UN POST QUE NO VA A GUSTAR A NADIE EN EL PSOE

¿Era posible una gran coalición en España, como la que ha existido -en reiteradas ocasiones, por cierto- en Alemania o similar a la que existe en muchos países de nuestro entorno?

Si no existe tal gran coalición -pese a lo que insistentemente sostienen actores interesados en esa lectura- ¿por qué la mera abstención está a punto de provocar una fractura sin precedentes en el PSOE, en España, cuando esta fórmula no provoca tal conflicto en países de nuestro entorno en los que sí se sostiene parlamentariamente a un gobierno conservador?

En este post buscamos algunas explicaciones al respecto.

Antes de que me lapiden con el verbo fácil y las consignas, quiero hacer ver que este artículo nace de una profunda reflexión, no sólo personal e ideológica, sino desde la evaluación de sucesos análogos en la historia de nuestro país y de países de nuestro entorno.
Si van a leer este post con la mano al cinto, prestos a desenfundar el revólver, les conmino a que abandonen y empleen su tiempo en otros menesteres. No escribo para agradar, sino para intentar entender el mundo que me rodea, aunque eso me traiga problemas o limite los afectos.
Si, pese a las advertencias, aún siguen aquí, procedo.

1.-LA ABSTENCIÓN SIEMPRE FUE UN TRAGO AMARGO. PERO ESTA ABSTENCIÓN LO ERA PARTICULARMENTE.

La corrupción, los recortes y las iniciativas legislativas de sesgo autoritario de la última legislatura (ley mordaza o ley educativa) hacían muy difícil para el PSOE -si no imposible- aceptar no sólo una gran coalición de gobierno(modelo alemán), sino la mera abstención para facilitar la investidura del candidato del PP.

Huelga decir que para el PSOE, la abstención era aceite de ricino en vena; pero la abstención para investir a Rajoy sabía directamente a cianuro. La única forma de atenuar el mal trago habría sido la de promover otro candidato de la fuerza más votada. Algo perfectamente posible en nuestro ordenamiento jurídico, de base parlamentaria y no presidencialista.

Si tan trascendental para la economía y para la propia España era terminar con el bloqueo institucional, ¿por qué en el PP, conscientes del rechazo que generaba Rajoy en el PSOE, no movieron ficha al respecto? ¿Hubiera sido factible investir a un Feijoo o a una Soraya Sáenz de Santamaría, con un gabinete netamente técnico?
No me respondan todavía, por favor.

El relato del sacrificio por España que hace el PSOE después de la defenestración de Pedro Sánchez cojea precisamente en este punto. Si partimos de los datos electorales de ambas formaciones, la fuerza política que más escaños se deja por el camino entre 2011 y diciembre de 2015 -la fecha de las primeras elecciones fallidas- no era el PSOE sino el PP. Los socialistas perdieron 20 diputados, en torno al 15% de su representación parlamentaria, mientras que el PP entregó más de 60 actas. Casi el 30% de sus escaños.

Sin embargo, la lectura que se hace casi desde el primer minuto es la del fracaso de Sánchez, con otras intenciones, y obviando que el competidor que tiene a su izquierda -Podemos- es el equivalente español a un fenómeno de dimensiones globales que, pese a su espectacular avance, no termina por romper frente a la formidable resiliencia socialista.

Puede que, con el paso de los años, esos 90 diputados terminen sabiendo a gloria al PSOE.

2.- POR QUÉ NO ES POSIBLE UNA GRAN COALICIÓN A LA ALEMANA EN ESPAÑA

Ciertamente, la gran coalición ya se ha ensayado en otros países. El precedente de esta figura en el parlamentarismo moderno no se encuentra en Alemania, que es hacia donde se dirigirán los pensamientos de quienes tienen la desgracia de tener una memoria limitada a los acontecimientos de los que son testigos vitales.

Antes de la gran coalición de Merkel, hay que apelar a varios precedentes, en los que descansa la raíz de la especificidad del caso español.

