POR QUÉ SOY UN AUSTRO-HÚNGARO

No sé si alguna vez les he dicho que adoro a Stefan Zweig.

Creo que sí. Unas veinte veces en este blog, por lo menos.

Zweig nació en el Imperio Austro Húngaro a finales del siglo XIX. Lo que implica que vivió el periodo más apasionante, e intenso de la historia de la humanidad desde su condición de nacional de un estado que dejó de existir, se integró en otro y renació disminuido después de la Segunda Guerra Mundial.

No fue el único escritor bendecido -o maldito- por la concurrencia de tales circunstancias espacio-temporales. Otros como Joseph Roth también captan el humor de un tiempo en el que las certezas de antaño, del mundo de ayer, se cuartean bajo el paso firme de ideologías fanáticas, movimientos culturales extremos y cambios sociales que derrumban el orden natural de las cosas, que se había mantenido inalterable en el corazón de Europa desde Waterloo, cien años atrás.

Estos días me he vuelto a acordar de Zweig y de Roth. También de otros muchos que alimentaron noches de insomnio con sus alegatos de pérdida, decadencia y exilio, como Rolland, o Werfel, testigos de una Europa que ellos habían transitado sin atender a fronteras y salvoconductos. Con el lenguaje universal de la cultura por bandera y cierto porte aristocrático en el modo en que ellos, como miembros de la nobleza de las letras, presumían de un cosmopolitismo sólo alcance de las élites.

A nosotros los españoles, desde la periferia del continente, los ecos de aquél Imperio de opereta, aquel estado multinacional de los últimos Habsburgo, nos evocan cierta ternura y conmiseración. Desde que Berlanga decidiera incorporar a su repertorio del absurdo la cita a un comportamiento austro húngaro como sinónimo de exotismo avejentado y superado por el tiempo, nuestra percepción de aquél extraño estado se construye sobre el recuerdo a los viejos vals de Strauss, militares de corte napoleónico luciendo medallas relucientes en la pechera y tocados con sombreros imposibles o la articulación imposible de un estado plurinacional en el que se hablaban veinte lenguas distintas. Todas cooficiales.austria_hungary_ethnic-svg

 

Viena era por entonces la ciudad más poblada de Europa. Con más de dos millones de habitantes -cifra que no ha vuelto a alcanzar- era el corazón de un imperio dinástico sin más lazos internos que los de la propia burocracia estatal, orgullosamente devota de la liturgia de los Habsburgo. Nadie mejor que el citado Roth, en sus obras “La marcha Radetzky” o “El busto del emperador” para describir las contradicciones internas de ese superestado al que las costuras le estaban a punto de reventar.

Los vieneses solían acudir a las sesiones para ver a los diputados desafiándose en lenguas diversas e ininteligibles unos a otros como el que acudía a la ópera o el teatro.

En el Parlamento se sentaban 518 diputados pertenecientes a 12 partidos que a su vez representaban a 8 nacionalidades distintas. Cada uno de los partidos empleaba su propia lengua en los debates parlamentarios, prerrogativa aceptada en un sistema en el que la mayoría germánica imponía el alemán como lengua del poder, la burocracia y el ejército. Los vieneses solían acudir a las sesiones para ver a los diputados desafiándose en lenguas diversas e ininteligibles unos a otros como el que acudía a la ópera o el teatro. Entre la multitud que se congregaba en las plateas para asistir a tan surrealistas sesiones solía ser habitual ver a un joven proyecto de pintor que mendigaba por la ciudad a la espera de ser admitido en la Escuela de Bellas Artes de nombre Adolf Hitler.

Nuestra Unión Europea, la de nuestros días, tiene mucho de aquél imperio de los Habsburgo. Bruselas y Estrasburgo, tienen mucho de aquélla Viena decadente, cosmopolita y burocratizada

Muchos años más tarde, el propio Hitler reconocería que su inquina contra la democracia y el parlamentarismo burgués nacía de aquéllas sesiones de opereta en las que checos, polacos, bohemios, italianos, eslovacos o ucranianos se desafiaban los unos a los otros en sus propias lenguas, exagerando las poses y recurriendo a una cómica escenografía sobreactuada, porque nadie quería darse el gusto de renunciar a su propia lengua, aunque la mayoría hablase y entendiese el alemán como idioma común imperial.

Nuestra Unión Europea, la de nuestros días, tiene mucho de aquél imperio de los Habsburgo. Bruselas y Estrasburgo, tienen mucho de aquélla Viena decadente, cosmopolita y burocratizada en torno a la estructura de un mecano sometido a demasiadas tensiones como para sobrevivir.

A la Unión Europea, la acechan populistas de mil raleas que sientan sus posaderas en una institución en la que no creen. Están allí para desmantelar un proyecto de integración común que pone en cuestión su visión del estado nación

Hoy, como entonces, la Unión Europea empieza a ser vista como un proyecto fallido, casi cómico, que provoca conmiseración e invita a la burla cuando los populistas de cada estado recuerdan que sus órganos de gobierno dedican ocho años de debates inútiles para acordar una regulación común sobre la curvatura del plátano o el porcentaje de cacao que debe figurar en el etiquetado del chocolate a fin de que éste sea considerado como tal.

Con todas sus ineficiencias, con todas sus miserias y limitaciones, con todos sus pecados de origen, la Unión Europea es un factor de equilibrio regional al que ahora, como le ocurrió a aquél vetusto Imperio multinacional, acechan populistas de mil raleas que sientan sus posaderas bien pagadas en los mullidos escaños de una institución en la que no creen. Están allí para desmantelar un proyecto de integración común que pone en cuestión su visión del estado nación. Y no les importa si para ello tienen que unir fuerzas con actores políticos ideológicamente contrapuestos, de extrema derecha o extrema izquierda.

Aún subsiste -y me incluyo en el mismo- un reducto de austro húngaros en este viejo continente. Llevados, en muchos casos, por la experiencia personal que nos conduce a otros lugares de un continente en el que hemos hecho amigos italianos, franceses, portugueses, polacos, lituanos o rumanos.

Ahora que los enemigos del viejo Imperio levantan los viejos estandartes del “pueblo”, “la gente”, “la patria” y “la nación”, es hora de recordar lo que perdemos por el camino con la vuelta a la tribu y el repliegue de las fronteras.

La globalización, ciertamente, ha extendido un cheque de desigualdad lacerante que ha cobrado al portador la parte de la sociedad más expuesta a la liberalización de servicios y capitales. Pero con todas sus contradicciones, la asunción de que el restablecimiento de los controles aduaneros, las guerras comerciales o la apelación a una autarquía patria rancia va a solucionar como por ensalmo los problemas de la gente, nos devuelve al escenario de los odiados años 30.

Algún día, puede que no dentro de mucho tiempo, miraremos al pasado reciente para recordar con dolor en qué momento se desbarató la ensoñación de una Europa sin fronteras. Y pensaremos en las chanzas, las burlas y la conmiseración lastimosa que nos causaba ese imperio austro húngaro de burócratas que, mientras hablaban de la curvatura del plátano, nos hacían sentir a nosotros -que tantas veces fuimos periferia- al fin europeos.

 

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