Por qué la derecha no teme las movilizaciones ciudadanas

En 1969 los campus universitarios y las grandes ciudades de Estados Unidos ardían por los cuatro costados a cuenta de la Guerra de Vietnam y la efervescencia retórica del mayo francés.  Fue en ese clima en el que Richard Nixon, presidente republicano en el cargo desde hacía un año, lanzó el famoso discurso de la mayoría silenciosa, un alegato en el que ensalzaba las virtudes del buen americano, el que se dedicaba a trabajar, pagar impuestos, cumplir con su familia y evitar algaradas callejeras que terminaban a palos con la policía.

El impacto de aquél discurso fue notable, no sólo en la derecha americana del momento, sino en los nuevos ideólogos de un conservadurismo europeo que andaba por entonces enfrascado en la búsqueda de referentes ideológicos con los que atraer a una generación criada en la abundancia (excluida España) pero extrañamente insatisfecha y volcada en movimientos contestatarios de todo tipo.

La historia de esa década nos ofrece ejemplos concretos que ilustran la paradoja de la mejor aclimatación política de la derecha a un entorno aparentemente hostil como el que se dio entonces y que, es lícito pensar, resulta exportable al momento político actual.

Tres ejemplos lo ilustran mejor.

En Estados Unidos, en plena oleada de protestas masivas, con disturbios raciales y fuerte contestación a la guerra más impopular de su historia, Nixon consigue la victoria electoral más aplastante del último siglo, frente al candidato demócrata Mc Govern, fuertemente identificado con el ala izquierda de su partido y firme partidario de acabar con la Guerra de Vietnam.

En Reino Unido, diez años más tarde, Margaret Thatcher conquista el poder tras una década de gobiernos laboristas, y lo hace en lo que se conoce como el invierno del descontento, una serie de huelgas y manifestaciones ciudadanas concertadas a partir del poderoso movimiento sindical británico de la época que sumieron en el caos al país en los primeros meses de 1979. En medio de ese clima político, aparentemente mayoritario a favor de un giro a la izquierda más pronunciado en las políticas del laborista Callaghan en el poder, emerge la figura de la dama hierro para canalizar las frustraciones del electorado y abrir un periodo de casi dos décadas de dominio conservador en el país y una renovada supremacía ideológica sobre la izquierda desnortada en la década de los 80.

En la Francia de resaca del mayo francés, con el decrépito de Gaulle abandonando la presidencia de la República, el ex primer ministro conservador Pompidou se hace con el poder en unas elecciones en las que la izquierda ni siquiera supera la primera vuelta. Pompidou se enfrentaría a Poher, un centrista, anticipando así el insólito espctáculo que se repetiría 30 años mas tarde cuando Chirac conquistó su reelección como presidente de la República frente a Le Pen, de nuevo por incomparecencia de la izquierda.

Son sólo tres ejemplos bajo los que se esconde un patrón similar especialmente dañino para la izquierda.

Y es que en no pocas ocasiones la efervescencia de la contestación política en la calle contra la acción de un gobierno, especialmente si se trata de un gobierno conservador, construye una falsa expectativa de cambio que luego se ve frustrada en las elecciones.

Desconozco si tiene algo que ver esa supuesta mayoría silenciosa que verbalizó Nixon y que resucitó Rajoy desde Nueva York, pero lo cierto es que la izquierda no ha salido históricamente bien parada de un clima de confrontación social escenificado en las calles, o mejor dicho, cuando ha puesto todas sus esperanzas en lo que luego las urnas se empeñan en convertir en espejismo.

Y que nadie se confunda.

No es que falten razones -más bien todo lo contrario- para salir a la calle, ni que haya en estas líneas una crítica velada o expresa a la movilización ciudadana, último recurso que le queda a una ciudadanía hastiada con recortes e iniciativas legislativas de sabor tan añejo como la LOMCE en España.

Lo que debería preocupar es la tendencia al autoengaño, a la autoconvicción de que se tiene el respaldo de la calle por mor del número de manifestantes que ocupan las vías públicas en diversas causas cívicas. Lo que debería preocupar es la creencia de que la calle anticipa el cambio y que, por ello, y sólo por ello, el resto de decisiones que se tienen que tomar en la izquierda para regenerar su mensaje y articular nuevas estructuras plenamente democráticas, deben posponerse.

La historia revela que la derecha se siente cómoda apelando a la mayoría silenciosa, aunque su retórica sea tan tramposa como la que subyace en contabilizar como apoyos a su política la de los millones que no se manifiestan, cuando muchos de ellos no lo hacen, sencillamente porque han perdido hasta la esperanza de que sirva para algo.

 

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