Hace cien años, en Francia, Reino Unido, Italia y la propia Alemania ya se ensayaron gobiernos de concentración, que no eran sino grandes coaliciones articuladas en razón de la gravedad del momento. Ese no es otro que la Primera Guerra Mundial, y el paradigma es el de la Union Sacree, en Francia, que se abre con el sacrificio del elemento más contrario a la idea de la unión y de la propia guerra. El de Jean Jaures.

El esquema se repite en otras grandes crisis, en la Alemania de Weimar por ejemplo, donde la Gran Coalición entre el SPD, el centro y la derecha moderada pone freno a las tensiones violentas a izquierda de los comunistas y derecha, de los nacionalsocialistas de Hitler.
En 1939, con la Segunda Guerra Mundial, se reedita el formato en los gobiernos francés de Reynaud y británico de Churchill, que incorpora en su gabinete a ministros laboristas fundamentales para entender la implantación del modelo socialdemócrata europeo a la vuelta de pocos años, como Attle, Bevin o Crispps.

Por último, cabe apelar al formato alemán de los sesenta, con Kiessinger ejerciendo de Merkel y Willy Brandt sustentando el gobierno con los votos del SPD.

De acuerdo con este relato es entendible la excepción española. En ese mismo lapso de cien años, hemos vivido más tiempo sometidos a dictaduras que a formas democráticas de gobierno. Además, la ausencia de un gran enemigo exterior que sirva como catalizador para la unión de izquierda y centroderecha ha hecho imposible el asentamiento de una cultura de pacto entre las grandes fuerzas del sistema de partidos.

De este modo, el único ejemplo equiparable al español sería el del PASOK griego. Huelga decir que, a la vista del precedente, la posibilidad de que el PSOE asumiera ese rol era un absoluto imposible.

De poco sirve apelar al ejemplo del SPD en los recientes gabinetes de Merkel. En primer lugar, porque allí en Alemania, además de que un ministro dimite por plagiar una tesis doctoral y la corrupción no ha envenenado el sistema, los datos de la economía germana en esta década han sido difícilmente atacables, guste más o menos el impulso del austericidio en otras latitudes.

Al SPD alemán, en consecuencia, no le quedaba otra alternativa.

Al PSOE, sí.

3.- ¿ERA UN SUICIDIO CONCURRIR A UNAS TERCERAS ELECCIONES? EN TODO CASO, ¿ERAN ESTAS ELECCIONES INEVITABLES?

Es el argumento del «Comité de Salvación» del PSOE que toma el poder en octubre de 2016. Unas terceras elecciones son letales no sólo para el partido, sino para el país.
En consecuencia, hay que anteponer los intereses del país porque, al hacerlo, nos garantizamos además una legislatura en la que Rajoy tendrá que sudar la gota gorda, no sólo para sacar adelante sus iniciativas, sino para tragar con las que nosotros le vamos a colar, amparados en la geometría variable de su debilidad parlamentaria.

Es un relato convincente. Bien hilado, enraizado en la idea de que pasar el bochorno ahora es una inversión de credibilidad especialmente atractiva para esa España centrada, la que se auto ubica entre el 4 y el 5 de la escala ideológica, y que se ha ido a la abstención o a Ciudadanos.
Salvar al país del trago de unas terceras elecciones, tendría premio y reconocimiento a largo plazo.

El problema es que, como en teoría de juegos, hay que tener en cuenta que las acciones propias dependen de la interacción con las del resto de actores. En este caso, hay que recordar la maniobra de la Presidenta del Congreso de dilatar arbitrariamente la fecha del primer debate fallido de investidura de Rajoy justo hasta el momento en que unas hipotéticas terceras elecciones se tengan que celebrar un 25 de diciembre. Es la mala fe que emplea el jugador acorralado. Y, en el fondo, una muestra de debilidad.

