de las vallas fronterizas, o la Europa valladar de la libertad.

Esta vez no hay nadie enfrente con quien negociar politicamente. Es la locura. La maldad absoluta. La negación salvaje de la civilización y un modo de vida, que aun contradictorio y lleno también de perversión intrínseca, ha garantizado a la Humanidad las mayores cotas de libertad personal de su historia.

París martirizado. Como Madrid en 2004 o Nueva York en 2001. Como tantos lugares del planeta, en Siria, Yemen, Nigeria, Irak, Pakistán o Afganistán casi a diario.

Ojalá pudiéramos gritar un día, París liberado, con la misma facilidad con la que lo hizo De Gaulle y atestigua el video que abre este texto. Me temo que no será tan sencillo.

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