PATRIOTAS

Para que el cementerio esté lleno de valientes, hacen falta cobardes. Sobre todo en las guerras, cuya historia será contada por estos últimos  porque son los que sobreviven a la escabechina.

Son los que nunca saltan el parapeto en primer lugar, para que sea  otro el que reciba el tiro. Son los que se cobijan en destinos logísticos para no lidiar en primera línea. Son los que viven las tiranías opositando o cumpliendo las normas, mientras otros se dejan abrir la crisma por la libertad y la democracia.

Solo cuando esté claro el envite; cuando en la trinchera de enfrente no devuelvan el fuego; cuando el poder olisquee el cambio de régimen a tiempo para imponer un nuevo relato, saldrán en socorro del vencedor. Buscando adornar la pechera con medallas inmerecidas, pero medallas, al fin y al cabo. Siendo supervivientes y sin tener que esconder bajo el cuero cabelludo los puntos de sutura de las porras.

Jean Marie Le Pen, padre de Marine y fundador del Frente Nacional, fue uno de los que tuvieron uno de esos arranques tardíos de patriotismo. Uno de los que supieron sobrevivir al principio y al final de la guerra, como el personaje de Malkovich en el Imperio del Sol.

Noviembre del 44.

Por entonces, los alemanes combaten en dos frentes. Con una brutal inferioridad de medios, corren buscando la seguridad del Rhin, ya en suelo germano. Tienen la guerra perdida.Es el momento para Le Pen y otros jóvenes, ávidos de inventar un pasado glorioso para una guerra cuyo final anticipan y que les pilló en la inacción.

No cuesta imaginar la escena del oficial reclutador del reconstruido ejército francés, examinando al mozo que entonces tiene 16 años. Un chaval que tras una plácida Resistencia se presenta voluntario para combatir, ahora que vienen bien dadas. Será la edad el motivo por el que es rechazado, cuentan los biógrafos.

Joven, sí. Un crío, apenas, de hecho. Aun así, abundan los de su edad comprometidos con la causa. Como el que cuenta la escena, sin ir más lejos; hijo de un sargento republicano español y ayudante de aquel reclutador, apenas dos años mayor. Y que a los 15 ya ha dado golpes de mano en la Bretaña. Raymond Casas se llama. Para él la edad no fue un impedimento.

Chavales como él, apenas destetados, ya se jugaban el tipo. Ejercían en tareas de enlace, siguiendo movimientos de tropas alemanas o cargando a brazo la munición que aviones ingleses arrojaban en paracaídas sobre la campiña en mitad de la noche.

No es el caso del joven Le Pen, absorto en sus estudios y con poco lustre de resistente hasta entonces. Quizás sea la razón por la que años más tarde se alista en la Legión Extranjera, para ganarse la épica en las guerras de Argelia y Vietnam. Guerra tendrá; épica muy poca, la que escaseaba en aquellos conflictos coloniales obscenos, encrucijadas de la guerra fría.

Ya fuera por el rechazo burocrático del oficial, o –lo más probable- porque le calaron en el intento de inventarse un pasado heroico, el caso es que al joven Le Pen le hurtaron la esperanza de inventar una gloria breve, aunque inmerecida, para la posteridad en la guerra buena y bonita del 45.

Puede que, del resentimiento de aquel rechazo, más las ideas previas y las adquiridas dando barrigazos en la Legión Extranjera, naciera el protofascismo del Le Pen ya maduro, cuando crea su Frente Nacional en 1972.

Judt y Beevor entre otros han hurgado en los demonios nunca exorcizados de la Francia que tuvo que inventarse la victoria en las cenizas de una derrota vergonzosa. Nos hablan de la angustia de los resistentes silenciosos, los que tragaban con el paso del pato en sus plazas, cuando los nazis sacaban familias enteras de judíos convertidas después en cenizas en los crematorios de Silesia.

Pasados los años, la hijísima Marine toma el testigo y hereda el negocio del odio de Jean Marie.

Y en la mejor tradición de la nueva derecha -y su apuesta por reinventar la historia- nos cuenta que son ellos los verdaderos patriotas. Que la Francia eterna, la que se enfrenta al ancestral enemigo alemán es la suya, independiente, tricolor y nacional.

Denuncia como una humillación para Francia el acuerdo reciente de Macron y Merkel en Aquisgrán y el sacrificio de las ventajas francesas de aquella guerra, perdida en seis semanas en el campo de batalla, y ganada en la mesa de la diplomacia.

Acusan al presidente francés de entregar  Alsacia y un hueco generoso en el confortable asiento galo del Consejo de Seguridad, ese oscuro objeto del deseo para la Alemania que va expiando la huella de la derrota con la ayuda del olvido. Y de hacerlo con la odiosa Unión Europea como testaferro.

Así es como el círculo se cierra. Y aunque padre e hija se odien a rabiar, denuncian ambos la traición. Ellos, los defensores de la memoria de Vichy. Los descendientes de quienes lapidaron a Dreyfus. Los que rindieron, con Petain, la Francia republicana al nazismo gritando “mejor Hitler que Leon Blum”.

Así construye la mentira la extrema derecha. Sobre la memoria de los que sí murieron por aquella Francia teniendo sangre marroquí, senegalesa o española por sus venas. Sobre las mentiras de quienes inventan heroísmos, entregaron Francia atada de pies y manos y negaron el Holocausto.

El grito indignado, patriota, chauvinista, de Marine Le Pen tiene el aliento fétido de su propio padre. Y la miseria moral de quienes sí humillaron Francia ante el nazismo. De los que inventan un heroísmo de cartón piedra y corren en socorro del vencedor desde la seguridad de la trinchera. De los que fabrican la Historia y la alimentan de patrañas para esconder la verdad: que son ellos, ahora acusadores, quienes sí vendieron su patria y enterraron la dignidad de Francia al régimen putrefacto de Vichy.

Hoy en Francia; mañana en España. Tenedlo presente cuando Abascal  prometa una patria libre del sometimiento a poderes extranjeros. Porque, como sus adorados mártires, serán los primeros en venderla en cuanto tengan ocasión.

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