A estas horas, muchos españoles cruzan sables en defensa de sus posiciones partidarias a cuenta de la moción de censura planteada de Podemos.

Unos, los proponentes, contra casi todos los que pasan por ahí. Contra el enemigo número uno, el PP de la corrupción. Contra la derecha cuñadista y muletera de Ciudadanos. Contra los nacionalistas vascos, acusados de tibios vendepatrias por cuatro perras. Incluso contra los más tibios de entre los propios, como los renuentes ante la estrategia de la moción, como Compromís o parte del errejonismo durmiente.

En esa guerra de desgaste que se libra a estas horas de la canícula madrileña y española, los mejor librados en la batalla de los salivazos de la Carrera de San Jerónimo son los socialistas del inesperado líder Pedro Sánchez. La paradoja de esta operación, es que fue concebida precisamente para retratar al partido del puño y la rosa en sus contradicciones, tanto más palmarias cuanto que a quien se esperaba en el trono de Ferraz no era al renacido Sánchez, sino a Susana Díaz. Qué fácil hubiera sido todo en tal caso, pero se tuvo que cruzar por el camino la puñetera militancia.

Los otros, los destinatarios de la censura, abrazados a Rajoy como talismán de la permanencia en todo trance, sin que importe demasiado que ande enchironado la mitad del establishment autonómico y buena parte del equipo económico del milagro de la era Aznar. Con el viento de cola que empuja a una economía que crece, aunque lo haga como decía el rey lagarto, Jim Morrison, bajo la premisa del “Yo parto y reparto” que consolida sueldos de miseria y maximiza beneficios que no llegan al común de los asalariados y precarios.

Los demás, que a estas horas velan armas, esperan su turno para repartir mandobles. Unos, los de naranja, tirarán de argumentario venezolano y tragarán quina para que el común de los españoles no asocie su imagen aseada por asociación con una derecha golfa que ha saqueado hasta los fondos de la cooperación al desarrollo o pagado orgías con los cánones de los fangos de la depuración de las aguas residuales valencianas.

La enorme paradoja del combate a garrotazos que se libra en el hemiciclo es que, por primera vez en muchos años, se pone en cuestión la idea de que hay que estar ahí, en la Carrera de San Jerónimo, en todo trance para ser alguien en el futuro político de este país. Porque nunca una ausencia del epicentro de la batalla pudo ser más productiva para un líder político como lo va a ser en este caso para Pedro Sánchez.

Cuanto más intercala el líder socialista sus apariciones, más acrecienta la expectación por sus movimientos. En la apología del silencio de conveniencia, del vacío del escaño abandonado en un arranque de dignidad en aquél lejano octubre del que nos separa ya un mundo, radica la ventaja estratégica de Sánchez en el debate de la moción a ninguna parte que presentó Podemos. Una moción que intentaron desactivar sus propios impulsores en cuanto tuvieron noticia del descalabro del ejército susanista, a cuya entrada en el Manzanares estaba destinado este ejercicio pirotécnico de retrato temprano de conveniencia.

La enorme paradoja de este momento político es que todos aquéllos que hicieron de su entrada en las instituciones el eje central de la nueva política, el principio del fin del régimen del 78 o la conquista por la gente de los espacios que les estaban vedados, se encuentran de repente con el hecho de que el líder del partido determinante para desbloquear o revertir la situación política, se encuentra fuera de la refriega. Fuera del Palacio del Congreso en el que dos concepciones antagónicas de la vida y la política se hacen picadillo sin compasión entre la jauría desbocada de cada bancada, sin escucharse a sí mismos , con réplicas y dúplicas precocinadas por los constructores de relatos previsibles.

A Pedro Sánchez, el hombre al que se cargaron en octubre con un golpe palaciego aquéllos que le acusaban de no ser lo suficientemente don Nadie como para entender su papel de líder por encargo y calientasillas -genial, Lorenzo Silva-; el hombre al que puenteaban los tótem de su partido, convocando cenas clandestinas con la nueva sensación del momento; el hombre sin escaño que se lanzó a la carretera para conquistar la dignidad hurtada en una batalla perdida de antemano, le sonríe la misma baraka que ya bendijo en el pasado a otros grandes de este partido como Felipe González y Zapatero.

La sombra del líder ausente en el debate de la moción a ninguna parte se ha hecho presente sin necesidad de ocupar asiento en la bancada. Como un viento helador en medio del bochorno madrileño, que amenaza la mayoría de Rajoy a la vuelta del verano y la supremacía menguante de Pablo Iglesias y su proyecto político, cada vez más plano, menos burbujeante, como una botella de espumoso prematuramente abierta y que alguien dejó con torpeza fuera del frigorífico.

La presencia fantasmal de líder inesperado, gravita bajo la cúpula de cristal del Palacio del Congreso. Y aunque alguno de los propios, todavía herido por el combate a cuchillo de las primarias, intente señalar a destiempo la contradicción de la abstención en el día de hoy frente al No es no que les heló el corazón y movilizó a las bases, el tiempo del silencio juega a favor del líder que ha aprendido a desafiar al superviviente Rajoy con la mejor de las virtudes que atesora el gallego.

Con el silencio y la terca voluntad de resistir a toda costa.

Aunque nos cueste creerlo, Sánchez, el líder ausente, puede ser el perfecto Némesis del gallego impasible que perdía las batallas y ganaba las guerras.

Quién lo iba a decir.

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