Por qué yo no me río del fiasco de Eurovegas

Conozco de cerca lo que envuelve a un proyecto como el de Eurovegas, enésimo castillo en el aire que se desvanece pese a las idas y venidas del estrambótico personaje que parecían darle, a este sí, visos de ser realidad. Digo que lo conozco de cerca, porque yo personalmente tuve que lidiar desde una posición de cierta proximidad, con la posible construcción de un complejo sospechosamente idéntico al que Adelson pretendía levantar en Alcorcón. Aquél, siete años, antes, bajo la fórmula de Reino de Don Quijote, una parafernalia de hoteles y casinos que se levantarían de la nada en mitad de La Mancha y que dibujaban cifras de negocio mareantes.

No haré, por tanto, coña ni burla del patinazo del gobierno nacional de Rajoy o del autonómico de Ignacio González, a cuenta del final de una quimera. Quizás lo único que diferencia un proyecto como el del Reino de don Quijote respecto a Eurovegas sea el tiempo transcurrido. Y es que, parece mentira que con la que está cayendo, y después de lo que hemos aprendido, todavía hubiera gente dispuesta a conceder crédito a una utopía multimillonaria que prometía maná para todos.

Una como las que tanto abundaba en la ya lejana década pasada y que, esas sí, nos embaucaron a todos.

Porque todos o casi todos, fuimos culpables de dar pábulo a semejantes majaderías. Yo el primero.

Uno de los mayores pecados que considero atribuible a la clase política española, de la que hablo en primera persona como ex miembro destacado, es la ansiedad por las grandes cifras. Esas que sólo se consiguen a través de un golpe de fortuna, de un hallazgo inesperado o del aterrizaje, nunca mejor dicho, de un grupo empresarial que –surgido de la nada- nos intenta convencer de la excelencia de nuestra ubicación geográfica, de nuestra estratégica posición en el territorio o de cualquier otra milonga para encontrar respaldo institucional a quimeras de visionarios que prometen darnos en poco tiempo lo que nos fue negado en la historia. Esa pasión por el pelotazo inmediato, por el golpe de fortuna inesperado que nos saque de pobres y nos iguale con la Europa que tanto añorábamos en tiempo record.

Que nadie se lleve a engaño. En la mayoría de las ocasiones no hay un lucro directo, ni sombra de corrupción aparente. Al gestor político le mueve el impacto electoral que envuelve un proyecto faraónico que promete transformar su pueblo, ciudad o región. Arrancarlo del fatalismo de la historia a fuerza de creer en una nueva tierra prometida en la que el conseguidor –esa estirpe tan perversa para la política española- ejerce de Moisés.

Por eso no me río del fracaso de Eurovegas.

Porque soy consciente de que todos, o casi todos, tuvimos nuestros Eurovegas particulares. Y aunque lo único que le pueda reprochar a este gobierno es que siguiera creyendo en estas entelequias a estas alturas, más nos valdría revisar nuestra conducta colectiva en un tiempo de fastos, en los que todos poníamos alfombra roja y ágape al servicio de maquinadores de la nada, los que inventaban la pólvora barnizando sus brillantes ideas con aseados estudios económicos patrocinados por universidades –públicas en muchos casos-, gabinetes de prestigio o simples charlatanes de traje y corbata.

Por el camino quedan los esqueletos de aeropuertos, estaciones de AVE, plataformas logísticas, parques temáticos y de ocio, complejos residenciales que prometían miles de viviendas en mitad de la nada o autopistas que llevan a ningún lado. Por el camino queda el crédito de un país en el que todos, o casi todos, fuimos cómplices de una vorágine de buscadores de oro que engatusaban gestores y prometían el cielo a cambio de una foto institucional que les abriera las puertas, entonces extremadamente flexibles, de un crédito bancario que sólo necesitaba como aval la foto con el político de turno.

Por el camino queda la imagen de España, deshecha en la pasión por el enriquecimiento súbito e inmediato. Queriendo corregir en unos años lo que otros países han construido a base de sentar el progreso en el valor añadido de una educación de calidad, el trabajo paciente o la investigación y el desarrollo.

Todos, o casi todos, fuimos cómplices. Y el que lo niegue miente. Todos –muchos- quisimos nuestros Eurovegas particulares. Ese acelerador histórico que nos hiciera adelantar la ficha veinte casillas en nuestro particular parchís.

Lo que nunca supimos es que a lo que estábamos jugando era a la ruleta rusa. Y con mano firme y confiada, empuñábamos, sin saberlo, en nuestra mano un arma con más de una bala en el cargador.

Así naufragó España. Pegándose un tiro mientras se jugaba su futuro a la carta más alta en manos de una panda de tahúres sin escrúpulos a los que todos, o casi todos, concedimos licencia –y crédito- para todo.

Para hundir, a un país entero, también.

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2 comentarios en “Por qué yo no me río del fiasco de Eurovegas

  1. Gracias, James. Por cierto, interesante la escapada al Paular. Yo lo conozco bien porque desde allí salía la ruta en bici que lleva al puerto de la Morcuera, aunque no sabía de la leyenda del americano de Hiroshima. Saludos.

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