Estaban contra las cuerdas, y todo lo fiaron a su fé en la descomposición del adversario.
Que finalmente se produjo justo en el momento preciso.

De acuerdo con lo expuesto en el primer apartado, cuesta creer que Rajoy no se hubiera visto forzado a tener que dar un paso atrás si el PSOE hubiera persistido en el bloqueo.
Es lo que sostengo, a la vista de los precedentes de nuestro entorno. La capacidad de presión de Merkel en Alemania o de Obama en Estados Unidos, hubiera conducido a la defenestración de Rajoy en el último momento, como ya sucedió en Italia con Silvio Berlusconi.

En esas condiciones, la abstención socialista hubiera tenido una penalización social inferior a la que supone para esta formación la aquiescencia a, ni más ni menos que Mariano Rajoy Brey.

Sí, ya sé que en el fondo significaba investir al PP. Pero, en la posterior dación de cuentas, el resultado de la operación era infinitamente más digerible para los votantes y las bases del partido.

4.- CONCLUSIONES

Me niego a pensar que la alternativa a la abstención hubiera sido un gobierno Frankestein. Puede que el propio Pedro Sánchez sondease esa opción -estaba en su perfecto derecho, por cierto- pero me cuesta creer que en ello no hubiera más que una simple jugada, mucho más lícita por cierto, que la empleada por los que juegan con los tiempos con maniobras infames.

En la teoría de juegos antes mencionada, les resultará conocido el juego del gallina. El de dos coches que se dirigen hacia un punto de choque en el que el vencedor es el que mantiene los nervios de acero hasta el final. No es que Rajoy ganase, que ganó, porque mantuviese el temple hasta el final. Es que no hubo final, puesto que ni siquiera hubo juego.

La posición socialista en el conflicto, quedó marcada de forma indeleble por las tensiones internas casi desde el principio. De lo que resulta que las motivaciones últimas fueran otras muy distintas de las que configuran el relato abstencionista.

Ya se sabe. Las de obrar en interés de España.
Sostengo que, precisamente en interés de España, el PSOE tendría que haber apurado todas las opciones para evitar que Mariano Rajoy pase a la historia como el segundo presidente democrático más longevo en el cargo desde la restauración democrática, siempre y cuando no opte por un nuevo mandato, en cuyo caso batirá el récord de Felipe González.

Y no lo hizo.

Sostengo que, precisamente en interés de España, el PSOE tiene que jugar un papel reconocible, acorde a su historia y a su tradición política. Es la única fuerza política presente en los acontecimientos de este país desde finales del siglo XIX, y tiene el deber moral de guardar coherencia plena con sus postulados. Un PSOE irreconocible es contrario al interés de España.

Eso no implica, como algunos sostienen, una deriva hacia Frentes Populares con los que quien escribe no comulga.

Rectitud y coherencia no equivale a intransigencia. Ese era el mensaje que se tenía que haber trasladado al conjunto del país desde toda la organización. El del rechazo a un segundo mandato de un líder mediocre, inmovilista y salpicado por la corrupción a borbotones.

El del rechazo a una forma de entender la política de forma mezquina y cortoplacista, en la que el filibusterismo político se atrinchera en los recodos del sistema para decirle a los ciudadanos que el status quo es, muy a nuestro pesar, inamovible.

La abstención, insisto, era un trago amargo. Casi puro veneno. Pero el drama no está en el hecho en sí. Sino en el precio que hemos pagado por ello. Y una docena de medidas de artificio arrancadas al PP, no bastan para lavar la pena.
Ni la mala conciencia.

Si han llegado hasta aquí, les felicito. Es un post más largo del habitual y además, sólo al final del mismo encuentra sentido el título del mismo.

Estén en el bando que estén en el choque de trenes que se avecina, mi consejo es que nunca dejen de pensar que el oponente es digno de ser escuchado, porque puede que tenga razón. Con razones, siempre. Y sin insultos, por favor.

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