El perdón y lo que toca y no toca

Tiene razón Elena Valenciano, cuando alude al tufillo catolicón que despide el término perdón, tan de actualidad por el famoso vídeo que circula por la red. Y, siendo cierto tal aroma, no me parece particularmente malo. A fin de cuentas cosas peores nos ha dejado la liturgia católica en esta España nuestra.

En las democracias avanzadas, el reconocimiento del error cometido se asocia casi exclusivamente con el epílogo a una carrera política. Como un reconocimiento casi póstumo, en el pórtico del adiós, que hace el líder que recoge los bártulos y,  libre ya de toda carga, reconoce los fallos cometidos, silenciados por  la necesidad de no dar pábulo al adversario. Aunque, excepcionalmente, no siempre este sentimiento se expresa en el día de la despedida. Y no. No es en España donde se da tan loable práctica.

Siendo así, puede parecer lógica la aversión de la dirección del PSOE por el particular mea culpa expresado, con voz y cara, por quienes menos culpa tienen en los errores cometidos.

Igualmente comprensible podría ser la reacción de una dirección que invoca la necesidad de centrar todas las fuerzas disponibles en la crítica al gobierno responsable de desmantelar el estado del bienestar y aprovechar la crisis como excusa para ejecutar un nuevo modelo económico que dejará a millones de españoles en la pobreza económica y el desamparo social.

Probablemente, en otras circunstancias, el cierre de filas en torno a esta última afirmación y la convicción de que la defensa encendida de las políticas adoptadas por el gobierno de Zapatero debiera ser dogma de fe para cada militante, sería asumida por las bases de un partido que siempre ha tenido muy claro cuál es el adversario y lo que representan estas siglas para la izquierda en España.

Pero ocurre que nos encontramos en circunstancias excepcionales. Este escenario no admite comparación, por ejemplo, con el de 1996. Entonces ni el peso de los escándalos de corrupción y la crisis económica –vista en comparación con la actual, una moderada desaceleración- hicieron mella en una base electoral sólidamente construida en torno al carisma de Felipe González y el recuerdo de la modernización de una España que se asomaba a Europa y al mundo sin complejos por vez primera en medio siglo.

El tiempo, por sí solo, no atenuará el recuerdo de un electorado al que se le pidió demasiados ejercicios de abstracción ideológica en el vertiginoso último año y medio de gobierno de Zapatero. No sirve apelar a Europa como origen de los males. Ni la victoria en un congreso interno puede extender un manto de unánime y complaciente aceptación en un electorado descreído que corre a refugiarse en opciones minoritarias.

En la jerga política, nos han dicho que las cosas no ocurren. Tocan o no tocan; según las agendas que se construyen en función de si el momento es más o menos propicio para quien propone y dispone. Ese empeño por hacer controlable y previsible lo que debiera ser deliberadamente espontáneo no es sólo una perversión que aleja a los ciudadanos de los partidos. Es una contradicción interna, porque implica dejar todo atado y bien atado, para que nada se salga de un guión establecido. Y esa frase tiene tenebrosos precedentes en la historia de España.

El PSOE está preso, no sólo de la desafección de buena parte de un electorado al que se dirige el famoso perdón. Está preso de la desafección por la política, alentada por una derecha que se siente cómoda con un caudillismo simplista, como bien se está encargando de recalcar el dedo de Aznar en estos días. Por eso cuando desde la izquierda se critica la ausencia de democracia interna en el PP para ensalzar las virtudes propias, escenificadas en los congresos ordinarios, en el fondo se está fortaleciendo a una derecha que se hace así más reconocible a sus votantes. Más coherente a su código ideológico, basado no tanto en cómo mandar. Sino en mandar a secas.

La gente deja de creer en la política porque piensa que cada cuatro años, elige a quien gobierna. Pero no a quien realmente manda y decide. Porque las cocinas internas promocionan, promueven, criban y eliminan según convenga a otros intereses.

Permitir que esa percepción se haya convertido en mayoritaria, sí está en el «debe».

Pero más que una petición de perdón -católico o laico- , merece una reacción que, a ser posible, tenga en cuenta no solo a los militantes. A toda la sociedad.

Ya.

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