Política y antipolítica. El triunfo de los idiotas

Los acontecimientos recientes -25-S, incidentes en torno al Congreso y deserción ciudadana en masa de las instituciones democráticas- merecen una reflexión profunda. No añadiré lo de “sosegada” como adjetivo que acompaña al sustantivo “reflexión” tan frecuentemente, porque casi siempre suele ser la coartada para no abordar los problemas en caliente, esperando que pase la tormenta y termine por escampar. Y siendo un servidor amante confeso de la moderación, me permitiré esta vez expresar algunas ideas de forma directa y concreta.

En España, el número de ciudadanos que ven en los políticos un problema para el país crece de forma constante. Y la respuesta de los grandes partidos es la prevista, por el momento.

Respecto al PP, nadie debería esperar una reflexión autocrítica, porque como bien señaló en su día el ahora olvidado Gabriel Elorriaga, la desafección por la política penaliza a la izquierda, y eso beneficia sus intereses, tanto como perjudica al centro-izquierda. En ese contexto, despolitizar la sociedad figura en el manual ideológico de un partido que tantas veces afirma estar en política para no hacer política (¿?). En último término, la receta Cospedal, dejando sin sueldo a los diputados, supone la traslación a la calle de un mensaje según el cual lo que se hace en un parlamento no merece retribución, de tan pobre como es la función que se ejerce  allí. De ahí a privatizar la función legislativa media un paso, el que ya se ensaya en Bruselas con el gusto por los tecnócratas de perfil bajo y aparente filiación apolítica.

Pero la perversión inmovilista y desmovilizadora es mayor si de ella se hace eco el PSOE. Vendimos a los ciudadanos lo inmutable y sagrado de la Constitución, a la que no se le podía alterar ni una coma sin el temor a romper un consenso santificado como coartada para no reformar nada en profundidad. Relegamos así el debate sobre la estruendosa inutilidad de un Senado convertido en cámara de retiro de viejos elefantes y alcaldes con galones, acreedores del escaño para premiar éxitos electorales con una merecida odisea cortesana en el pequeño Madrid del poder, que diría Javier Cercas. No se podía tocar el Senado, porque implicaba tocar la carta magna. Vana excusa cuando modificamos la Constitución con nocturnidad veraniega, para ganar el elogio efímero de los mercados y ser los primeros en llevar al texto constitucional el Pacto Fiscal Europeo.

Convertimos las diputaciones en madrigueras de poder; cuevas desde las que un difuso interés provincial, oculto tras la gestión de servicios variopintos como escuelas taurinas, de vela, de tiro o incluso periódicos –ejemplos reales en las cinco diputaciones de Castilla-La Mancha- se confundían con el sostenimiento de la estructura interna del partido. Si Clausewitz decía que la política era la continuación de la guerra por otros medios, bien se podría decir  que las diputaciones son la prolongación de los aparatos políticos por otros medios.

Y por último, consolidamos un sistema electoral que promueve la endogamia interna y fomenta lo peor de eso que se ha dado en llamar partitocracia, ahora criticada por muchos de sus beneficiarios últimos.  Un modelo democrático deficiente, tanto más cuestionado, todo hay que decirlo, cuanto mayor es la frustración ciudadana por la situación económica. Y es que en época de bonanza –al contrario de lo que hacían los antiguos griegos- para qué dedicarse a la filosofía, cuando la supervivencia de la polis está garantizada. Con estos tres ejemplos de inacción –senado, diputaciones, partitocracia- se pone de manifiesto que también desde el PSOE hemos contribuido a despolitizar la sociedad y mermar la calidad de nuestro modelo democrático.

Un sistema democrático no es mejor porque una constitución  escrita delimite con precisión quirúrgica los tres poderes del estado o separe las competencias entre administraciones con el máximo acierto. Lo es, si es capaz de evolucionar al ritmo al que lo hace la sociedad que constituye. Si camina acorde con el espíritu de su tiempo. Los alemanes lo llaman zeitgeist y queda suficientemente clara su aplicación práctica en el hecho de que en 60 años de vida, su constitución acumula 60 reformas. Dos  se han hecho a la española en 34 años de vida. Y las dos a instancias de la Unión Europea.

Si en esto –y solo en esto- somos un poco más alemanes, entonces no pasará ni un día más sin que se promueva una reforma constitucional para suprimir el senado, una cámara vacía de funciones que, en 34 años de vida, no ha aportado ni un simple logro que justifique su existencia. O para abordar el debate sobre el verdadero papel de las diputaciones provinciales, convertidas en cuarteles de proximidad para el reparto de dádivas o la gestión de servicios para los que no tienen competencia alguna.

El espíritu de nuestro tiempo nos obliga a repensar los modos en que la sociedad se relaciona con el mundo que la rodea, a través de las redes sociales y de internet.  El espíritu de nuestro tiempo nos obliga, por último, a decirle la verdad a la gente sobre el nuevo locus del poder. Un poder que se sitúa en Bruselas y en Frankfurt. Casi todo lo demás, representa la puesta en escena del teatro de la impotencia: el ejercicio mediático de la confrontación partidaria, más como apariencia de democracia, que como realidad.

Los griegos antiguos acuñaron el término idiota para aludir al ciudadano que no se interesaba por los asuntos públicos de la polis. Ojala que en España se deje de alimentar el desencanto y la deserción ciudadana a fuerza de no cambiar lo que debe cambiar. Dentro, en los partidos, y fuera, en las instituciones. No cambiar en esto, con la que está cayendo, equivale a institucionalizar la idiotez.

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Un comentario en “Política y antipolítica. El triunfo de los idiotas

  1. Y si la idiotez ya esta institucionalizada o los poderes económicos nos han idiotizado ya ¿que hacemos como ciudadanos?, ¿ir a votar al partido político de la oposición en las próximas elecciones?. Ningún partido político de los mayoritarios es la solución, ¿será posible liberar al término política del secuestro al que lo tienen sometido los actuales partidos políticos con ejemplos como el de Torrelodones?.

    Esta claro que actualmente los partidos políticos no responden al interés general de los ciudadanos, no la política, si no los partidos políticos. Los avances técnicos actuales permiten que los ciudadanos participemos mucho más en la toma de decisones. Aunque eso nos exige a los ciudadanos mayor perocuoación por lo público. En ello nos va nuestro futuro frente a mercenarios de la política.

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