Podemos y la estética de la derrota

En España, perder es un arte. Al menos en términos políticos.

La historia comienza en enero de 1939, cuando las últimas tropas que le quedan a la República en Cataluña, cruzan la frontera con el ejército franquista pisándole los talones. Se podría decir que con el Exilio, empieza el relato de la doliente República, idealizada desde entonces como ejemplo de lo que pudo ser, de lo que efectivamente fue en los escasos momentos de calma en que le dejaron desplegar sus efectos salvíficos en términos educativos o sociales.

Aquélla república en paz duró apenas cinco años. En términos históricos, un destello fugaz, menos tiempo del que ha transcurrido por ejemplo desde el inicio de la crisis económica en España hasta la actualidad. O poco más de lo que ha durado esta insoportable legislatura de la mayoría absoluta de Rajoy. Y sin embargo, su peso en términos políticos es tal que se nos antoja mucho más larga de lo que realmente fue.

Es nuestro particular territorio irredento. El reverso laico de la Mater Dolorosa España, que murió a manos del golpismo cuartelero y la canonjía de la Contrarreforma  católica paleta de provincias.

La memoria de aquélla derrota ha gravitado y gravita todavía sobre la conciencia de la izquierda española. No sólo acaparando recursos valiosos que se destinan a repensar el pasado, la forma en que lo recordamos o los recursos que destinamos a su reparación. También, porque acapara una estética.

La estética de la derrota.

Estos días, viendo la polvareda levantada por la espantada de Monedero, no he podido evitar acordarme del insigne profesor interpretando Puente de los Franceses, con su “Madrid que bien resistes”, una de las piezas más celebradas de aquél cancionero de la derrota del 36. Paradojas temporales, el mismo día en que se publica una encuesta que le da la a izquierda en ese Madrid épico de la resistencia antifascista menos de un 40% de los votos. Enfrente, la derecha populista de Aguirre y el ensayo de Ciudadanos, perfilan el Madrid del previsible pacto post electoral que puede dejar tantos años de ruidos y mareas en un inmenso pozo de frustración.

Y es que Monedero, con sus cánticos al Quinto Regimiento, representa mejor que nadie la encarnación de esa épica de la derrota. Ese impulso vocacionalmente residual, amparado en un despotismo ilustrado de épica anticapitalista que deja huérfana de representación a lo que, muy acertadamente definió Pablo Iglesias, el líder de Podemos, como la centralidad del tablero político.

A Monedero y otros estetas, siempre en la estela de la eterna perdedora Izquierda Unida, ese discurso le sonó a transacción intolerable. A traición a los orígenes de un movimiento que debía canalizar la frustración, no en un cambio de partido, sino en un cambio de régimen o de sistema.

Tenía razón Pablo Iglesias. La tiene, ahora más que antes si cabe. En el momento en que Podemos empezó a agitar la épica de la derrota, de los perdedores, abandonó el campo de batalla que le dio la razón de ser a una fuerza que pudo conquistar el cielo en este año que vivimos peligrosamente. En el momento en que el verbo “ganar” dejó de conjugarse para recuperar la épica del verbo “resistir”, la fuerza irreverente de un movimiento transversal como este dejó de inquietar al Poder.

No voy a dar por amortizadas las opciones de Podemos.

 Simplemente, creo que hay mucha más inteligencia política en Errejón que en Monedero, y en todos aquéllos que, por primera vez en mucho tiempo, han entendido que era más importante conquistar el futuro que reverdecer los laureles de las derrotas bellamente épicas.

Es el relato de la izquierda encantada con el 10% del voto, con el sacrificio autoimpuesto de la marginalidad frente a la necesidad de asentar sólidamente principios pensados para gobernar, para ejercer una posición determinante en esa centralidad que abandonan voluntariamente,  y que conduce a la derrota frente a otras opciones -indudablemente movidas y promovidas por el establishment y que terminan por traicionar las esperanzas de millones.

A Podemos lo está matando el poder económico y mediático. Ese ataque era previsible desde el principio.

Pero también lo está matando la querencia por la marginalidad a la que lo conducen los expertos en defensas épicas. Los que marcan su posición clavando estachas, tendiendo alambre de espino y atrincherándose, como buenos milicianos, con mauser desvencijados frente a un enemigo que ataca con misiles y tanques.

Como en tantas otras ocasiones, la derrota es el único resultado posible. Y con ella, la esperanza despertada en millones de personas que hicieron de la indignación una fuerza que hizo temblar al poder durante doce meses.

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